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A principios de mayo, después de semanas sin saber nada de mis amigos, estaba sobre la «pasarela», una rampa que conectaba el edificio de artes con el exterior, un lugar para pavonearse y que te vieran, mientras diseccionaba A puerta cerrada , de Sartre, de forma minuciosa e inteligente.
Estaba dejando pasmado a un compañero de clase con mi humor y mi estilo a la hora de vestir, absorbiendo su atención bajo el tenue brillo del sol.
—Guay, guay —dijo el tío, que asintió y me repasó con aprobación.
Alguien me saludó al otro lado del patio con césped. A medida que la silueta se fue acercando, vi a una figura femenina vestida con una parka caqui enorme; Jesús, se estaba transformando literalmente en Mark.
—«A la gente no se la condena por nada» —recité de A puerta cerrada , y mi compañero de clase me miró casi en éxtasis. Dijo que me había visto actuar en la obra de Whitman y que estuve espectacular, que era espectacular.
—Bonita ropa —le dije a Linda cuando se acercó.
—¡Gracias! Lo hemos pillado en la tienda de excedentes militares de George’s Arcade.
¿Hemos?
— L’enfer, c’est les autres. —Mi compañero de clase se marchó y saludó a Linda con la cabeza de forma desdeñosa, como si estuviese destrozado de que nos aguase la fiesta.
—¡Lo tienes loquito! —exclamó Linda en cuanto se alejó.
—Estábamos debatiendo sobre Sartre —contesté fingiendo desinterés, aunque por dentro estuviese ilusionada por la atención y por que Linda hubiese aparecido.
—¡Pues claro! —Me miró de arriba abajo. Llevaba unos pitillos negros y una camiseta de tío gigantesca con estampado de cuadros y los botones de arriba desabrochados para que se viese mi sujetador negro de encaje y el colgante ámbar que había mangado—. Tienes buen aspecto.
—Gracias, tú también. Aunque la parka no me convence del todo.
—Pues a mí me gusta. Hace que me sienta más masculina, más poderosa. —Se rio de manera desenfadada.
—Pensaba que a él le gustabas más con la ropa de ama de casa de los 50.
—Sus gustos van variando. De todas formas, comprármela fue idea mía.
Lo dudaba. E incluso si lo fuese, seguro que él estuvo detrás y le metió esa idea en la cabeza.
—¡Vais a juego! —exclamé.
—Echaba de menos tu ingenio mordaz —contestó. No me atreví a decirle que yo echaba de menos todo de ella—. Es superagradable estar al aire libre y sentir el sol. —Ladeó la cabeza hacia la luz lechosa.
—¿Te apetece tomar algo? —pregunté sin darle importancia.
—¿Por qué no?
Me dije que tenía que mantener la calma, aunque resultó que no me salió demasiado bien, porque se me escapó:
—¿Y Honor?
—Y yo qué sé. No estoy al tanto de todos sus movimientos —respondió.
Un insulto velado dirigido hacia mí, su amiga la dependiente. ¿Cuándo habíamos adquirido esa dinámica?
Dejamos atrás el campo de críquet y los campos de rugby en la parte trasera del campus y nos dirigimos hacia un bar al que nunca habíamos ido, el Pavilion, que estaba a reventar de hinchas de rugby con el cuello del polo levantado, chicas con conjuntos a juego y falditas de tweed lo bastante cortas como para darles un toque de putón si se la remangaban en la cintura, pero lo bastante largas como para que papaíto las aprobase si se las ponían en condiciones.
—¡Es un experimento sociológico! —exclamó Linda cuando cruzamos la puerta. Se quitó la parka, y la minifalda de polipiel, las medias de rejilla y las Doctor Martens atrajeron bastantes miradas.
En esta ocasión, la copiona me eclipsó. Nunca había recibido más atención que yo y, aun así, todas las miradas estaban puestas en ella.
Llevaba el pelo despeinado en la parte superior de la cabeza, ¿se había hecho mechas?
Tenía los ojos ahumados y delineados con khol , llevaba un toquecito de base, suficiente para taparle las pecas o, al menos, difuminárselas para darle un aspecto bronceado a su piel, en lugar de que pareciese llena de manchas.
Se dirigió a la barra y pidió dos gin-tonic, una bebida que por lo general no solíamos tomar.
—¡Salud! —exclamó con alegría mientras me pasaba el vaso redondo en el que tintineaban unos hielos y flotaba una rodaja de limón.
—Creía que Mark estaba en contra del alcohol —dije.
—¿Lo ves por alguna parte? —Echó un vistazo a su alrededor con dramatismo—. Y de todas formas, soy libre para hacer lo que me plazca.
Le di un trago a mi bebida y me mordí la lengua. Un haz de luz le recorrió el rostro y se le iluminaron los ojos grises.
—¿Qué tal está Mark? —pregunté, fingiendo que no me importaba.
—¡De maravilla! ¿Y tu chico guapo?
¿Quiénes éramos antes de conocer a nuestros novios?
