El juego de la verdad 43
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U na noche de llovizna (el tiempo despejado no duró mucho), mientras recorría la plaza principal un par de días después de mi casi ruptura con Jacques, me pareció divisar a Jonathan y a Mark a lo lejos.

Acababa de salir de mi último seminario de la semana sobre El segundo sexo , de Simone de Beauvoir.

En mi cabeza resonaba: «No se nace mujer, se llega a serlo», gracias a los hombres (no era del todo cierto, pero servía a mis fines).

A medida que me fui acercando a los chicos, vi que había acertado.

Iban paseando muy cerca, parecían a gusto y andaban al compás.

—¡Anda, hola! —saludó Mark cuando estuvieron cerca.

—¡Hola, hola! —le dije a Jonathan con una voz aguda y demasiado animada. Intenté reprimir lo mucho que me alegraba de ver a mi amigo, pero fracasé—. ¿Adónde vais?

—Hola —saludó Jonathan con ternura, sin ser consciente de lo destrozada que me había dejado su distanciamiento repentino—. He quedado con Phil en el Stag’s Hunt dentro de poco.

—¡Guay! ¿Puedo ir? —Me miraron como si fuese un monito gracioso del zoo.

—Creo que a Phil no le haría gracia si me presentase contigo —contestó Jonathan sin darle importancia.

Se me contrajeron las costillas y sentí que no podía respirar. Fue una reacción intensa y desproporcionada a un desaire de prácticamente un desconocido, y, para colmo, de uno que ni siquiera me caía bien.

—No te preocupes, ya nos veremos en otra ocasión —contesté tras cambiar de expresión y esbozar una sonrisa tensa.

—¡Fijo! —exclamó él sin pensar. Justifiqué esa falta de tacto diciéndome que solo estaba borracho de amor y que no me lo tomase a pecho.

Parecía como si no dejase de recordarme que no tenía que «tomarme las cosas a pecho».

Punto—. Nos vemos el jueves, si no antes —le dijo a Mark con un tono indiscutible de amistad .

No había nada oculto. Ni un ápice de la ironía o el humor habituales para guardar distancias.

¿Cómo había permitido Jonathan que le arrebatasen sus mejores instintos? (Mira quién fue a hablar).

Jueves . ¿Qué pasaría el jueves?

Nos lanzó un beso en el aire a los dos, un gesto nuevo que no le pegaba nada, y dio media vuelta para marcharse.

Mark y yo nos miramos, y me quedé pasmada por la belleza de sus ojos, por el poder que contenían. Quería seguir así siempre, clavada en su mirada penetrante; ni siquiera podía fingir lo contrario.

—¿Jessica, qué tal estamos? —preguntó.

Estamos bien, bien, B.I.E.N .

—Genial, gracias —respondí con alegría, consciente de no pronunciar esa palabra.

—¿Te apetece que vayamos al Dungeon a tomar algo y nos ponemos al día? Ha pasado un tiempo —dijo con una voz cargada de tentación tras esbozar una sonrisa burlona.

Ojalá pudiese decir que no pasó, pero lo seguí como un dócil corderito. Cuando echamos a andar, yo un paso por detrás, mis sentimientos fueron pasando de la repulsión, a la atracción y a la emoción como nunca. Estaba viva .

—¿Qué tal os trata la vida a ti y a tu amour ? —preguntó Mark por encima del hombro.

— Nous sommes merveilleux!

—¿De verdad? La última vez que estuvimos juntos no parecíais merveilleux —comentó mientras alargaba la mano hacia la puerta del Dungeon. No te pongas a su altura . Me la sujetó, yo seguía un paso por detrás—. ¿Quieres algo de beber?

—¿Por qué no? —contesté—. Una Carlsberg —dije sin saber muy bien por qué. Nunca la había probado.

—Eso hará que te pongas como una foca —espetó por encima del hombro cuando se dirigió hacia la barra.

—Estaré allí. —Me estremecí para mis adentros mientras señalaba uno de los reservados.

—Buena elección, así tendremos más privacidad —respondió.

Sentí ese pinchazo en la pelvis. Menuda estúpida.

Volvió con una birra para mí y un vaso de agua con gas para él.

—Bueno —empezó, y se inclinó hacia delante para observarme.

—Bueno —jadeé.

—Ya tocaba ponerse al día. —Casi se me escapó un «te echo de menos», pero en vez de eso, esbocé una sonrisa deslumbrante con la esperanza de que se me marcase ese hoyuelo tan delicioso—. ¿Estás un poco decaída después de que haya terminado la obra? —Tan sorprendentemente astuto como de costumbre.

—Sí —contesté, y me arrepentí nada más decirlo. Quería dármelas de «me va fenomenal sin vosotros». Venga, Jessica, actúa, sé la estrella que eres en realidad.

