El juego de la verdad 38
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L a primera mañana de la tercera semana de ensayos, Mark me miró fijamente.

—¿Estás un poco alicaída? —Parecía esperanzado—. En este punto del proceso es normal sentirse confundida, perdida.

Dijo que suponía que me sentía un poco perdida, ¿tenía razón?

Le dije que mi tutor de francés me había citado para una reunión más tarde y que eso no podía ser bueno.

Tenía que ensayar menos y centrarme más en los estudios.

Me miró como si fuese imbécil y tuve que esforzarme para no ponerme de rodillas y suplicarle, me avergoncé.

—Tienes que reclamar la visión que tienes sobre tu futuro, Jessica.

Si vas a ser actriz, y tienes posibilidades de ser una excepcional, entonces tienes que priorizar esto.

Pero si quieres ser profesora de francés…

—soltó en un tono desdeñoso—, entonces, adelante, céntrate en eso.

—¿No podía ser una catedrática, o una académica?

¿Por qué tenía que ser profesora ? Me metí un mechón de pelo en la boca y lo chupé—.

Aunque es poco probable que ese acabe siendo tu camino, Jessica.

—Estuve a punto de hacerle una reverencia—.

Solo quedan dos semanas para la noche más importante de tu vida, que sin duda catapultará tu carrera al estrellato.

Me sacó el mechón de la boca, un gesto muy íntimo y nada desagradable.

Después, se puso a decir que tenía un mes entero después de la obra para volver a centrarme en los estudios, parecía razonable.

Y luego otros tres años en los que él ya no estaría en la universidad (con esas palabras sugirió que iba a echarlo mucho de menos).

Para entonces, él ya sería un guionista/director profesional de teatro.

Mark Whitman, labrándose un nombre por sí mismo.

Al decirlo, sonó como si estuviese en trance.

—¿Qué pretendes hacer con Linda? —pregunté.

—¿Has olvidado nuestras reglas básicas para la sala de ensayo? —Me quedé mirándolo para que picase el anzuelo—. Es nuestro espacio sagrado. Aquí solo podemos entrar tú, yo y la Jessica que está naciendo.

—¿Cuándo voy a conocer al resto de compañeros?

—La semana que viene.

—No hay suficiente tiempo.

—Confía. En. Mí —contestó.

—¿Quién es Patrick? —Mark esbozó una sonrisa misteriosa—. ¿Por qué se lo mencionaste a mi novio?

—Para plantar las semillas. Si Jacques cree que tenéis química, entonces tú también lo creerás…

Una gilipollez desconcertante para la que no encontraba una réplica sarcástica, ni de ningún otro tipo.

Me pasó un guion que contenía solo mis intervenciones.

—¿Y cómo me lo voy a aprender si no sé cuándo entro? ¿Cómo voy a saber cuándo está interviniendo otra persona?

—Para cuando os conozcáis, estaréis tan metidos en vuestros personajes que sabréis por instinto cuándo hablar y cuándo escuchar…

—Menuda ridiculez —bufé.

—En realidad, he cambiado de opinión. —De pronto, me arrancó el guion de las manos—. Hoy girará en torno a la escucha activa… Por ahora, quédate en silencio y limítate a reaccionar a lo que te diga.

Encendió las luces, que me sobresaltaron y me expusieron.

Asentí. Iba a ser cruel. Y quería que lo fuese.

Empezó a meterse con mis inseguridades, la percepción que tenía sobre mí misma, mi «identidad» que había que desmantelar, ¿vale?

Yo asentí, menospreciada, aturdida y cachonda.

Me dije que estaba actuando. Me pidió que pensase en un gesto que hiciese cuando estaba insegura.

Me quedé en blanco. Hizo como si se arrancase los pelos de la nuca. Vaya, o sea que se había fijado.

—¿Quieres otro? —preguntó— Insegura. —Hizo como si estuviese chupando un mechón de pelo largo—.

