El juego de la verdad 46
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U n par de días después, divisé a Jonathan y a Phil a lo lejos en el edificio de artes.

Jonathan levantó la vista y me saludó. Fingí saludarlo con ganas, de forma juguetona.

Era una persona ocupada, con mucho que hacer y muchas personas a las que ver…

Fui al puesto de café sola y traté de embutirme un sándwich seco de queso cheddar y una taza de té por la garganta.

Mi apetito era prácticamente inexistente.

El tío de mi seminario al que había dejado pasmado con mi análisis tronchante y minucioso de A puerta cerrada me vio y se le iluminó la cara.

Ni siquiera me preguntó si podía sentarse a mi lado.

Me levanté en cuanto lo hizo. Estaba empezando a pillarle el gusto a ser la que se marcha, en vez de la abandonada.

Lo vi dar un respingo y me la trajo al fresco.

Sinceramente, querido, me importa una mierda .

Hoy era día de biblioteca. Tuve que obligarme a estudiar otra vez, estaba despistada y no conseguía concentrarme.

Decidí esconderme en un rincón de la planta superior de la Lecky, cobijada en un espacio privado junto a la ventana mientras leía El extranjero por cuarta vez (estaba haciendo mi tesis sobre la «alienación y búsqueda del propio yo» en la obra de Camus).

Al intentar concentrarme, no dejaron de asaltarme imágenes de mis supuestos amigos, que ahora me odiaban.

¿Les importaba lo suficiente como para odiarme…

? Y entonces pensé en Linda tumbada en mi cama, en cómo me había dicho que me quería y en cómo yo había vuelto a humillarla.

Y en Sue… ¿Por qué no dejaba de hacer daño a mis seres queridos?

¿Le había hecho algo a Jonathan también sin darme cuenta…

? No se me vino nada a la cabeza. La última vez que estuvimos juntos fue en la fiesta de cumpleaños «no cumpleaños» de Mark.

Jonathan no había querido venir, pero lo hizo por mí.

Y luego se marchó con ese capullo, se drogó y cambió.

Me garanticé que e so no tenía nada que ver conmigo, pero ese sentimiento irritante de ser la causante de toda esta separación y distanciamiento persistió.

Mi pequeña mente daba vueltas una y otra vez a lo mismo. Todo era yo, yo, yo.

Me pasé horas sentada en el rincón, inventándome historias catastróficas con un punto de vista excesivamente egocéntrico.

La luz del exterior fue desvaneciéndose hasta que atardeció.

Me dije que estaba en un lugar apacible, a pesar de que mi cabeza rechazase la paz.

Me pareció que alguien me estaba observando y cuando levanté la vista los ojos fríos del capullo de Phil se toparon con los míos.

Eran de una especie de azul claro insípido, no ocultaban ninguna clase de profundidad.

Estaba sentado con las piernas estiradas en un pupitre en mitad del espacio bien iluminado, mirándome fijamente.

—Hey —saludó antes de levantarse y acercarse.

—Hey —contesté. Era la primera vez que pronunciaba esa bobada.

—¿Te vienes a la soirée de esta noche?

No tenía ni idea de lo que me estaba contando. Jueves . Estábamos a jueves.

—Sí —dije por impulso.

—Genial, ¿entonces nos vemos luego? ¿Te traes a tu francesito guapo? —Parecía bastante majo.

—¿Va a estar Honor? —Algo me obligó a preguntar.

—Cerrad el puto pico —espetó un chico en el pupitre de al lado. Para ser justos, estaba intentando estudiar.

—¿O qué? —respondió Phil a la vez que yo me disculpé—.

Detesto la falta de educación —declaró en voz alta.

Volví a disculparme en silencio con el chico, que masculló algo que sonó a «puñetero engreído», y se cambió de sitio—.

¿Siempre te disculpas tanto? —preguntó, observándome.

Lo cual era irónico, porque nunca había pedido perdón a quienes les debía una disculpa.

Me encogí de hombros e intenté parecer despreocupada—.

¿Has preguntado por Honor? —Traté de volver a encogerme de hombros, pero más bien pareció que me había dado un tic raro en un hombro—.

Supongo que estará por allí, sí. ¿Por qué?

—Por nada —respondí. Pringada . Decidí pasarme sola, aunque solo fuese un rato. Solo para ver a Jonathan, mi colega, razoné. Se alegraría de verme, ¿no?

—Jonathan estará encantado de verte —dijo Phil como si pudiese leerme los pensamientos.

Lo dijo con sorna, ¿verdad? Cálmate, Jessica —.

Entonces, ¿nos vemos luego? —Recogió sus bártulos del escritorio y los metió en una mochila.

Había algo casualmente cruel en su forma de moverse por el mundo, de lidiar con las cosas y con quienes tenía a su alrededor.

Intenté retomar la lectura de Camus, pero mi vida en sí prometía demasiado drama.

Decidí canalizar la actitud indiferente y distante de Meursault a medida que recogía, dispuesta a pasarme por la fiesta y ser guay.

Jacques había dicho que esta tarde iría a visitar a Louis y que no volvería hasta más o menos las diez.