—Estoy seguro de que no tardarás en volver a salir a escena. Naciste para estar ahí arriba. —Era justo lo que deseaba que dijera.

Estuve a punto de sacar el tema de la noche del estreno, de la traición, de convencerme de que había sido Patrick quien tuvo la idea del «giro», pero paré justo a tiempo al centrarme en la comisura levantada en un lateral de esa boca tensa y de una forma perfecta.

—He decidido no actuar en más obras este año. Tengo que volver a centrarme en mis estudios. —Hice lo posible por parecer adulta , aunque no fuese más que un intento. Al fin y al cabo, Sue era mi ejemplo.

—Por cómo le has hablado a Jonathan, es evidente que echas de menos a tus amigos. —Tenía una habilidad para verme de verdad, para saber lo que escondía…, para darse cuenta de todo cuanto añoraba —. ¿Un palito cancerígeno? —preguntó mientras me ofrecía un cigarro de un paquete rojo de Marlboro.

—Creía que no fumabas.

—Y no lo hago —contestó, agitando el paquete delante de mi cara.

Pillé uno y él se sacó un mechero y me lo ofreció. Le di una buena calada. Ni siquiera me gustaba fumar.

—¿Qué tal está Linda? —me atreví a preguntar entre el humo.

—¿Es que todavía no os habéis visto? —dijo a la vez que sacudía la mano delante de su cara para disipar el humo, parecía muy interesado en mi reacción.

—Sabes que no —respondí, y di un trago a la cerveza tibia que parecía pis. Tosí.

—De maravilla. Está desplegando las alas, ampliando sus horizontes y su grupo de amigos —comentó, observándome con detenimiento.

Quería mandarlo a paseo, pero seguía tosiendo. Di un trago tras otro sin saborear la cerveza, lo único que quería era acabar con ese picor de la garganta y sofocar el enfado.

—Lo que más le conviene ahora mismo es mantenerse alejada de la gente de su pasado. —Apagué el cigarrillo y me puse a toquetear el posavasos que tenía delante—. Un gesto coreográfico estupendo para que una actriz exprese una inquietud silenciosa —dijo mientras me observaba con frialdad.

Me cabreé. ¿Qué te parece este silencio?

—¿De dónde salen las marcas que lleva en las muñecas? —Lo miré, y mi voz restalló y siseó. Tenía que mantener mejor la compostura.

—Los cambios son difíciles, tienen que ser progresivos… —reflexionó para sí. Se quedó impasible—. Necesita cierto grado de dolor para sentirse ella misma.

Me mordí la lengua y seguí con la coreografía de los posavasos, arranqué unos pedazos y formé unas bolitas diminutas con ellos con el índice y el pulgar.

—Espero que esté bien —conseguí decir—. Creo que esas drogas no son buenas para ella.

Se quedó mirándome sin decir nada durante un instante, después, apoyó la mano sobre la mía para que parase de destrozar los posavasos. Le dejé. Sentí cómo me hormigueaba.

—Y, aun así, tú te mueres de ganas por probarlas —respondió.

—Estoy hecha de otra pasta. Linda es frágil.

—Pero eso no te impidió hacerle daño cuando erais pequeñas, ¿verdad? —Se burló. Aparté la mano, sentí como si me hubiese pellizcado la piel con saña.

—No hice más que quererla —contesté con voz temblorosa—. Sue y yo cuidamos de ella. Fuimos su familia cuando no tenía a la suya. —Me levanté y traté de recuperar un poco de poder.

—Te has inventado una historia de lo más interesante —dijo—. Supongo que, si lo miras de cierta forma, contiene algo de verdad. Pero no estoy seguro de que estés captando la visión de conjunto…

—No puedes justificar lo que le estás haciendo tú ahora echándome las culpas o aludiendo a una «visión de conjunto».

—¿Qué le estoy haciendo exactamente? —preguntó tras recostarse en el asiento y respirar despacio.

—La estás controlando —contesté, a sabiendas de que no era la mejor respuesta. Demasiado predecible.

—¿De veras? —Pareció meditar sobre mis palabras y bajó la vista hacia sus palmas ahuecadas, como si estuviese pesándolas en las manos.

Después, las cerró y las colocó en una posición parecida a la de rezar—.

Creo que sabes que Linda está evolucionando, que se está liberando de las cadenas de su doloroso pasado.

Solo que te niegas a admitirlo, ya que tú formas parte de él.

—¡Yo era la parte buena! —solté—. Sue y yo.

—Te dejaré que le des una vuelta —dijo mientras se levantaba. No, ni de coña iba a ser el primero en largarse, y menos así—. Y Jessica. Si de verdad quieres a tu amiga, tienes que dejarla ir. Tienes que animarla a desplegar las alas.

—¿Eso es lo que estás haciendo tú? —pregunté, incapaz de contenerme.

