El juego de la verdad 40 #3
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—Ah, ¿sí? —Se le levantó una de las comisuras—.

Ya hablaré con ella más tarde… Y ahora, venga, no puede haber after sin nuestra estrella.

—Estaba tan agradecida que las lágrimas me traicionaron—.

Ay, Jessica, cuánto te duele que te excluyan…

—Parecía un cura, o un psiquiatra. Se agachó y me secó las lágrimas de las mejillas con el pulgar—.

Ve a casa, busca al guapo de tu chico y venid a la fiesta. Habrá chuches…

Fue ese tono de cariño falso, patriarcal y horripilante de secuestrador de críos el que por fin me devolvió a la fría realidad.

Pero ¿qué estaba haciendo? Era evidente que todo eso formaba parte del plan.

«Negar para luego ofrecer, y así se convertirá en arcilla entre tus manos».

Linda se había limitado a seguir sus instrucciones: «No la invites»; igual que cuando no quiso darme drogas en la última fiesta: «No le des…

bastante fuera de control está ya su ego».

Podía imaginarme cómo esas palabras salían de su boca y las plantaba en la de Linda, y a ella poniendo una resistencia casi nula para defenderme.

El desequilibrio de poder de nuestra historia se lo estaba poniendo en bandeja.

Inspiré hondo, me mantuve en mis trece, le di las gracias y le dije que Jacques había reservado en un sitio muy especial para que cenásemos a solas.

—Menuda joya de novio —dijo. Se quitó las gafas de la cabeza, les echó el aliento y limpió las lentes con la camiseta—. Si después os dan ganas de venir, pasaos. Hay de sobra para esta noche.

—Gracias, nos lo pensaremos. —Quién iba a decir que podría mostrar tanto control.

Se dio la vuelta para marcharse y giró las gafas en la mano.

—Tenerte en el equipo es genial, Jessica… Tuve razón al apostar por ti —espetó de forma casual por encima del hombro.

—¿Fui el blanco de tu broma del uno de abril, durante la noche del estreno? —pregunté a su espalda sin poder evitarlo.

—Sabes que no arriesgaría mi integridad artística por algo tan pueril. —Se dio la vuelta para mirarme.

—Aunque dejar muda a tu protagonista en el acto final fue arriesgado.

—Tu sorpresa y placer no tuvieron nada de mudos. Estabas preciosa con esa vulnerabilidad.

—Se supone que tu heroína no tenía que ser vulnerable.

—¿Quién lo dice? La vulnerabilidad es muy poderosa, al igual que la rabia. Y tú expresaste ambas.

—Albergar la paradoja —respondí.

Se colocó las gafas en lo alto de la cabeza y luego me sostuvo la mirada con esos ojos desnudos y abrasadores durante demasiado rato antes de hacerme una reverencia e irse.

Jacques me estaba esperando en mi cuarto.

—Te estarás muriendo de hambre, nena.

Fue incapaz de preguntarme por la obra. Me llevó hasta la cocina, donde, como era de esperar, tenía lista una comida deliciosa; el aire olía mucho a ajo y a chili acompañados de un vino tinto del color de las ciruelas hervidas.

—¿Por qué nunca salimos? —Lo saludé de mala gana, y en ese momento me odié.

—Ya se ha acabado, Jessica —respondió con calma tras observarme y no reaccionar—. No hace falta que sigas comportándote como una desabrida y una…

—Zorra —terminé—. Una desabrida y una zorra. —Le clavé la vista.

—Lo siento. — Se acercó y me abrazó—. Me siento responsable por haberte aconsejado que participases en la obra.

En cierto modo, era cuqui que se pensase que tenía tanto poder sobre mí.

Recordé el día en el que las moiras y las furias me habían advertido al asestarme un golpe en la cabeza con la rama caída, pero yo hice caso omiso.

Ni de coña iba a dejar escapar la posibilidad de un papel así, la posibilidad de estar en una sala con ese genio , la posibilidad de tanto drama y la promesa de perversión.

—Había una fiesta después de la obra a la que no me han invitado —confesé.

—Joder —contestó él, dándome la espalda mientras llenaba los platos de humeante ratatouille . Cuando volvió a la mesa, se agachó y me besó—. Puede que sea lo mejor.

—Pues sí. Ahora estamos los dos aquí, a solas. No existe otro sitio donde quiera estar —mentí, o al menos retorcí la verdad para ser amable. ¿Por qué no podía soltarle ese tipo de mentiras piadosas a Sue cuando necesitaba escucharlas desesperadamente?

Jacques y yo comimos y bebimos con ganas, nos hartamos de reír y nos besamos, y me di cuenta de lo tranquilo que se quedó de que ya no estuviese «retozando» en público en ropa interior.

—Soy toda tuya —le dije mientras lo besaba, besaba y besaba.

—Mía, mía, mía —contestó él, embriagado de posesividad. Me dio la mano y me llevó de vuelta a mi cuarto.

Me desnudó con avidez y me lamió entera.

Me dejé llevar mientras gozábamos de nuestros cuerpos.

Estaba decidida a tener y a provocar unos orgasmos alucinantes.

No hizo falta actuar. Pero, en el proceso, escuché un susurro persistente en lo más recóndito de mi mente: te lo estás perdiendo, te lo estás perdiendo, te lo estás perdiendo .

Después de que Jacques se quedase dormido en un abrir y cerrar de ojos, me torturé pensando en imágenes de mis amigos en la fiesta en un intenso estado de éxtasis, «una realidad mejorada» que iba más allá de toda experiencia conocida, más allá de cualquier cosa que pudiésemos generar Jacques y yo juntos.

Y lo peor de mis fantasías es que ni siquiera nadie se daba cuenta de que faltaba.