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« Q ué tetitas tan diminutas, pero son monas», dijo Mark, señalándolas; «Eres todo un camaleón», se mofó Jonathan mientras yo lloraba; «No quiero saberlo» , Jacques se tapaba las orejas con las manos; «Eres una dramática, menuda dramas.
No hay paz para los malvados», me canturreó Linda al oído mientras yo tenía la vista clavada en el techo, incapaz de moverme; las escenas de mi humillación pública se reproducían una y otra vez.
Y la culpa. Ese gran peso que sentía en el pecho, que empujaba desde la parte trasera de mis ojos.
Jacques . Tenía muchas ganas de despertarme a su lado esa mañana y que nos riésemos del «percance», verlo con perspectiva y llegar a un consenso sobre que, en fin, puede que sí que hubiese sido un momento poderoso, todo en pos del «arte».
Quería llamar a Sue para darle las gracias, disculparme y decirle que la quería y que la apreciaba, pero era incapaz.
Al final, conseguí salir de la cama sin haber descansado nada.
Me puse debajo de la ducha, dejé que se enfriase y me quedé ahí temblando y con la piel de gallina hasta que alguien aporreó la puerta y me recordó dónde estaba.
Me había venido al baño sin toalla, así que me sacudí para secarme y después me puse la ropa empapada de sudor de la noche anterior.
En la cocina, me zampé los cereales rancios de otra persona a puñados de un paquete de Rice Krispies.
No tenía ni la más remota idea de qué hora era, así que salí al cielo gris primaveral y se lo pregunté a la primera persona con la que me crucé, una pija que estaba recorriendo los adoquines mojados y resbaladizos con cuidado, subida a unos tacones y del brazo de un chico para no tambalearse.
—Son las dos y cuarto —anunció la chica tras echarle un vistazo a su Swatch gigantesco de color rosa.
Se suponía que Mark iba a celebrar una sesión para darnos algunas puntualizaciones a las cuatro.
¿Qué iba a hacer? ¿Qué podía hacer?—. Enhorabuena, anoche estuviste fenomenal —dijo la chica incongruentemente glamurosa.
—Fue lo mejor que he visto en mi vida. Ese tío y tú estuvisteis impresionantes —afirmó el tío, que tenía pintas de deportista y llevaba el pelo engominado.
Fue a chocarme los cinco y yo trastabillé cuando creí que iba a pegarme.
Los dos me miraron como si fuese pedo o estuviese drogada, con esa mirada que decía: «Vale, sí, eres una de esas artistas tan guais, pero ¿en serio?
¿A estas horas?»—. ¿Te encuentras bien? —preguntó.
—Estoy bien —contesté. Estoy bastante hecha polvo, insegura, erótica, no, eso no, emocional, sí, eso es, emocional y neurótica.
—Mucha mierda esta noche —me deseó la chica—. Iremos a verte en alguna función más. Se lo he contado a todo el mundo… Es la hostia. Tú eres la hostia . —Soy la hostia, sí, eres la hostia, soy la hostia. Méteme una hostia.
—Gracias —conseguí decir, o eso creo.
Mis pies me hicieron vagar por el campus, atravesé las canchas, el patio trasero, hasta estar de pie bajo el roble.
¿Qué hago, Gran Sabia ? No recibí ninguna indicación desde las alturas, ni siquiera la suave caída de una hoja, pero entonces la voz de Sue flotó en el aire: «Vas a seguir siendo la persona tan maravillosa que eres y no vas a dejar que te pisoteen».
No voy a dejar que me pisoteen. Le choqué los cinco al aire.
Y así fue como decidí asistir a la sesión de comentarios con el estómago vacío.
Cuando llegué al Atrium, sonaba música clásica, y el olor a incienso y a velas encendidas proyectaba una atmósfera sosegada y ambiental. Ciaran y Bill ya estaban allí, enfrascados en una conversación con Mark. Dearbhla y Patrick todavía no habían llegado. Exhalé. Los demás levantaron la vista.
—Anoche hiciste un trabajo precioso, Jessica. Inspirador —comentó Bill. Ugh, tú también no, Bill, quise contestar, pero de mi boca no salió nada.
—¿Qué tal está Jacques? —preguntó Mark, parecía preocupado de verdad.
—Fenomenal, solo ha pillado una gripe.
—Espero que tú estés en plena forma. —Me recorrió el cuerpo con la mirada y se fijó en mi pelo encrespado recogido en una coleta y en la cara lavada.
Justo entonces, entraron Patrick y Dearbhla; su lenguaje corporal sugería que la noche anterior habían sido obscenamente cercanos. Adiós a la solidaridad femenina.
La sesión de «apuntes» consistió en su mayoría en Mark dándonos la enhorabuena, con algún «cuidado con el marcaje en ese momento» esporádico a Ciaran o un «esa frase no la has dicho justo cuando tocaba» a Dearbhla. Se limitó a decirme: «Cautivadora».
No te dejes pisotear . Cuando intenté expresar cómo me sentía y decir que no había dado mi consentimiento para esa escena, los demás se apresuraron a decirme lo inspirador que fue aquel momento.