Había tiempo de sobra para reconectar con mis amigos de manera informal .

Ni siquiera me permití plantearme la posibilidad de que hubiese chuches.

Me cambié de ropa por segunda vez en ese día; me esforcé por escoger un conjunto que fuese sugerente, pero no demasiado: mallas, botas y una camiseta grande de cuadros morados y negros que dejase entrever el sujetador morado.

El colgante quedaba justo por encima de mis pechos pequeños para resaltarme mejor el esternón.

Mark se percataría de mis huesos protuberantes, de mi clavícula.

La noche estaba cubierta de una lluvia suave que me encrespó el pelo.

Cuando llegué a la puerta de la habitación de Mark, me di cuenta de que estaba temblando.

Era la primera vez que no me invitaban a una fiesta, y, aun así, ahí estaba: era una acoplada y, para más inri, estaba empapada.

Phil parecía pensar que estaba invitada, y la última vez que nos vimos, el propio Mark había dicho: «Siempre sois bien recibidos».

Había dicho eso, ¿no? Me erguí todo lo que pude, eché los hombros hacia atrás y estaba a punto de pulsar el timbre, cuando llegó un grupo de estudiantes, uno de ellos con una llave.

Los seguí por las escaleras con el corazón desbocado, sonrojada.

¿Por qué no me había tomado un tequila antes de salir?

¿Y por qué no me había traído un cepillo y el neceser de maquillaje?

Llevaba el pelo hecho un desastre, yo iba hecha un desastre.

El resto de estudiantes se detuvieron en la tercera planta y seguí subiendo hasta el cuarto de Mark, en la quinta.

La puerta estaba entreabierta, el olor a incienso —¿o era a droga?

— flotaba por el pasillo. Inspiré hondo y me armé de valor para hacer mi entrada triunfal.

Nadie se percató de mi presencia, ni siquiera miraron en mi dirección.

No estaba acostumbrada a esto. Fui directa a una mesita y vacié una copa de vino tinto de un trago antes de poder calmarme lo suficiente como para echar un vistazo a mi alrededor y centrarme en condiciones.

La habitación estaba casi en penumbra, iluminada solo por las velas danzantes.

Estaba sonando una fusión psicodélica de hip hop y electrónica que creaba un ambiente guay y de drogatas.

—¡Pero mira quién está aquí! —Mark se abalanzó sobre mí.

—Hola, espero que no te importe. —Acabé diciendo mientras intentaba recolocarme el flequillo empapado con los dedos.

—¿Por qué iba a hacerlo? —Se rio—. Ponte cómoda… —Señaló el espacio que tenía alrededor y pareció a punto de marcharse. Hice lo imposible por no colgarme de la pernera de su pantalón—. ¿Has venido sola?

Asentí. Una expresión burlona que no logré identificar le atravesó las facciones.

—Buena música —solté por decir algo.

— Blue Lines , de Massive Attack —contestó—. Es la banda sonora de nuestra generación. Voy a intentar conseguir los derechos para ponerla en el Bush.

—Qué buena idea —contesté de forma inexpresiva.

—Por cierto, Patrick está por aquí…, te lo digo para que lo sepas.

—Guay —respondí, y fingí que me daba igual—. ¿Jonathan y Phil han llegado ya?

—Creo que están por allí. —Señaló un rincón oscuro. Después, se marchó a atender sus deberes de anfitrión—. Diviértete, ¡pero no demasiado! —exclamó.

Me martilleaba el corazón en los oídos. Me bebí otra copa de vino a medida que se me acostumbraban los ojos a la oscuridad. ¿Quiénes eran esos dos cuerpos sentados muy cerca en el sofá? Sacudí la cabeza. Deja de emparanoiarte, me ordené, incluso aunque mi instinto me dijese lo contrario.

Linda vino a toda velocidad y me envolvió en un abrazo.

Sentí una gratitud inmensa, lo que para mí era algo nuevo.

No me odiaba. No parecía dolida, ni siquiera mínimamente afectada, por lo que le había dicho la última vez que nos vimos.

Estaba resplandeciente, llevaba un vestido hippy largo y fluido, otra personalidad más.

—Estás preciosa —dije.

—Guau, ¡es la primera vez que dices algo así! —Ella estaba animada y yo sin ganas. Apuré la copa de vino—. Relaja, no se pueden mezclar las chuches con mucho alcohol —indicó.

—Esta noche paso, gracias —contesté—. Tengo que volver pronto a casa para estar con Jacques. —Casi que lo materialicé cuando lo dije.

—¡Ay, entonces igual puedo convenceros a los dos! —exclamó—. Está ahí.

Una ráfaga de aire frío me atravesó; me convertí en un espacio vacío. Intenté reírme, fingir que estaba al tanto de los movimientos de mi novio.

—Lo sé, me refería a que los dos habíamos quedado en que volveríamos pronto a casa.

Volvió a mirarme de forma compasiva.

—Pero bueno, mirad qué monas —comentó Phil en voz alta mientras él y Jonathan se acercaban.