46 #2
Quería arrojarme en brazos de Jonathan, pedirle ayuda, refuerzos: «Mira, ahí está mi novio otra vez con la duquesa y yo ni siquiera sabía que iba a venir».
Me mintió. Aunque yo había planeado hacerle lo mismo a él, pero no para ligar con otra persona.
Así qué, ¿quién era el mayor mentiroso de los dos?
Lo que pasó entre Mark y yo se había desvanecido, pero seguía siendo un hecho.
Había pasado. En este mismo espacio. En esa misma cocina.
¿Se estaba cumpliendo la puñetera maldición del campanario…
? ¿La persona que más me había querido dejaría de hacerlo?
Parecía muy plausible. En un segundo, mi mundo cambió por completo.
Jonathan vino y me abrazó con normalidad.
—Me alegro mucho de verte, Jessie. No esperaba que fueses a venir.
¿Por qué no iba a hacerlo? Estaba entre amigos, ¿no?
—¡La invité yo! —retumbó la voz de Phil. Me estremecí.
—Qué caballeroso por tu parte —contestó Linda mientras lo miraba—, vas recogiendo a todas las criaturas desamparadas y descarriadas.
¿En serio acababa de decir eso?
—¿Qué tal va todo? —preguntó Jonathan sin darle importancia. Le subí la potencia a mi sonrisa electrizante—. Me ha sorprendido ver a Jacques llegar sin ti.
—Ah, sí, es que yo tenía que estar en otro sitio… No he podido venir hasta ahora. Le dije que se adelantase.
—¿Y por dónde anda ahora? —Jonathan echó un vistazo a su alrededor.
Intenté que se percatase de mi angustia, pero no lo pilló. ¿La droga hacía que la gente perdiese la capacidad para empatizar? Jonathan siempre había sido un amigo con muchísimo tacto, pero ahora, y las últimas veces que habíamos hablado, parecía carecer de compasión o de perspicacia.
—¡Está ahí, con Honor! —chilló Phil.
Solo entonces, Jonathan me observó con un mínimo de preocupación y ese mismo tono de compasión que había visto en la mirada de Linda. Era insoportable. Levanté otra copa de vino y me la bebí de un trago.
—Tía, echa el freno —dijo Phil, y se rio con fuerza.
—Tiene razón —contestó Jonathan con suavidad.
—Eso mismo le he dicho yo antes. Parece emperrada en ponerse hasta el culo.
Y eso solo puede acabar mal —comentó Linda, la chica que hacía solo tres noches se había emborrachado hasta perder el conocimiento—.
Eh, hola, Will —saludó a un tío que no había visto en mi vida. Se alejó para darle dos besos.
—¿Y bien? —preguntó Jonathan, mirándome.
—¿Y bieeeeeennnn? —repetí, arrastrando un poco las palabras.
—¿Quieres que te rescaten?
Era evidente que sí, pero no me podía creer que estuviese exponiéndome de esa forma en público.
—¿Quién, yo? ¡Qué va, jamás! —espeté con una sacudida mientras intentaba reírme e ir en línea recta hacia la cocina.
Jacques no dejó de prestar atención a su conversación con Honor en ningún momento.
De eso me di cuenta. En la cocina, me bebí dos vasos de agua fría y me mojé un poco la cara.
Alguien me observaba desde la puerta. Sentí esos ojos como si fuesen unos láseres que me quemaban.
Mark se dirigió hacia mí y se acercó lo suficiente como para tocarme el esternón y la clavícula, me rozó la piel caliente con sus dedos largos.
Levantó la piedra ámbar para observarla mejor a la luz de las velas.
—Qué maravilla —declaró—. Parece un talismán, ¿no crees? —Dejó que cayese contra mi esternón y me hizo daño. Tuve que luchar contra el impulso de agarrarle los dedos y metérmelos en la boca—. Creo que es hora de que te enfrentes a tu novio —dijo con una sonrisa benévola.
—No sé de qué me hablas —respondí.
—Pues yo creo que sí. —Levanté el ámbar y me lo metí en la boca para chuparlo por impulso—. Veo tu inseguridad, Jessica.
Y subo la apuesta . Casi empecé a adoptar la técnica Meisner: ves mi inseguridad. Veo tu inseguridad. Ves mi… Veo tu…
—¿A que lo que te convierte en una buena actriz no es tan bueno en la vida real? Esa transparencia.
Eres tan transparente. Eres un capullo. Me quedé sin palabras.
Lo observé dar media vuelta y alejarse, esa espalda alta, orgullosa y odiosa con esos hombros delgados y encorvados. Inspira, espira. Unodostrescuatrocincoseissiete, unotrescincosiete, docediezochoseeis, ¿adelanteyavencer? Me bebí otro vaso de agua. Se me acercó un desconocido.
—Hola —saludó—. Te vi en la obra de Mark. Estuviste absolutamente increíble. —Se quedó mirándome las tetas como si las conociese personalmente. Supongo que era verdad. Me planteé ligar con él, pero era incapaz.
—Gracias —contesté sin ganas antes de darle la espalda. Me gustó el instante de poder que sentí.
Estaba mirando por la ventana cuando noté un par de brazos rodearme por detrás.
—Hola, nena. —El alivio que sentí fue indescriptible, como también la ira y la indignación. Me besó el lóbulo de la oreja y me lo mordisqueó—. ¡Qué alegría verte por aquí!
—O sea que no esperabas verme, ¿eh? —Me volví hacia él.
—Solo me he dejado caer de camino a ver a Louis —empezó a balbucear, y después cavó su propia tumba—.
Me he cruzado con Honor y me dijo que viniese a tomar una.
Estaba disgustada y quería hablar… —Menudo imbécil más patético y manipulable, pensé, pero gracias a Dios no lo dije en voz alta—.
Voy ahora a ver a Louis —siguió—. Yo tampoco sabía que tenías pensado venir.
—No ha sido planeado —logré responder con desinterés—.
Antes me he cruzado con Mark y me ha invitado.
—No sabía por qué tuve la necesidad de mentir al respecto.
Pero quería que Jacques se diese cuenta de nuestra frisson .
En ese momento, quería que se volviese loco de celos.
Quería que madame Jalousie le rondase y lo reclamase.
Pero, al parecer, la única persona a la que le interesaba fastidiar aquella tarde era yo—.
¿Cómo está la pobre Honor? —pregunté con una voz despiadada y cruel.
—Lo está pasando mal… —Jacques estaba en territorio pantanoso y lo sabía.
—Parecíais bastante a gusto cuando llegué.
—No empieces otra vez, por favor. Tienes que confiar en mí, sabes que puedes hacerlo.
—Me miró a los ojos. ¿De verdad lo sabía ?
En ese momento, Patrick entró en la cocina, me vio y se marchó en un santiamén—.
¡Tu coprotagonista! —exclamó Jacques, parecía aliviado de poder evitar el peligro de ser el centro de atención—.
¿Sabes que ese tío está loco por ti? Toda esa lucha de poder en el escenario…
Sabía que no, pero tampoco iba a decírselo a Jacques.