—¡De maravilla! —repetí, pero sonó infantil y mezquino.
—Jacques es un buen partido —contestó, y se bebió el gin-tonic de un trago.
—Oye, echa el freno —advertí.
Como respuesta, se pidió otro sin molestarse en pedirme uno porque apenas le había dado un sorbo. Bebió con avidez, se pidió unas Tayto de queso y cebolla, abrió el paquete y se las comió a puñados sin hacer un descanso para hablar o respirar.
—¿Te estás dando un atracón? —pregunté en lo que esperaba que fuese un tono cariñoso—. No hace falta que lo hagas.
—¡Solo tengo hambre! —exclamó—. ¿Tienes algún problema? —Pidió otra ronda y otro paquete de patatas.
—Yo estoy bien, no te preocupes por mí —dije con sarcasmo al ver que no me ofrecía ninguna.
Empezó a meterme las patatas en la boca de una en una, lo que fue extrañamente sexi. Me pregunté quién le habría enseñado ese movimiento.
—¿Te puedo decir una cosa? —preguntó. Yo asentí con la boca llena—. Eras una amiga de mierda.
Tragué y di un buen sorbo de ginebra.
—Solo quería lo mejor para ti —contesté sin romper el contacto visual.
—Ese truquito de clavarme la mirada ya no funciona —declaró de pasada, como si de verdad hubiese dejado de importarle lo que opinase o hiciese; eso me dolió mucho más que sus palabras—.
Admítelo, eras una abusona —prosiguió. Esas palabras jamás deberían haberse pronunciado en voz alta.
Una mezcla insoportable de culpa, humillación y posesividad me obligaron a alargar la mano y darle un pellizco en el brazo—.
¿Ha hecho que te sientas mejor? —Ni siquiera se inmutó, simplemente me sostuvo la mirada.
—¿Y esto ha hecho que tú te sientas mejor? —Le levanté la manga para dejarle al descubierto la muñeca llena de manchas rojas.
—La verdad es que sí —contestó—. Además, mis acciones no están haciendo daño a nadie.
—Pero a ti sí —respondió—. Déjame echarle un vistazo…
—Yo nunca podría hacerme tanto daño como me hiciste tú —susurró después de apartar el brazo y acercarse a mí.
—Sue y yo te cuidamos durante todos esos años. Eras de la familia —contesté con suavidad tras alejarme, sabía perfectamente quién estaba detrás de ese razonamiento.
—No me gustaba que me hicieses daño.
Quería responderle que sí: «Sí que te gustaba que te pellizcase y te retorciese la piel», pero para eso tendría que admitir lo que hice.
—¿Estás bien? En serio… no pareces la misma.
—¡Eso solo puede ser bueno! —Se rio, alargó el brazo hasta mi copa, se la acabó y luego pidió otra.
—Oye, más despacio… ¿De dónde sacas el dinero? ¿Estás forrada?
—De mi chico. Lo suyo es mío y lo mío es suyo, ¡salvo que como yo no tengo nada, eso juega bastante a mi favor! —Se rio con despreocupación y le hizo ojitos al camarero.
Salvo que tú le perteneces . ¿Estaba rebelándose con esta borrachera o él la animaba a comportarse así?
—En serio, Linda. Esto no es bueno para ti.
—¿Y qué sabes tú sobre lo que es bueno para mí? —preguntó con agresividad—. Estoy harta de vivir siguiendo las expectativas que tiene el resto sobre mí —anunció, arrastrando las palabras.
—Venga, vamos a llevarte a casa —dije.
—¿A casa? —repitió, como si nunca hubiese escuchado esa palabra.
—A la mía.
Asintió, me levantó a rastras del taburete, me rodeó con los brazos y apoyó la mejilla contra mi pecho como una niña indefensa.
—Vale —contestó.
—Y después puedes cenar conmigo y con Jacques.
—Eso me gustaría… —Tenía los ojos vidriosos.
Me apartó de un empujón y se fue hacia la barra, le pidió un bolígrafo al camarero y luego se puso a escribirle su número en la parte trasera de un posavasos mientras le guiñaba el ojo. ¿Quién era esta persona?
—Linda, ¿qué haces? Mark…
—Mark, Mark, Mark… Estás obsesionada —dijo.
—Seguís saliendo, ¿no? —Tenía que ir con más cuidado.
—Sí, sigue siendo mi chico, y a él le parecería fenomenal que le diese el número a este imbécil. —Al camarero le pareció mono y le dedicó una sonrisa amplia.
—¿Entonces? ¿Ya no sois monógamos?
—Qué corta de miras suenas, Jessie J.
—¿Te está obligando a hacer algo?
Se inclinó sobre la barra hacia el camarero y le susurró algo al oído a modo de respuesta. Él se puso como un tomate.
—¡Nadie me obliga a hacer nada si yo no quiero! —exclamó. La agarré por el antebrazo y la saqué de allí a rastras.