—La quiero. Va en serio. —Lo que dijo a continuación fue sorprendente—: «Quien no sepa mantener fascinada a una muchacha, tanto que ella no sepa ver nada fuera de lo que se quiere que vea; quien no sepa identificarse con el ser de ella hasta conseguir cuanto desea, es un inepto, un inútil».

—¿Es de tu filósofo loco? —pregunté con la esperanza de que se riese y diseccionase las palabras, que dijese que eran una memez, que eran lo contrario de lo que sentía en realidad, es decir, que ella se sintiese libre y empoderada.

—Me encanta cómo piensa. Estoy absorto en sus enseñanzas. Son tan profundas… y albergan la paradoja de una manera preciosa. —Asintió.

—¿Y crees que eso es «dejar que sea libre»?

—El amor absoluto contiene libertad —contestó—. Y yo creo en concedérsela.

¿Podía echar a correr, encontrar a mi amiga y contarle lo que Mark acababa de decir? Lo más probable es que pensase que ese nivel de posesividad era romántico. Era lo que buscaba: que la reclamasen, que la fascinasen.

—¿Sabes? La adoro. Solo quiero lo mejor para ella —afirmó con calma.

—Entonces ya somos dos. —Me las ingenié para decir.

—Me alegro de que estemos de acuerdo en eso.

Recogí el abrigo apoyado en el respaldo del asiento, estaba decidida a ser la primera en salir. Tenía que huir, pero no sabía muy bien adónde. Solo era consciente del sentimiento de velocidad que se acumulaba en mi interior.

—Por cierto, vamos a trasladar la obra al teatro Burning Bush en septiembre —dijo Mark en cuanto me di la vuelta. Me paré en seco. Era el mejor local del país para nuevos dramaturgos, donde se forjaban las estrellas—. Obviamente, tendré que cambiar el reparto —añadió.

—¿Cómo que obviamente ? —Me di la vuelta para mirarlo a los ojos.

—Vas a tener que centrarte en tus estudios. Si no, perderás la ayuda.

—¿Patrick va al Bush? —pregunté, incapaz de contenerme.

—Patrick está en cuarto, así que sí, tengo pensado darle el papel.

—Sentí un dolor intenso, como si me hubiesen dado un puñetazo en el estómago—.

Estás disgustada. Siento haberte hecho sentir así.

—No parecía arrepentirse ni lo más mínimo—.

Además, tampoco podemos volver a poneros a Patrick y a ti en el mismo escenario.

—Meditó—. La situación estaba llegando a unos extremos dolorosos.

Además, sé cuál habría salido peor parado físicamente de los dos.

Ja, ja, ja, ja, qué tío tan gracioso. Me levanté despacio y recalculé.

—Claro. Bueno, tampoco creo que a Patrick se le diese bien. Era un puto sosainas.

—Eres toda una cómica. —Se rio tanto que se le saltaron las lágrimas. Hice una reverencia y me di la vuelta para salir—. ¡Pásate por una de nuestras soirées ! —gritó Mark a mi espalda—. Y tráete a Jacques. Siempre sois bien recibidos…

Por fin fui la primera en marcharse. Estás destrozada porque te han echado del reparto. Estoy destrozada. Estás destrozada. Estoy destrozada . Mi ego se quedó reducido a cenizas. Al final, Mark lo había conseguido.

¿Y qué pasaba con mi amiga? ¿Qué podía hacer al respecto?

Me di cuenta de que, en ese momento, no mucho.

Si la presionaba demasiado en una dirección, se alejaría.

Nuestro pasado jugaba en mi contra. Su presente era de lo más tentador.

Le estaban prodigando todo el amor y la atención que por lo general habían estado reservados para mí.

Ya no vivía a mi sombra, sino que Dios, un manto divino o diabólico la rodeaba.

Me ceñí el abrigo y me sequé las patéticas lágrimas con brusquedad.

Al final, me había convertido en una actriz pésima, en una amiga pésima.

Eres mala persona. Soy mala persona. Eres mala persona. Soy. Mala. Persona.

—No puedes convencerme de lo contrario —le digo a la doctora Collins.

—Ya veo. —Ni siquiera lo intenta.

—Y no digas: «Aquí hay algo más».

—No voy a hacerlo.

—Entonces, ¿qué piensas decir? —la reto.

—No estoy segura de poder decir algo ahora mismo —contesta con suavidad—.

Siento que estoy en el mismo punto que tú cuando hablaste de la impotencia que sentías respecto a tu amiga.

—Nos quedamos en silencio—. Solo espero que el tiempo te permita ser más amable, que para la próxima vez que nos veamos tengas una postura menos arraigada y logres tratarte con un ápice de compasión.

Me duele el corazón. Supongo que es buena señal.

Le doy las gracias, esta vez en serio. Sé que tendré que volver. No solo para refrescarme la memoria, sino también para desmontar a este personaje tan odioso que he creado.