45
C uando Linda se despertó, se giró hacia mí y se acurrucó para que estuviésemos pecho contra pecho.
Respiramos juntas, al unísono, como solíamos hacer cuando éramos pequeñas.
Unos instantes después, me aparté y la miré a los ojos.
Se le había corrido la máscara de pestañas por las mejillas y parecía como si tuviese unas lágrimas negras grabadas en la cara, como una muñeca Pierrot. Me dio un beso en los labios.
—Te quiero —dijo, y casi me eché a llorar—. ¿Cómo he llegado aquí? —Echó un vistazo a su alrededor, parecía un poco aturdida. Le ahuequé las almohadas para que pudiese incorporarse.
—Te pusiste pedo —contesté—. Te traje aquí y te rescaté de un tío espeluznante con pintas de cadete en el Pav.
—¿Que yo qué…? —Soltó una risita.
—¿No te acuerdas de nada? —pregunté. Me miró sin entender nada—. Estabas bastante graciosa, no parecías tú.
—Mark cree que soy graciosa —respondió de mal humor.
—Ah, ¿sí? —contesté, sorprendida. Nunca se me hubiese ocurrido que el hecho de que Linda tuviese sentido del humor formaría parte de su dinámica.
Me sostuvo la mirada con tanta intensidad que tuve que apartarla.
—¿Me estás ocultando algo? —preguntó, y me dieron ganas de vomitar.
—Venga… Vamos a meterte en la ducha y a darte algo de papear.
—No has contestado.
—Estás diciendo bobadas —respondí—. Nunca te había visto tan ida.
—Seguro que sí. ¿Te acuerdas de cuando nos poníamos borrachas con esos vasos llenos de restos de alcohol que había en las licoreras de nuestros padres?
—Uf, sí. ¡Las dos bebíamos hasta acabar mareadas y potando!
—Y gracias a Dios por las lagunas.
Había tantas cosas de las que Linda necesitaba olvidarse.
Me agaché para recoger su ropa del suelo y la coloqué en la cama.
—Pero ¿qué llevabas puesto ?
—Mark dice que así vestida estoy supercañón.
¿Estaba creando un clon de mí?
—¿Él te elige la ropa?
—¿Por qué clase de pringada patética me tomas? —Se destapó—. Honor y yo nos fuimos de compras. Tiene un estilazo flipante, ¿no te parece?
Sentí calor, luego frío y después otra vez calor. Me ardieron las mejillas con fuerza.
—Salvo que ese es mi estilo —susurré.
—¿Me pasas una toalla? —preguntó tras echarme una mirada de compasión cruel.
Saqué una del armario y le indiqué dónde estaba la ducha—.
Ya sé dónde está. —Nuestras miradas se cruzaron cuando salió de la habitación, y en aquel intercambio sin palabras se produjo un reconocimiento de quién era yo y de lo que podía hacer.
O quizás la culpabilidad hizo que me lo imaginase.
Unos segundos después, entró Jacques.
—He visto a Linda de camino al baño. Va hecha un desastre.
—Pues yo creo que con toda esa máscara de pestañas por la cara está preciosa, lasciva.
Se rio con torpeza, era lo bastante listo como para no darme la razón, anunció que la pasta estaba lista y después dio media vuelta y volvió a salir.
—Me muero de hambre —contestó Linda nada más irrumpir en la habitación con la minifalda y la camiseta puestas, pero sin medias.
Sus piernas blancas como la leche, a las que no les había dado el sol, la hacían parecer una figurita de porcelana.
Me tendió la mano y sentí como si fuese a estallar de alegría—.
Ñam, ñam, qué buena pinta —soltó cuando entramos a la cocina y olimos la carbonara que hervía a fuego lento.
Pensé en que estaba a punto de volver a besar a Jacques y sujetarle la mano para que se la metiese por debajo de la falda, pero estaba claro que algo así solo podía pasar en mi mundo—.
Está buenísimo —dijo mientras Jacques vertía la salsa en un plato hasta arriba de pasta y le ponía un vaso de agua en frente.
Me senté al otro lado de la mesa para verla mejor. Lo engulló con ganas, y pidió repetir antes de haber terminado siquiera. Jacques se levantó y le sirvió otro plato hasta arriba. Refunfuñé, pero ella se lo terminó todo y al acabar lamió el plato.
—Qué guarrada, compórtate —dije, medio en broma.
—Pareces mi madre —contestó ella, muy en serio.
—¿Os lo pasasteis bien anoche? —preguntó Jacques.
—No lo sé. ¿Por qué no se lo preguntas a Jessica?
—Ella no se lo pasó tan bien como tú —contestó Jacques.
—Hay partes de mí que ni siquiera yo misma conozco. —¿Esto también era cosa de la deconstrucción de Mark?—. Mirad, yo solo quería desahogarme un poco. He estado hincando codos. No es para tanto.