—Voy a minimizar daños —le solté al tío—. Tiene novio. —Él se encogió de hombros. ¿Qué más da?
Linda intentó darme un manotazo, estaba pedo. Fuera ya había anochecido. Mientras volvíamos a atravesar el campo de críquet y de rugby , un trocito de luna brilló con suavidad.
—Ala, mira, ¡un cachito plateado y diminuto de luna! —exclamó con un acento espantoso del sur de Estados Unidos.
—Mira hacia atrás por encima del hombro izquierdo y pide un deseo —contesté, imitando a Tennessee Williams a la perfección para seguirle el juego.
—Deseo… —empezó a decir después de quedarse quieta y levantar la vista hacia la luna.
—No lo digas en voz alta, ¡es tu secreto! —interrumpí.
—Lo único que quiero es amor —me susurró al oído.
Me entró un escalofrío al mirar a mi camaleónica amiga. ¿Hasta qué extremos llegaría por lo que fuese que estuviese confundiendo con amor?
Cuando llegamos a mi habitación, Jacques estaba sentado en la silla debajo de la ventana leyendo mi ejemplar de Les Enfants Terribles . Levantó la vista.
—¡Anda, hola, chicas! —Parecía encantado de vernos juntas.
—Hola, J-J-Jacques —saludó Linda.
—Me está dando mal rollo —dijo Jacques mientras levantaba el libro—. Qué mundo tan retorcido…
Linda soltó una risita.
—¡Un irresistible cóctel de Cocteau! —comenté.
—Ven aquí —ordenó Jacques a la vez que se señalaba los labios y extendía los brazos.
Linda se abalanzó sobre él y lo besó.
—¡Siempre había querido hacer eso!
—Está como una cuba —contesté, intentando no echar a perder el momento.
—Ya lo veo —respondió él.
—No habléis de mí como si no estuviera —dijo Linda—. Estoy justo aquí, ¡miradme!
Empezó a desnudarse; primero, se quitó la falda, luego las medias, después el top y se quedó en bragas y sujetador.
Jacques se dio la vuelta y yo la sujeté por el brazo y la llevé hasta la cama.
Se metió y la tapé con el edredón. Cerró los ojos y en cuestión de segundos estaba roncando bocarriba.
Los dos nos quedamos de pie junto a la cama y la miramos como si fuese nuestra hija adolescente borracha. Me sentí vieja.
—Ponla de costado —indicó Jacques—. Puede que vomite. —Me senté en la cama a su lado y la giré con suavidad—. ¿Quién es esta persona? —preguntó Jacques.
—¿A que sí? Le han hecho un trasplante completo de personalidad —contesté—. Fuimos al Pav y le dio su número a un camarero rapado.
—Madre mía, ¿y qué pensaron de vosotras ahí dentro? —Se rio y luego volvió a mirarla—. Creo que a Mark no le haría mucha gracia verla así.
—Eso mismo le dije yo, pero me contestó que estaría encantado, que él habría querido que le diese su número a un tío cualquiera.
—Estoy seguro de que no es cierto —respondió Jacques.
—¿Lo has visto últimamente? —le pregunté con tanta despreocupación como pude, estaba segura de que quedaban a mis espaldas.
—Tú no le darías tu número a nadie, ¿verdad? —Le bajé la cabeza hacia mí y lo besé como respuesta—. Voy a hacer un poco de pasta. Necesitará hidratarse. —Señaló una botella de Ballygowan del escritorio—. Si se despierta, dale mucha agua.
—¡Sé cómo hacer de madre! —contesté.
—Algún día, serás una madre increíble —afirmó, y me miró con adoración.
¿Cómo podía haber metido tanto la pata? ¿Es que no se daba cuenta de que sería una madre espantosa?
¿Cómo se suponía que iba a saber lo que tenía que hacer?
Era egoísta hasta la médula. Además, Linda tenía razón: conmigo siempre había un motivo oculto.
Si tienes motivos ocultos, no puedes ser madre.
No creía que pudiese querer a alguien incondicionalmente.
Ahora mismo, Jacques encajaba con la imagen de la otra mitad de la pareja más guay de la uni a la perfección, pero eso no significaba que yo quisiera casarme, tener hijos y toda esa pesadilla de las afueras.
Gracias a Dios, conseguí cerrar el pico y lanzarle un beso en el aire que él pilló al vuelo con una mano y se tragó. Un pelín excesivo. Odiaba cuando sacaba a relucir ese lado cursi. Se dirigió hacia la puerta y salió sin mirar atrás. Y luego: ese dolor de cuando alguien se marchaba.
Me tumbé al lado de Linda en la cama y le hice la cucharita. Le susurré contra el pelo:
—Vuelve conmigo, mi querida y estúpida amiga, no malgastes tu vida por ese hombre.
Pensé en Sue y en la advertencia que nos hizo: «No os lancéis al primero que pase. Merece la pena luchar por trofeos como vosotras». Pensé en cómo mi padre la había menospreciado y me apreté esa parte irritada de la garganta.