El juego de la verdad 39 #2
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La obra duraba una hora y quince minutos sin descansos.

Una innovación sexi de Mark Whitman. La tensión nunca decaía, los actores generaban sin descanso la energía que se les requería.

El lenguaje chisporroteaba. El fenómeno de ese tal Whitman parecía explosivo, inspirado, con un toque de magia y de elegancia.

Hasta que… hasta que… llegó la escena en la que Patrick y yo…

nos acostábamos… cuando él… se convirtió en otra criatura, en un demonio depravado.

Me susurró al oído: «Confía en mí, Mark y yo hemos hablado del tema», mientras me bajaba el sujetador…

para desvelar mis diminutas tetas a todo el público.

Después, empezó a manosearme el vientre desnudo y luego las caderas.

Me levantó hacia él, bajó la cabeza y me puso la lengua contra el ombligo.

Me quedé petrificada. No podía hablar, no podía hablar, no podía hablar.

Incluso aunque Patrick, ese demonio, me estaba indicando mis frases, fui incapaz de actuar.

Esa escena era el crescendo , el gran acto final antes de que se apagaran las luces.

Así que, puede que el quedarme muda encajase, aunque suponía un completo revés de la opinión que tenía sobre mi personaje, de cómo la había descrito Mark.

¿Cómo es posible que vencieran a la vengadora y la dejasen sin palabras en el último momento?

Pero entonces, recordé lo mucho que le gustaba a nuestro auteur darles la vuelta a las suposiciones, subvertir expectativas.

«Una actuación extraordinariamente auténtica y personificada de Jessica McSwain», afirmó la reseña de HUP! al día siguiente. Me redimí.

Los momentos que siguieron a mi destape ante el público, ante mis amigos, ante todo el puto mundo, o eso sentí yo, discurrieron despacio, como en unos dibujos animados.

Me sentía como una figurita de plástico a la que habían toqueteado y distorsionado para que tuviese la imagen que sus creadores masculinos querían.

Qué mona con esas tetitas. Qué actriz más prodigiosa y valiente por haberse atrevido.

Auténtica, poderosa y sin trabas. Jamás me había sentido tan poco poderosa.

Cuando me bajé del escenario, Linda y Jonathan estaban aplaudiendo con fuerza, pero Jacques parecía dolido.

No estaba dispuesta a pelear, era incapaz de consolarle, de tranquilizarle; yo misma estaba demasiado necesitada, así que le di la espalda.

Y entonces, como si la hubiese invocado (¿había manifestado yo esa debacle del escenario al ser demasiado provocativa en los ensayos?), vi a Sue de pie en una esquina de la sala, con timidez.

Fui corriendo hacia ella y me lancé en sus brazos.

Casi se cayó de lo mucho que le desconcertó esa demostración de afecto en público.

—Has estado increíble, Jess —dijo. E iba en serio. Nadie más se percató de mi vergüenza. Quizá solo Jacques, aunque no estaba sintiendo la mía, sino la suya.

Mark salió de entre bastidores y fue recibido con un caluroso aplauso, seguido por Patrick. Patrick era incapaz de mirarme. Al menos tuvo esa decencia. Pero Mark me clavó la vista y dijo:

—¿Ves? ¡Al final hemos conseguido dar con la magia!

Busqué a Jacques y lo vi dirigirse hacia la salida.

Fui corriendo detrás de él. Me soltó con frialdad que necesitaba tomar el aire y que yo tenía que hacerles caso a mis admiradores.

Dijo que ya me vería más tarde, o no, me pareció escucharlo mascullar.

Noté que Sue se colocaba a mi lado en silencio y estiraba la mano en busca de la mía.

Me la apretó con fuerza, no sé si para darme ánimos o para calmar la incomodidad que sentía ella.

—Cariño, esta es tu noche. Disfrútala… —Me guio de vuelta al centro de la sala—. Con tus admiradores y tus amigos, que te están esperando.

Estaba segura de que Mark había visto a Jacques irse, tanto como lo estaba de que había escuchado a Sue intentando consolarme. Esa sonrisita de satisfacción le tiraba de la comisura de los labios.

—¡Así que esta es la famosa Sue! —exclamó Mark con un tono condescendiente, cordial e irónico a la vez.

—Hola, Sue —saludó Linda, guardando las distancias. Por lo general, esas dos se habrían lanzado en brazos de la otra nada más verse.

—Hola, cielo —contestó Sue con timidez—. Estás guapísima.

—¿A que Jessie ha estado impresionante? —preguntó Linda.

—¡Y tanto!

—Hola, Sue. —Jonathan la saludó con amabilidad y le dio dos besos—. Me alegro de volver a verte.

—Yo también, yo también… —Vi cómo se esforzaba por recordar su nombre.

Estaba desesperada por ir a buscar a Jacques, aunque sentí un fuerte impulso de quedarme al lado de Sue porque me estaba dando la mano.

—Patrick ha estado inspirado ahí arriba —comentó Linda con timidez, o esa sensación me dio. ¿Ella también estaba al tanto de ese «giro»?

—Lo estaba viviendo —coincidió Jonathan—. Por cierto, ¿adónde ha ido?

—Está disfrutando de su momento, y con razón —respondió Mark, que señaló el otro lado de la sala con la cabeza.

Vi al traidor en un corrillo con el resto del reparto, su brazo descansaba en el hombro de Dearbhla y ella tenía la cara levantada hacia él.

Intenté comunicarles a Linda, Jonathan y Sue por ósmosis que estaba alterada, que me habían pillado por sorpresa, que me sentía sucia, utilizada, pero nadie pareció percatarse de mi angustia.

—No hay duda de que mañana se publicará una reseña de cinco estrellas unánime —dijo Linda, y besó a Mark. Luego, echó un vistazo a Sue—. Eh, Sue, este es Mark —comentó sin darle importancia.

—Sí, lo he supuesto. Encantada de conocerte, Mark —contestó con una sonrisa.

— Enchanté! —Mark le sostuvo la mano y le besó el dorso.

Después, se disculpó y se marchó para mezclarse con sus muchos admiradores.

Recibí palmadas en la espalda, exclamaciones de tipo: «Has estado estupenda», «Eres la caña», «Eres una estrella...

», «Guau, qué fuerte, ha sido increíble»…

Todas las palabras que me moría por escuchar, pero que ahora hicieron que me sintiese aún más como una marioneta.

—¿Quieres ir a buscar a Jacques, cielo? —me susurró Sue al oído.

Se me llenaron los ojos de lágrimas y Jonathan se dio cuenta, pero creyó que era porque en ese momento estaba abrumada.

—Te mereces una buena llorera —afirmó—. ¡Son lágrimas de felicidad!