Lo definieron como electrizante. Un momento mágico espontáneo.
Patrick bajó la vista al suelo, tenía las puntas de las orejas como un tomate.
Quería decir que había sido premeditado, que fue una emboscada.
Pero el consenso de Bill y el resto del reparto fue que teníamos que subir la apuesta y dejar espacio a esos momentos de improvisación de puro impulso sin filtrar.
Mark intervino para negarse, creía que no sería una buena idea.
El resto de la obra era perfecta, tal y como la había imaginado.
La única escena donde esa clase de fluidez estaba permitida era la de Jessica y Patrick.
—Jessica, te paso el testigo para que hagas lo que te salga en ese momento.
Como si fuese a chupársela al tío o algo.
Esa noche, después de la función, Jacques volvió muy tarde a mi habitación.
Sentí un alivio tan grande que casi me engulló por completo.
Yo ya me había acostado y estaba haciendo mi práctica de respirar hondo.
Se sentó al borde del colchón con una expresión dolida y de angustia.
Su cuerpo era todo ángulos duros. No me tocó.
—No tenía ni idea de que eso iba a pasar —dije. Estaba llorando. Eran lágrimas de verdad.
—Si eso es cierto, entonces es espantoso —contestó, mirándome de soslayo—. Lo mires por donde lo mires, es espantoso, da igual si accediste o no.
—¡No, Jacques! —grité—. Lo que es realmente espantoso es que tu novia no supiese lo que iba a pasar, que la pillasen por sorpresa en el escenario y le hiciesen sentirse como una puta.
—En realidad, las actrices son putas venidas a más, ¿no? —Un dolor punzante me atravesó y me doblé. Tosió, exhaló en voz alta y susurró con voz ronca—: Lo siento, nena. Eso ha sido imperdonable, no sé qué me ha pasado.
Yo sí. Era el monstruo de ojos verdes. Una parte de mí se tranquilizó.
—Dime que al menos me crees, por favor.
—¿Mark no te avisó de que habría algo de improvisación?
—No.
—¿Qué piensas hacer entonces?
—Devolvérsela a ese cabrón en el escenario.
—Hazle daño —espetó.
—Sí.
Nuestra sed de venganza nos unió. Yo ya había comenzado mi campaña.
Aquella noche, durante toda la representación, aproveché cualquier oportunidad para pellizcarle los brazos y cualquier parte del torso que pude a Patrick.
Mis dedos eran tenazas con vida propia dejando huella.
En la última escena, en la que «nos acostábamos», le agarré el pelo y le arranqué un mechón con la mano.
Soltó un grito. También le di un mordisco en el cuello y fingí que lo estaba besando apasionadamente.
Todo era muy «sensual». Entonces, intentó bajarme el sujetador y yo me lo subí de golpe.
Luego trató de subírmelo más para así destaparme las tetas, pero yo me lo bajé, y así se repitió la pantomima tres veces más hasta que captó el mensaje: esta noche no iba a pasar.
Cuando me dio la vuelta para ponerme frente a él, estaba preparada, lo empujé con tanta fuerza que trastabilló.
Me senté a horcajadas sobre él en el suelo de cemento.
Recé para que los próximos días estuviese cubierto de moratones.
—Jessica tiene voluntad, Jessica es libre —le susurré delante de la cara. Eso es lo que había querido Mark desde el principio: esa espontaneidad, ese peligro, ese límite.
—Mi amor —le dije a Jacques al volver al presente con mi novio en mi habitación. Lo miré a los ojos con intensidad. Tienes unos ojos afables, como los de un labrador —. Sabes que te quiero a ti y solo a ti, y que nunca haría nada para hacerte daño.
—Siento no haber estado ahí para ti, Jessie… A veces me decepciono conmigo mismo. —Parecía destrozado.
—A mí nunca podrías decepcionarme —contesté, y extendí los brazos hacia él. Jacques se acercó y se acurrucó en mi pecho como un bebé. Lo mecí con intensidad.
—El corazón te va a toda velocidad —comentó.
Mark no iba a destruir esto. No se lo permitiría.
La obra siguió durante dos semanas interminables, cada noche una lucha por el control entre Patrick y yo.
Deberíamos haber aunado fuerzas para derrotar a nuestro enemigo común (el director déspota), hacer las paces y recobrar la confianza, pero me habían humillado tanto la noche del estreno que era incapaz de tratar con Patrick.
No podía mirarle directamente, ni fuera ni sobre el escenario; en vez de eso, clavaba la vista en la parte derecha de su nariz y, por consiguiente, se me nublaba la vista.
Sabía que eso le descolocaba y hacía que su actuación fuese menos segura, más errática.
Sin embargo, seguía ganando. Un crítico del periódico nacional asistió a la función y escribió que el tour de force de Mark Whitman tenía que trasladarse a un recinto profesional y que Patrick DeLoitte y Jessica McSwain eran estrellas en ciernes.
Su química era electrizante, pura, sincera. Auténtica.
No hubo más sesiones para recibir apuntes con Mark. Había desatado las hordas. Y ahora podía relajarse y observar cómo se desarrollaban los anárquicos frutos de su trastornante hechicería mental.