El juego de la verdad 39
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E ra el primer día de la última semana de ensayos y Jacques y yo no estábamos bien.

Llevaba dándole la tabarra desde que lo había visto con Honor: «Pero ¿por qué?

¿De qué estabais hablando? Necesito que le pongas punto final pero ya ».

Y él contestó de manera, ay, superrazonable: «Solo estaba siendo educado, nos cruzamos por ahí.

Su tío acaba de morir. Estaba triste». «¿Su tío ?

Por favor, te está manipulando». No le hizo gracia.

Por más polvos que echásemos, daba igual.

Tiré de mis clásicos y le hice una mamada larga y con esmero.

En esos momentos, se abstraía, pero nunca estaba del todo presente.

Jonathan y yo apenas nos habíamos visto, excepto cuando nos saludábamos desde lejos en el edificio de artes.

Parecía distraído, aún más desaliñado: sin afeitar, con el pelo revuelto y las extremidades flácidas y desgarbadas, rodeado de sus nuevos amigos, era una persona mucho más guay que cuando nos conocimos.

Me dolió no haber sido la causante de esa transformación.

Linda y yo llevábamos sin hablar desde que me crucé con ella y con Honor cuando iban de camino a la fiesta de Spencer.

¿Qué había sido de la pobre y simple Mairin?

Ojalá Linda siguiese quedando con la ratoncita en vez de con la reina.

Me dije que, en cuanto la obra se estrenase, todo volvería a su cauce.

Entonces tendría más tiempo para estar con mis amigos.

No estaba dispuesta a admitir que la causa de este cisma no era solo mi falta de tiempo.

Había otras fuerzas en juego, una mano invisible.

—¿Qué ocurre? —pregunté a Jacques durante la cena, decidida a no sacar a madame Jalousie en la mesa.

—No sé de qué me hablas, Jessie. —Estaba ahí, pero a la vez no—. ¿Qué tal van los ensayos? —preguntó de forma distraída.

—Son una memez gigantesca —dije, aunque esta vez no iba en serio.

Los ensayos eran una pasada . Por fin había conocido a mis compañeros de reparto: Dearbhla (Portia), Ciaran (Bassanio), Bill (Shylock) y Patrick (Lorenzo), y todos eran impresionantes, unas estrellas de la cabeza a los pies.

Mark había acotado el reparto a los personajes esenciales y se había librado de cualquier «secundario».

Dijo que éramos el núcleo de la historia, que ahí era donde estaba el drama.

Además, todos teníamos la misma relevancia (aunque sabíamos que yo era la protagonista).

En esta versión de El mercader de Venecia , nuestros personajes se llaman igual que nosotros, o al revés.

«Ahora sois indiscernibles de vuestros papeles», su voz rezumaba una satisfacción autocomplaciente.

En la mesa de la cocina, Jacques sorbía los espaguetis enfurruñado.

Me reí de él, le llamé la atención por su falta de modales y después le dije que, aunque fuese un palurdo, yo lo quería igual.

—¿Qué tal está Patrick? —preguntó Jacques con la mandíbula apretada y sin ningún atisbo de sonrisa.

—Bien, es buen actor. Mark hizo un trabajazo con el reparto…

—Seguro que sí… —contestó tras limpiarse una mancha de tomate del labio superior.

—Va a ser increíble, lo presiento —dije; estaba claro que había metido la pata.

—Me alegro por ti —respondió antes de levantarse, tirar los restos de espagueti a la basura y dejarme en la mesa. Aspiré entre dientes para crear el sonido del viento silbando en mi interior. Otro más.

Patrick . Atractivo, estilo Byron, alto, de piernas y pestañas largas y ojos oscuros.

El amante de Jessica, el hombre con el que ella (yo) se fugaba para escapar de su padre, Shylock (Bill).

Era sensible, profundo, generoso, altruista, sensual.

Esas fueron todas las palabras que le atribuí en nuestra primera sesión con la técnica Meisner.

Él también utilizó la palabra «sensual» para describirme.

Eres sensual. Soy sensual. Eres sensual.

Soy sensual. Eres… soy… También dijo que parecía un hada, que era menuda, delicada, pese a no tener ningún tipo de magia.

Era una hechicera, una doncella poderosa. Para cuando acabó el día, estábamos falsamente enamorados.

¿Y nuestros guiones? Preguntamos todos aquel día a las 17. ¿No ha llegado el momento?

Mark nos los trajo de forma ceremoniosa junto con el póster. La vengadora . Con una foto mía con el conjunto de enfermera sexi mezclada con Juana de Arco. No sabía que me había sacado una foto con el traje puesto.

—Lo hiciste un poco a escondidas —contesté, y sentí un torrente cálido, aunque no supe si se debía a la vergüenza o a la emoción.

—Pero ha quedado bien, ¿a que sí? —preguntó.

—Es perfecto —coincidió Patrick.

