40 #2
La noche del último viernes (nuestra penúltima actuación), cuando estábamos en el bar después de la función, Linda se puso a ofrecer unas invitaciones recubiertas de purpurina y escritas con fluorescente que rezaban: «¡Trae ese culo al after DEFINITIVO!
», a todo el reparto. A todo el reparto, menos a mí.
—Sé lo que le has estado haciendo a Patrick ahí arriba, lo he visto —afirmó Linda.
—¿Lindy…? ¿Es que no sabes lo que hizo él la noche del estreno? —Soné desesperada. Había intentado contarle lo que pasó, pero nunca parecía conseguir tiempo para que estuviésemos a solas; siempre estaba rodeada de Honor y su pandilla.
—Venga ya —contestó ella—. Mark me dijo que todo fue idea tuya.
Virtuoso, maestro .
—No pasa nada —logré decir—. Ya nos veremos por ahí. —Di media vuelta para marcharme.
Puse en práctica una de las tácticas de Mark: «Sinceramente, querida, me importa una mierda».
En vez de sucumbir a esa estratagema y reaccionar con dependencia, pronunció con voz alta y clara:
—No pienso seguir formando parte de tu conducta violenta.
Conducta violenta . ¿Solo por darle unos pellizquitos como respuesta a que él hubiese traicionado mi confianza por completo?
No lo creo. Me giré para mirarla. Me abrasó con la mirada.
¿De dónde habían venido esos impulsos de juventud?
Mi necesidad de dejarle marca. Me dieron ganas de destaparle las muñecas y preguntarle si seguía haciéndose daño a sí misma o si le pedía a su novio que se lo hiciese, y cuánto lo deseaba. Pero no era el momento.
—Siento que pienses así —contesté tras sonreír y armarme de valor. Y esta vez pude alejarme con la cabeza bien alta.
Me estaba convirtiendo en toda una actriz, una resaca de emociones dio vueltas como un remolino bajo mis palabras.
La última noche transcurrió como en un sueño. Me convertí en una versión de mí misma que jamás me había imaginado, actué con valentía e intransigencia, fui la viva imagen de La vengadora . Me aseguré de que a Patrick se le quedasen marcas que lo atestiguasen por todo el cuerpo durante semanas.
A pesar de la angustia por haberme excluido de la fiesta, decidí pasarme por el bar después de la función para ver cómo reaccionaría el resto del reparto cuando se enterase de que no estaba invitada.
Jacques no estaba allí. No quería volver a verme saltando y bailando por el escenario en ropa interior nunca más.
Le supliqué que viniese a ver todo el control que le había arrebatado a Patrick, pero no le interesó.
—Te creo, Jessie. Pero no puedo volver a ver esa obra. No me obligues a hacerlo, por favor.
Jonathan estaba allí con Phil. Aquella noche, me confesó que había visto la obra cuatro veces.
Me sorprendió. No se había acercado a mí después.
No me había felicitado por mis elecciones artísticas, ni había desgranado los entresijos de mi actuación como habría hecho normalmente.
Y tampoco habíamos quedado durante el día para charlar o tomar un café.
Me sorprendió lo mucho que lo echaba de menos.
—Sin duda, el talento de Mark entra en el ámbito de la genialidad —declaró Phil como si supiese de lo que estaba hablando.
—Él no sería nada sin sus actores —contesté.
—¿Y los actores no son meros peones en la visión del director? —prosiguió tras saludar y lanzarle un beso a alguien al otro lado de la sala. Honor . Pues claro.
—Los buenos actores son capaces tanto de generar como de interpretar —respondió Jonathan.
—Supongo —contestó Phil como si no pudiese interesarle menos.
—En fin, aunque yo pensaba que quien se encargaba de la visión artística era el guionista —continuó Jonathan.
—Y Mark es ambas cosas —dije—. Es el creador definitivo —dije con sorna, pero nadie se percató.
Mark se puso en pie, levantó una copa que lo más seguro es que contuviese agua, y le dio unos golpecitos en un lateral con una cuchara.
—Escuchad, escuchad —anunció con una voz shakespeariana falsa—.
Acercaos, amigos míos y sigamos regocijándonos esta noche…
—Todo el mundo se levantó y empezó a recoger las cosas, la expectativa estaba en el ambiente.
Las invitaciones indicaban un «local secreto», que resultó ser nada más y nada menos que el piso de Mark, donde había tenido mi «encuentro privado» con él (los días siguientes escuché historias).
—No estoy invitada —le dije a Bill en cuanto se levantó para seguir a Mark y a Linda.
—Pues claro que sí, guapa —contestó él mientras se ponía el abrigo—. No seas boba. Todos lo estamos… —Le dio el brazo a otros miembros del reparto: Patrick, Dearbhla y Ciaran, y se marcharon abrazándose y riéndose sin mirar atrás.
Me rezagué, sentía curiosidad por saber si alguien me esperaba.
Jonathan fue el siguiente en marcharse con Phil y Honor (que llevaba unos pantalones cortos sexis y un abrigo de piel) sin comprobar qué tal estaba, me dolió a rabiar.
Apuré la copa de prosecco y me apoyé en la barra.
Intenté convencerme de que me daba igual, que me iría a casa con mi chico guapísimo que me adoraba y este episodio tan humillante terminaría.
Adiós, Patrick; adiós, Mark. Podía hacerlo, podía hacer un corte limpio.
Sería la mejor novia, hijastra y mejor amiga.
Haría que Linda viese la perfidia de ese hombre.
También volvería a poner a Jonathan de mi parte y así podríamos estar los cuatro juntos de nuevo.
Tampoco es como si esas imaginaciones convenientes me emocionasen mucho, sin importar si me las creía o no.
—¿Jessica? —preguntó la voz de Mark desde el umbral. El resto del bar estaba vacío—. ¿Vienes? ¿Y Jacques?
—No estoy invitada —respondí, y se me llenaron los ojos de lágrimas estúpidas.
—No seas boba —contestó. Segunda vez que me lo repetían aquella noche. Qué chica tan boba —. Tienes que poner en tela de juicio esa lente de rechazo con la que ves el mundo.
Debería haberme hecho gracia, pero en vez de eso se me escapó:
—Linda me dijo que no estaba invitada.