—¿Seguro que todo va bien? —preguntó Jacques. Parecía mayor, igual que cuando miraba a su hermano.
Linda se levantó de sopetón.
—Más vale que vuelva con mi chico, seguro que está preguntándose dónde me he metido.
—Primero bébete esto y luego te hago un café —dijo Jacques tras ponerle el vaso de agua delante.
—Él no es mi niñera —nos dijo a los dos como si estuviese ahí presente—. Mark sabe que soy una persona independiente con mi propia voluntad y deseos y lo respeta.
¿Eso le decía él? Muy listo.
Jacques se levantó para hacer café y yo coloqué la mano sobre la de Linda.
La apartó de golpe y sentí como si me hubiese soltado un bofetón, aunque la Linda que yo conocía no sería capaz de abofetear a nadie, nunca.
Estaba debatiéndome sobre qué decir a continuación cuando Jacques volvió con una taza de leche caliente y una cafetera humeante.
— Café au lait —declaró—. ¿Te gusta con leche caliente? —Ella asintió.
—Anda, ¿ahora bebes leche? ¿Y qué hay del trato tan horrible que le dan a la vaca y a sus terneritos? —pregunté.
—Necesito más proteína —respondió de manera inexpresiva.
—Buena idea —dijo Jacques, y me entraron ganas de asesinarlo.
—Tienes suerte de tener un hombre que te cocine. —Linda se giró en mi dirección.
—¿De vosotros quién es el que cocina? —pregunté.
—Suelo ser yo —contestó ella.
—No sabía que supieses cocinar.
—Hay muchas cosas que no sabes de mí —sentenció mientras daba un sorbo de café. Eché un vistazo a mi amiga resacosa y medio desnuda y sentí mucho miedo por ella. Quería hablarle del impulso que sentía de protegerla, pero no podía. Me habría salido el tiro por la culata, o eso es lo que me dije.
(Hoy en día, sigo tratando de convencerme de lo mismo: de que no podía haber hecho nada).
—¿Qué es lo que más te gusta cocinar? —preguntó Jacques.
—A Mark le gusta el pescado, así que he aprendido a hacer un par de platos con salmón.
—¿Ahora comes pescado? —pregunté al recordar cómo sollozó cuando descubrió que los pescadores usaban anzuelos y les aplastaban la cabeza a los peces, o peor, de que los dejaban asfixiarse dando coletazos al fondo de los barcos.
Sue nunca pudo convencerla de que comiese nada que tuviese corazón, sin importar lo mucho que lo intentase, y vaya si lo intentó.
Estaba preocupada por su crecimiento—. Entonces, ¿sí o no?
—No pensaba dejarlo pasar—. ¿Ahora comes pescado?
—Ya te he contestado —respondió, y le dedicó una sonrisa a Jacques mientras continuaba—: limón, mantequilla y papel de plata, a 180 grados en el horno.
—¿Come o no? —Me giré hacia Jacques. Sentí que debía saber eso sobre mi amiga. ¿Hasta qué punto la había remodelado?
Él le sonrió a Linda como para decirle: «Se está poniendo un poco pesada, ¿verdad?
». Sus sonrisas de complicidad me cabrearon y tuve que sentarme encima de mis manos y morderme la mejilla.
Me levanté de golpe y la pata de la silla chirrió contra el suelo.
Linda lo pilló y se levantó a mi lado, diciendo que de verdad tenía que irse.
—¿No pensarás salir así, sin medias y sin ropa interior…
? ¿Y si sopla una ráfaga de viento? —Se sonrojó, pero no de una forma bonita y emocionada, sino como solía hacer en el pasado, de una manera que indicaba su estado de vergüenza habitual—.
Vamos, Lindy, yo también tengo que cambiarme. —Le tendí la mano, pero ella la ignoró.
—No te preocupes —respondió—. Recojo mis cosas y me voy. —Su mirada pasó de Jacques a mí—. Sé buena con él. —Y ahora la avergonzada era yo, como debía ser.
—Eso ha sido un pelín innecesario —comentó Jacques en cuanto ella estuvo lo suficientemente lejos—. Por no hablar de cruel.
Observé la espalda de Linda alejarse.
—Qué va, las chicas solemos ponernos a caldo. Ella sabe que la quiero —afirmé en un intento por convencerle a él y a mí. Le sujeté la cara a Jacques con la mano y luego le agarré el culo—. Te necesito… te quiero.
Él me lo dijo de vuelta, aunque no estaba completamente segura de si lo había hecho por obligación.
—Cómeme.
Y eso hizo. Y se esmeró más de lo previsto.
Y, sin embargo, ahí seguí. No me hizo desaparecer ni me destruyó como quería.