37
L a primera semana de ensayos fue relativamente suave, me imaginé que estaba diseñada para hacerme sentir segura: un par de sesiones de la técnica Meisner a la luz de las velas, la mayoría involucraban a Mark comentando mis particularidades físicas.
Al parecer, era para acabar con cualquier vínculo con mi ego.
Tuve que repetir comentarios sobre mi aspecto una y otra vez hasta que dejaron de tener sentido.
Tienes una nariz tan diminuta. Tengo una nariz tan diminuta.
Tienes una nariz tan diminuta. Tengo una nariz tan diminuta.
Tienes una… ¿qué significaba «diminuta»?
¿Y «nariz»? Tu labio superior es demasiado fino…
fiiiiiiiino… Tienes los lóbulos de las orejas caídos…
¿caídos? ¿Lóbulos? Carnosos, pesados. Tienes unos lóbulos…
Tengo unos lóbulos carnosos y pesados. Eso no es lo que he dicho, Jessica.
Bueno, pero es lo que querías decir. No.
Repite exactamente lo que yo diga. Tengo los lóbulos caídos.
Me dio un ataque de risa. ¿Qué significa eso?
Caídos. Él me ignoró. Tienes la piel sonrosada.
Tengo la piel sonrosada. Tienes la piel sonrosada.
Sonrosada. Uf, qué mezquino era. Tus ojos son dos pozos profundos de dolor.
Mis ojos son dos pozos profundos de dolor.
Tus ojos son azul medianoche. Mis ojos son… Tus ojos son fascinantes. Mis ojos son…
No iba a haber chuches. Y se acabaron los tocamientos. Y nada de indirectas o miradas intensas. En la sala de ensayo, era un profesional de la cabeza a los pies, mantuvo las distancias, lo que, por confuso que fuera, despertó un anhelo en mi interior.
El último día de la primera semana de ensayos, el embustero de Mark me dijo con un brillo en aquellos ojos fríos, claros y azulísimos que el estreno sería el uno de abril. Me sentía mareada, nerviosa, estaba anticipando la broma inevitable, el Día de los Inocentes, ¿a costa de quién?
Al principio de la segunda semana, me dijo que «subiría las cosas al siguiente nivel».
Por fin. Vino con un traje. Un extraño conjunto de enfermera sexi mezclada con Juana de Arco.
Llevaba un escudo, un arco y una flecha de juguete y un disfraz cortísimo de enfermera con unas botas gruesas y toscas.
—Quiero que sientas su fuerza, su sexualidad y su naturaleza bondadosa.
—Menudo popurrí —contesté.
—Bien, centrémonos en eso —dijo tras encender los focos.
—En la paradoja —respondí, pestañeando.
—Eso es —indicó él sin rastro de ironía.
Iba con todo, era adicta a que me prestase toda su atención.
—Me gustaría empezar a aprenderme mis intervenciones —comenté—, ¿me dejas ver el guion?
—Está en proceso.
Según él, aún estaba en proceso de desarrollar «un lenguaje nuevo y experimental a caballo entre la fraseología shakespeariana y los modismos de la clase obrera de Dublín».
Ah, o sea que a eso se debía su acento cambiante.
—¿Quieres que también tenga un deje estadounidense?
— ¿Deje? —repitió, imitándome.
—¿Cómo quieres que suene? —No conseguía imaginármelo ni pronunciarlo.
— ¿Que suenes? —preguntó como si fuese imbécil—. Lo que importa es lo que quiero que sientas .
—¿Eh?
—Encuentra esa ira que sientes hacia tu padre y canalízala. El acento te saldrá solo con el tiempo.
—¿Y qué hay de los demás?
—¿Qué pasa con ellos?
—¿No quieres que todos tengamos el mismo acento?
Soltó un suspiro, uno que indicaba a todas luces un «cómo-me-decepcionas» al mismo tiempo que se subía las gafas a la cabeza.
—No sabía que eras de las que se lo tomaban todo al pie de la letra . —Me quedé en silencio, aunque estaba intrigada. Habló más para sí mismo que para mí—. Todavía hay tiempo para un avance…
—Tengo una idea —dije con una sonrisa deslumbrante—. ¿Por qué no recurrimos a esas chuches para que nos echen una mano?
—En la sala de ensayo no uso sustancias que alteren la mente —sentenció.
—¿Y eso por qué…? Estoy segura de que así me desinhibiría del todo.
—Necesito que tu mente consciente esté atenta, Jessica. Hablando del tema. Quiero que me mires, que me mires de verdad y me digas lo que ves.
Veo a un superior, un manipulador mental, un captor, un maestro controlador y sexi de ojos azul eléctrico que me atraviesan…
—Veo unos ojos azules.