Rechazada. —Me señaló la garganta. ¿Me iba a tocar esa zona?

Se limitó a observarme desde las distancias y me alentó a que me lo apretase—.

¿Está irritado? —Asentí—. Bien, bien… Y ahora, tristeza.

—Apreté las manos en un puño, levanté la vista al techo y tragué saliva—.

Maravilloso, maravilloso. Las mejores actrices no…

Reacciona a las siguientes palabras en cuanto las diga, no pienses, actúa por impulso.

Materialízalas. Encárnalas : repudiada, herida, sola, rechazada, abandonada.

Fui gesticulando las acciones: me arranqué el pelo, me pellizqué, me mordí la mano, me mordí los labios con tanta fuerza que empezaron a sangrar, me apreté el cuello hasta estar a punto de estrangularme. Le gustaron mis ganas de hacerme daño. Le gustó hasta dónde estaba dispuesta a llegar.

—Auténtica, desinhibida, sin límites. —Mi cuerpo era incapaz de distinguir entre representar esas emociones y empezar a sentirlas—. Ahora, cambiemos de tercio: empoderamiento, elección, ver la verdad, abandonar, libertad, vida nueva.

Lo di todo. Me besé y me abracé, bailé con libertad y alegría, fui zigzagueando por la sala con los brazos abiertos, di saltos, me puse a la pata coja, anduve a paso ligero y fingí que estaba bailando con un hula hoop como una cría de cinco años.

Para cuando terminó la tarde, estaba tumbada en el suelo como una estrella de mar, despatarrada para representar esa «vida nueva».

Mark estaba encantado, sobre todo cuando fui corriendo al palco superior, me subí al borde y estiré los brazos todo lo que pude mientras me gritaba: «¡LIBERTAD! ». Estuve a punto de saltar.

La reunión con mi tutor de francés estaba programada para las 17:30, justo después del ensayo.

Entré a su oficina en una nube, fue como si mi cuerpo estuviese volando.

Estaba colocada de indiferencia. Monsieur Tortue, un hombre en la cuarentena que fumaba como un carretero y vestía polos, me preguntó si estaba bien.

¿Hay algún problema del que debería informarle? Lo pregunto con delicadeza, pero, ejem.

—Han puesto a la facultad sobre aviso de la última droga de moda que ha llegado al campus.

—Le dio una calada al cigarro y miró por la ventana con el rostro grisáceo vuelto hacia la lluvia que de camino ni me había percatado que estaba cayendo.

Me pregunté si me había pillado. Nombró las drogas.

Eran de clase A: éxtasis y LSD. Una combinación peligrosa.

Me dijo que sentía decírmelo, pero que no parecía yo misma—.

Últimamente, en los seminarios pareces despreocupada, distraída, como si estuvieras en «otra parte».

—Sopló el humo. Parecía que le daba palo contármelo—. Estás calada —comentó, de pronto.

—Estoy bien —respondí—. Gracias por preocuparse.

Me empezó a picar la garganta por el humo y se me llenaron los ojos de lágrimas por culpa del fluorescente parpadeante.

Qué sala tan decepcionante: me había imaginado que como mínimo habría un sillón de cuero, luz tenue y unas estanterías tambaleantes de madera a reventar.

Pero en vez de eso, el despacho era una caja de plástico cutre y moderna, como la casa donde crecí.

No tenía ni estilo ni alma ni una pizca de francés.

Intentó indicarme con tacto que, en fin, si no me centraba, corría el riesgo de perder la ayuda. Me miró para ver si reaccionaba, y cuando me vio esbozar una sonrisita de suficiencia y permanecer completamente impasible ante sus palabras, pareció ponerse hecho una furia con razón:

—Es una oportunidad muy reñida —espetó, y el deje gaélico se intensificó—.

Muchas personas estarían muy agradecidas de que se les concediese y a otras también les vendría bien la ayuda financiera.

—Volvió a mirarme en busca de una reacción, y, de nuevo, fracasé en darle una que le satisficiese.

