46 #3
—¡Es un gusto veros juntos otra vez! —exclamó la voz de Mark, alta e intrusiva, desde la puerta.
Le tendí la mano a Jacques. Él la aceptó y me dio un fuerte apretón.
Lo amaba con una intensidad que me sorprendió.
Mark se acercó—. ¿Qué tal le va a Louis?
—le preguntó a Jacques en voz baja—. ¿Se está planteando lo que te recomendé?
—Se lo está pensando —respondió Jacques.
—No sabía que habías conocido a Louis. —Me estaba costando respirar.
—Lo sé todo sobre el alcoholismo —afirmó Mark, como si fuese un experto mundial en la materia y como si eso respondiese a mi pregunta.
—¿Le estás aconsejando que eche a su hermano de su vida como hiciste tú con tu padre? —Me temblaba la voz.
—Louis bebe para mitigar el dolor del abandono —dijo con un tono de bastante superioridad —. Así que no, no le estoy aconsejando que rompa lazos con él.
¿Jacques era consciente de lo mucho que había corrompido nuestra relación al compartir esa parte de su vida, de la que a mí me había excluido por completo, con este hombre que le sonsacaba secretos vergonzosos a la gente solo para usarlos más tarde como arma arrojadiza?
No me podía creer que hubiera metido a Mark en casa de su familia, que le hubiese permitido extender su influencia.
Me detuve y sonreí.
—¿Entonces qué fue lo que aconsejaste, qué se está replanteando Louis?
—Ir a rehabilitación —respondió Mark.
—¡Qué genio! —exclamé con sarcasmo—. Me pregunto cómo es posible que a Jacques no se le haya ocurrido antes.
—A veces hace falta alguien neutral para llegar hasta un alcohólico.
—Quise reírme, pero no pude—. ¿Os apetece probar unas chuches esta noche?
—Como si no hubiésemos estado debatiendo sobre alguien que estaba a las puertas de la muerte por culpa de la adicción.
Me alegré de la respuesta de Jacques, que le dio las gracias y le dijo que en otra ocasión—.
El baile de Wilde está a la vuelta de la esquina.
Tomémonos unas pocas esa noche —dijo Mark.
—¿Tú también? —pregunté con una curiosidad sincera.
No respondió, en su lugar, dijo que iba a «buscar» a Linda. Había tomado más drogas de lo habitual y no estaba contento. Se estaba volviendo imprudente. Me pregunté de dónde lo había sacado, si no era de él.
—¿Estará bien? —preguntó Jacques, preocupado.
—Voy a vigilarla y a cuidarla. Pero de ahora en adelante tendrá que tomar la dosis adecuada. —Sonó como si fuese un padre irritado hablando de su hija adolescente. Va a acabar conmigo —. ¡Luego nos vemos! Y, guapetones… portaos bien el uno con el otro. —Se marchó.
—¿Por qué no me habías contado que habías llevado a Mark a ver a Louis? —dije, y me giré hacia Jacques.
—Porque sabía que ibas a reaccionar así.
Estaba furiosa y, como de costumbre, enredada en la manipulación a la que Mark nos estaba sometiendo a todos.
—¿Soléis quedar a menudo? —pregunté.
—Nos cruzamos la semana pasada. Acababa de volver de una visita dura a casa y estaba disgustado. Se ofreció a hablar con Louis, parecía que sabría qué hacer.
Conocía ese tono de voz, esa voz de «soy un experto en todo», incluso un experto en la persona con la que estaba hablando. «Sé más sobre ti que tú misma», esa me la sabía.
—¿Y no me lo contaste? —Estaba volviendo a hacer que todo girase a mi alrededor. Nos quedamos un instante en silencio—. Tu pobre hermano.
—Ahora puede que consiga la ayuda que necesita —dijo a la defensiva, parecía destrozado.
Deseé y recé con fervor, y de forma egoísta, que Mark no fuese el responsable de la recuperación de Louis.
Incluso a día de hoy, sigo sin saber qué fue de él. Aunque he querido ponerme en contacto con Jacques muchísimas veces a lo largo de los años, sabía que no podía hacerle daño obligándolo a verme.
—Puede que esa no sea una síntesis adecuada de lo que Jacques opinaba de ti —afirma la doctora Collins.
Fuera, el sol de mediodía resplandece, pero dentro hace frío y está oscuro. La luz encendida cuelga del techo. Nunca había venido a estas horas. La habitación debe de estar orientada hacia el norte.
—No sabes lo que pasó… —Pienso en la expresión destrozada de Jacques de aquella noche, en cómo me miró, como si fuese una desconocida peligrosa.
—No sé cómo acaba —admite la doctora Collins—. Pero, por lo que has descrito hasta ahora, es como si todos estuvieseis bajo la influencia de ese hombre.
—Tenía veintidós, tampoco se podía decir que fuese un hombre.
—Y tú dieciocho. —Reflexiono en silencio—. Creo que necesitas reconocer un poco el hecho de que os estaban controlando y manipulando.
—No me digas.
Echo la vista atrás e imagino que somos participantes en el espectáculo de un mentalista. Ahora sois gallinas. Co, co, co. Y entonces nos salen alas, andamos como patos, cacareamos y picoteamos el suelo en busca de sobras. Es imposible no hacerlo.
—¿Jessica? —La miro—. Da igual lo que pasase después, tú no eres la única responsable. Mi opinión profesional es que estabas demasiado influenciada.
Me quedo quieta, respiro, noto el escozor de las lágrimas en los ojos. Pero entonces escucho mi voz incitándola, salvaje en el viento.
—Fueron mis palabras —dije. Me mira expectante, sin juzgarme—. Fui yo quien pronunció las últimas palabras que escuchó Linda antes de que su vida cambiase para siempre.
—Y la tuya, Jessica, y la tuya —responde la doctora Collins.