Y tenía razón. Era. Perfecto.

Aquella tarde, me pasé la noche en vela hojeando el guion.

Era potente, fluido y estremecedor. Jessica era una adelantada a su tiempo: una adolescente vengadora que nació para acabar con el sistema patriarcal.

Estaba muy sexualizada, pero en sus propios términos.

Incluso amarla era un acto poderoso. El lenguaje tenía vida propia: presuntuoso y barriobajero.

La narrativa era igual de sorprendente: ¿quién era esta adolescente que reprendía a los hombres que estaban a su alrededor y que, cuando se enamoraba, no se permitía «caer rendida» ante nadie?

Mark dijo que esa era una faceta importante de su personalidad.

Patrick no la seducía ni la deslumbraba.

Lo dijo con un tono de desdén, como si las mujeres que se enamoran perdidamente fuesen patéticas.

Pensé en Linda y un escalofrío me recorrió el cuerpo.

Había una escena en la que Patrick y yo nos acostábamos (echábamos un polvo), en la que el guion sugería que Jessica tenía que estar en paños menores.

—¿Y Patrick, qué? —pregunté.

—Solo tú —contestó Mark—, pero no te preocupes, será de buen gusto. —No me preocupaba.

El tercer día de la cuarta semana ya estaba surgiendo la alquimia.

Fue raro ver lo bien que congeniamos, como si nos conociésemos de toda la vida.

También fue raro la facilidad con la que nos aprendimos nuestras frases.

Eran tan naturales y espontáneas que fue como si saliesen de nosotros.

Éramos una unidad simbiótica que desprendía energía cinética, cada uno nos íbamos dando nuestras entradas.

No me avergonzó desnudarme y quedarme en ropa interior.

Me sentía libre, poderosa. El reparto era respetuoso, generoso y amable.

Mark estaba efusivo. Yo brillaba con fuerza.

Al quinto día, todos estábamos que nos salíamos.

Solo quedaban dos días más de ensayos, y Dearbhla, Ciaran, Bill, Patrick y yo éramos como una familia.

Éramos los amores de los demás. Éramos amigos —o enemigos— en función de las necesidades del guion.

Mark tarareaba con entusiasmo y orgullo. Éramos sus creaciones.

Noche del estreno: el Atrium estaba a reventar.

El corazón me tamborileaba con tanta fuerza en el pecho que lo escuchaba en los oídos.

Nunca me habían dado tan poco tiempo para aprenderme mis intervenciones.

Eran tan nuevas que parecía como si mi boca las estuviese pronunciando por primera vez.

Jamás había tenido tantas expectativas, ni tampoco un miedo tan dulce.

Era LA obra del año. Mark Whitman ya se había convertido en un fenómeno y ni siquiera se había estrenado.

Los rumores volaban por todas partes. Que Jessica McSwain fuese la protagonista echó más leña al fuego.

¿Podría redimirse tras el fiasco de la última obra sobreactuada?

(Esos imbéciles no pillaban lo maravillosamente pirandelesca que había estado).

Patrick y yo estábamos dando saltos de la mano entre bastidores.

Te quiero, te quiero, te quiero, dijo metido en su personaje.

TE ADORO, contesté yo, actuando también.

Venga, vamos a sacudir el cuerpo entero, dijo él.

Menudos nervios. Sacudimos todo el cuerpo, saltamos, maldijimos, nos prometimos que nos cubriríamos las espaldas el uno al otro y así nada podría salir mal, nada podría salir mal, nada podría salir mal.

Las luces del auditorio se atenuaron, el público guardó silencio y Patrick me dio un empujoncito para que saliese a hacer mi monólogo de apertura. Estuve a punto de vomitar.

La obra empezó conmigo en ropa interior debajo de un foco (algo que, según Jacques, era innecesario), mientras miraba de forma melancólica por la ventana de la casa de mi padre, que daba justo a una pared.

Empecé recitando una frase original de Shakespeare: «Pero, aunque sea hija de su sangre, no lo soy de su espíritu», y después me metí de lleno en un monólogo «posmoderno», repleto de palabrotas como «que le jodan», sobre estar atrapada y sentir que me asfixiaba por culpa de la casa de mi padre, de su avaricia, de su amor aberrante, de su fe, de su santurronería de pega, de su control.

Mi acento iba deslizándose entre un fuerte inglés de la reina y un dublinés de clase trabajadora, pronunciaba las consonantes con cuidado o las omitía por completo.

La moderación no existía. Empezó a sonar una música contemporánea compuesta especialmente para la obra, un sonido como de dos gatos apareándose, y me puse a bailar, todavía en ropa interior: era un baile de libertad, valiente y expresionista.

Lo bordé. Deslumbré. Tenía al público comiendo de la palma de la mano.

¿Qué había dicho Sue cuando me vio hacer de la hijastra?

«Estuviste impresionante ahí arriba». Era verdad, podía sentir el poder que me transmitía.