Estaba pensando en lo eufórica que me sentí al subir corriendo las escaleras de caracol del Atrium y en cómo el mundo dio vueltas cuando lo miré desde arriba, en cómo estuvieron a punto de salirme alas—.

Esto no es la administración púúúúública.

—Estaba furioso por mi falta de humildad, de gratitud.

Me mordí el interior del carrillo y eché mano de mi superpoder de actuación para fingir remordimiento.

—Lo siento, monsieur Tortue. A partir de ahora, haré las cosas lo mejor que pueda.

No me estoy drogando (aunque tenía unas ganas impresionantes de que así fuera) —dije con una voz que rezumaba sinceridad.

Forcé las lágrimas y le dije que mi perrita, mi mascota de la infancia, en verdad, mi hermana , puesto que yo era hija única, acababa de fallecer y que estaba de duelo.

Me dijo que lo sentía, pero que él y otros miembros de la facultad se habían percatado de que ya llevaba tiempo sin centrarme del todo en los estudios—.

Eso es porque Wendy lleva ya un tiempo agonizando.

—Dejé caer unas lágrimas. Me permití ser mala actriz.

De todos modos, él tampoco se lo estaba tragando.

—Me acompañó hasta la puerta y me dijo que le gustaría volver a verme en un par de semanas—.

Actúo en una obra —contesté mientras me secaba las lágrimas—.

Se estrenará la noche del uno de abril. Venga si puede.

Será increíble… —Estaba convencida de que si él veía lo deslumbrante que estaba ahí arriba, eso compensaría con creces el trabajo tan chapucero que había estado haciendo últimamente.

—¿Cómo se llama? —preguntó.

—Todavía no tiene título. Es una adaptación de El mercader de Venecia de un tío llamado Mark Whitman. No hay que perderlo de vista —afirmé de una forma extrañamente orgullosa y posesiva—. Soy el personaje principal.

—Jessica, permíteme recordarte que tú no estudias Arte Dramático —dijo, explotando mi burbuja—. Buena suerte con la obra, pero recuerda por qué estás aquí.

Cerró la puerta con educación pero con firmeza detrás de mí.

Me moría de ganas por contarle a Jacques la advertencia fatalista de monsieur Tortue sobre que mi beca no era cosa de la administración púúúúública y me lo imaginé partiéndose de risa.

Jacques . Fue como si lo hubiese invocado con pensar en él.

Era impresionante como cada vez sucedía más a menudo.

Mi imaginación hacía que la realidad se materializara.

El límite estaba empezando a desdibujarse; según Mark, de eso iba todo.

Lo imaginario se fusionaba con la realidad, que se fusionaba con lo imaginario, que se fusionaba con…

Pero ¿qué cojones estaba pasando? Era evidente que no era algo que yo hubiese querido que se materializase, aunque puede que mis miedos fuesen los culpables de esta situación.

Ahí estaba él, mi alma gemela, mía , enfrascado en una conversación con la duquesa mientras se tomaban un café.

VALE, estábamos a plena luz del día y solo estaban hablando.

Pero ¿por qué? ¿Y sobre qué? ¿Cómo se las había apañado la tía para conseguir pasar tiempo a solas con él?

Los observé desde lejos y no me vi capaz de no soltar algo muy inapropiado.

La Jalousie me acechaba, se mofaba de mí.

Con un esfuerzo sobrehumano, logré aunar la voluntad suficiente para marcharme.

Se me cayeron el alma y el corazón a los pies y sentí como si fuese a tropezarme con ellos.

«Eres como un yoyó —solía decir Sue mientras imitaba de forma exagerada el movimiento de sube y baja necesario para manipular el juguete—, tienes que aprender a controlar mejor tus cambios de humor».

¿Y mi respuesta? Por lo general, cualquier variante de que se fuese a tomar viento.

Vete a la mierda, Honor Cave-Tempest-Stuart. Vete a la putísima mierda.