El juego de la verdad 41
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D ecido que ahora es tan buen momento como cualquier otro para lidiar con este sentimiento que aún me atormenta: el de que no soy bien recibida, que nadie me quiere y que nadie me echa de menos.

Sin duda, ese fue mi mayor pecado cuando llegó el acto final.

Mark sabía perfectamente cómo aprovecharse de la herida que me había causado el abandono; sabía hasta qué extremos llegaría para aplacar el profundo dolor de que me excluyeran.

Así que, después de un parón de seis semanas de la terapia, vuelvo.

Me doy cuenta de que la doctora Collins nunca me pregunta por qué, ni tampoco dónde he estado.

Se limita a sonreír y a aceptar que estoy aquí.

Podía haber aprendido algunas cosas de ella para aplicarlas en mis relaciones.

Mi patrón de sermonear siguió en mi matrimonio: pero por qué, por qué, por qué has hecho eso, por qué has mirado hacia allí, por qué has dicho eso.

Tras intercambiar los saludos de rigor y ponernos al día brevemente, la doctora Collins se inclina hacia adelante y adopta su postura de anticipación habitual.

—¿Qué tal llevas la escritura?

Le hice una actualización rápida de lo que había pasado en Wilde desde la última vez que estuve aquí, cuando hablamos sobre mi encuentro sexual (¿no?) consentido con Mark y la culpa posterior que ella había tratado de deconstruir: la fiesta de cumpleaños, el despertar sexual de Jonathan, los ensayos, la traición de la noche del estreno, la venganza de después en el escenario y el distanciamiento de mis amigos, donde me he quedado viviendo en la página.

—¿Lo echas de menos? —pregunta la doctora Collins—. Me refiero a actuar. No me había percatado de que es una parte muy importante de quien eres. Hasta ahora, no habías hablado mucho del tema.

—No llegué a convertirme en la estrella en ciernes que se suponía que estaba destinada a ser.

—¿Se te hizo duro?

—Para cuando conocí a mi marido me había rebajado a hacer papeles menores en telenovelas y algún anuncio esporádico. Dejarlo fue un alivio.

—¿Y ahora? ¿Te gustaría reconectar con esa parte de tu vida?

—Ya no. El único lugar donde tengo cabida es la página.

—¿Te importaría explayarte, Jessica?

—Escribir me está gustando mucho. Me encantan la autonomía y el poder que transmite. Siento como si Mark me hubiese desafiado al escribir esa obra. Ahí tienes otro reto, Jessica McSwain. —Se acerca aún más y su silencio me anima a seguir—. Siento como si esperase algo de mí, una réplica.

—¿Qué piensas hacer?

—Una novela —contesto, y se me quiebra la voz—. Creo que estoy escribiendo una novela. —Se queda en silencio, pero intuyo que por el interés que muestra en mi «historia», voy bien encaminada—. Quiero que sepa que fui yo quien la escribió. —Me sorprendo.

—¿No vas a usar un pseudónimo? —Niego con la cabeza—. Esa es una opción empoderante. —Me imagino a Linda, a Jacques, a Jonathan y a Sue leyéndola y se me hace un nudo en la garganta—. ¿Has decidido ya cómo termina?

Me acerco a la ventana y apoyo la frente contra el cristal frío. ¿Fue culpa de Jessica o no? Presiono la nariz con fuerza contra el cristal. Me vuelvo hacia ella.

—¿Quieres saber lo que ocurrió después, en orden? Sé lo que pone en el siguiente capítulo.

—Me imagino que hubo más distanciamiento, que sembró más la discordia y que desató celos sexuales.

—Se te da bien.

—El comportamiento de Mark se parece al de un padre alcohólico: hacer que los niños se vuelvan uno en contra del otro… ¿Mencionaste que el suyo lo era?

—Sí, pobrecillo. —Era la primera vez que había hablado de Mark con algo parecido a la compasión.

—Es posible que se convirtiese en un narcisista como consecuencia del daño.

— ¿Es posible? —Me mofo—. Aunque eso no hizo mella en sus ambiciones ni su ego.

—Era una versión falsa que había construido sobre sí mismo —reflexiona—. Supongo que si se enfrentasen a él de verdad, se derrumbaría.

Pienso en cómo habían acallado los rumores en redes sociales.

—Lo dudo mucho.

Estoy a punto de decir que no me creo ese concepto del «tú auténtico». Para estar tan obsesionado con la verdad , Mark era y sigue siendo un mentiroso.

Le echo el aliento a la ventana, me bajo la manga y limpio el vaho. Cierta claridad sale a la luz en el reflejo, algo auténtico.

Mi propio reflejo muestra un alivio sorprendente.