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L legó abril y los cerezos florecieron en un suave tono de malvavisco rosa, pero mi humor era bastante gris. «Es mejor perderse por la pasión que perder la pasión». Podía escuchar la voz de Mark en mi cabeza citando a Kierkegaard. Había perdido la pasión y me sentía abandonada.
La advertencia de monsieur Tortue se había vuelto más real ahora que la emoción y la distracción de actuar habían desaparecido.
No había venido, como tampoco el resto del Departamento de Francés, así que no podía hacerme ilusiones de que fuesen a aprobarme solo por mis grandes dotes artísticas.
Tuve que volver a hincar codos, pero esa perspectiva no me transmitió mucho chachibrilli (ay, Linda).
Los días después de que terminase la obra, no vi a mi mejor amiga, ni a Jonathan ni a Mark ni al resto del reparto.
Fue un vacío terrible: el inevitable bajón de cuando acaba una obra, más intenso por echar de menos a mis amigos.
¿Tan superficiales, tan frágiles, eran esos vínculos simplemente por la edad y la tentación del sexo, las drogas y todo lo que traían consigo?
¿Su mera promesa bastaba para cortar lazos?
Era la tristeza personificada. Echaba de menos sentir que tenía hermanos, amigos, admiradores, una familia; echaba de menos el subidón de estar en el escenario, el latigazo de los aplausos; echaba de menos hacer daño a mi coprotagonista y el sentimiento de justicia retributiva que me transmitían mis dedos pellizcantes.
A los dieciocho, casi diecinueve, sentí como si hubiese dejado atrás mi mejor época.
Se acabó satisfacer esas «tendencias violentas», se acabó ser el centro de todo, se acabó que mis «amigos» antiguos y nuevos me adorasen.
Ni siquiera el sexo con Jacques podía paliar el anhelo, el dolor físico de privarme de todo ese drama irresistible.
—Antes he visto a Linda —comentó Jacques mientras íbamos de camino a comer; había un cielo inusualmente azul sobre nosotros, los pájaros cantaban y soplaba una brisa agradable. Debería haber sentido un ánimo primaveral.
—Anda, ¿y qué tal está? —intenté preguntar de forma despreocupada, aunque llevaba sin verla desde hacía más de dos semanas, más tiempo del que habíamos pasado separadas desde que nos conocimos.
—Está genial.
—¿A qué te refieres? —Me despertó la curiosidad, me imaginé una transformación radical en su forma de vestir, peinado y talla.
—Simplemente parece estar a gusto consigo misma, feliz y sin preocupaciones.
Pensé en cómo había observado los mismos cambios en Jonathan la última vez que lo vi.
—¿Ha dicho algo de mí?
—Pues claro —contestó, y se le quebró la voz. Jacques no solía mentir.
—¿Estaba con Honor? —No respondió, en vez de eso, saludó a un tío que no conocía al otro lado del patio interior—. ¿Y ese quién es? —pregunté.
—Spencer —respondió él.
Me quedé helada.
—¿De qué lo conoces?
—Todo el mundo lo conoce —se burló—. Quiero decir, que no lo conozco a fondo , solo de vista.
—¿Has visto a Mark últimamente? —pregunté para tratar de contenerme.
—Me lo he cruzado por ahí.
—¿Y Jonathan?
—Lo mismo. —Se bajó las mangas del jersey y se tapó las muñecas.
—Me pregunto por qué no me los estaré cruzando yo…
—Bueno, ¡igual es porque no quieren verte! —Empezó a hacerme cosquillas.
Me puse hecha una furia. Estaba fuera de mí, tanto como lo había estado cuando sostuve el bate de béisbol a oscuras con Mark. Me rugió la sangre en las sienes, en los dedos, en todas las extremidades. Di rienda suelta a unos retazos de destrucción:
—En realidad, te importo una puta mierda, como a todos.
Solo me estáis utilizando, a todo el mundo le da igual.
Eres el más puñetero farsante… —Jacques se encogió, después se irguió y se alzó imponente sobre mí, como si fuese un personaje que se hubiese caído por la misma madriguera que yo.
Mi rabia era tan potente como un sorbo de veneno.
Mark sabía lo que hacía en los ensayos cuando me puso en contacto con el poder de mi enfado. Un grifo averiado nunca puede cerrarse del todo.
—Pues claro que me importa. —La voz temblorosa de Jacques me sacó de mi trance. Parecía dolido, plegado sobre sí mismo. Esto era mucho peor que cualquier palabra dura que pudiese haberme dicho.
Respiré hondo, planté los pies en el suelo y me las apañé para poner un tono razonable:
—Lo siento muchísimo, ha sido horrible.
—¿Por qué iba a utilizarte?
—No hagas caso de esas palabras —contesté—. Has escuchado la expresión: ¿un momento de locura?
—¡Pues menudo momento! —exclamó, y suspiró aliviado. Trató de sonreír. Puede que al final consigamos sobrevivir a esto.
—Me sentía excluida —susurré—. Como si no me quisieran. —Sonaba tan patética.
En vez de alejarse con asco, se acercó y me abrazó.
—Te quiero por ser tal y como eres. Simplemente no quiero volver a verte en el escenario en ropa interior. —Se las ingenió para soltar una risa tensa.
No estaba siguiendo el guion previsto. Había representado el papel que Mark me había incitado a asumir.
Pero nadie habría predicho la respuesta de Jacques.
Mi hombre era una caja de sorpresas, su amabilidad no conocía límites.
Puede que lográsemos frustrar al auteur .
Sus creaciones habían salido del camino.