—Puedes hacerlo mejor —contestó.
—Veo unos pómulos muy marcados…
Eso le gustó. Ves unos pómulos muy marcados. Sí, veo unos pómulos muy marcados. Ves unos pómulos muy marcados. Veo unos pómulos muy marcados. Pómulos, marcados. Me emociona mucho, muchísimo .
—¿Qué imagen te evocan?
—La de Beckett o la de Edgar Allan Poe —respondí.
Eso le gustó aún más.
El tercer día de la segunda semana, me animó a «dar rienda suelta a la rabia».
Se sacó el Walkman y lo enchufó a unos altavoces portátiles, después, puso un CD de un grupo de heavy metal ruidoso y atonal que yo no conocía.
Se me vinieron a la cabeza imágenes de unos hombres gordos y sudorosos arrancándoles la cabeza a unos murciélagos diminutos y comiéndoselas. Asqueroso y perturbador.
Apagó todas las luces, sopló las velas y me dio un trozo de papel. Tu padre. Escríbelo todo. Subió aún más el volumen, me pasó un bate de béisbol y señaló un cojín.
—Ni de coña.
—No es solo por tu personaje, también es por ti. Es una limpieza necesaria. Tenemos que liberarte de las ataduras psíquicas que tienes hacia ese hombre.
—La última vez que lo vi tenía seis años, dudo que pueda estar más desconectada.
—Que no lo veas no significa que te libraras de él.
—¿Puedes apagar ese ruido?
—¿Por qué?
—Lo odio.
—Mejor. —Y subió aún más el volumen—. Ese mamonazo —dijo—. El dolor que os causó a ti y a tu madrastra, el egoísmo, el abandono… suéltalo todo…
Algo me poseyó y se sobrepuso a cualquier sentimiento de vergüenza.
Tenía el bate en las manos y, como si hubiese cobrado vida propia, o como si mi mano lo estuviese guiando, empezó a moler a palos al cojín.
La oscuridad ayudó. La «música» ayudó. Me reí, lloré, chillé y solté una cantidad ingente de insultos. Estaba poseída y eufórica.
—Bien hecho —indicó su voz incorpórea—. Excelente… buena chica, Jessica. Mi Jessica . Estás más cerca de convertirte en ella…
La ira estalló. Una fuerza primaria que, una vez se accedía a ella, podría no tener fin. Golpeé y golpeé hasta que acabé tumbada en el suelo y me empezaron a salir moratones en los dedos, agotada. Buena chica.
—Has desterrado al fantasma del cabrón de tu padre —anunció, parecía demasiado contento.
A decir verdad, la rabia que sentía parecía ir mucho más allá de lo personal. Flotaba libremente por el éter. Era mía, pero a la vez no.
El viernes por la tarde, al final de la segunda semana, estaba deambulando por los terrenos de la universidad, aterradoramente sensible y temperamental, cuando divisé a Honor y a Linda sentadas en nuestro banco.
Fui con decisión hacia ellas, pero no tardé en arrepentirme.
Las dos estaban radiantes, compartían una botella de vino a morro.
Hasta yo podía ver el «cordón umbilical dorado de amor» que fluía entre esos dos bellezones.
—Hola —saludé a Linda, que llevaba su vestido de April Wheeler con una chaqueta vaquera desgastada encima y unas Converse con estampado de leopardo nuevas. Qué pasada. Levantó la cabeza y soltó una risita aguda y coqueta. ¿Qué tenía para hacerle soltar esos sonidos?—. ¿Puedo unirme?
—Perdona, está terminantemente prohibido darte cualquier tipo de sustancia hasta que acabe la obra.
—Buuu —contestó Honor mientras cruzaba y descruzaba esas piernas tan largas y bonitas, enfundadas en unas medias negras brillantes casi transparentes, por debajo de una minifalda de ante muy parecida a la mía. ¿Quién estaba copiando a quién?
—¿No puedo tomar un poco de vino? —pregunté de forma petulante.
—Ah, ¿te refieres al alcohol? —contestó Linda—. Creo que eso sí que está permitido. —Lo dudaba. Me pasó la botella y di un buen trago.
—¿Qué tal si nos dejas un poco? —espetó Honor. Cerda maleducada.
—Igual voy a comprar una y vuelvo. —Le devolví la botella a Linda.
—No te preocupes, nos iremos a una fiesta en breves —indicó Honor.
Se hizo el silencio. Era evidente que yo no estaba invitada.
—Ah, ¿sí? ¿Dónde es? —Intenté desesperadamente que pareciera que me daba igual.
—En el castillo del hermano de Honor, en Wicklow —respondió Linda. ¿Es que había olvidado quién era y de dónde venía del todo?
—¿Y cómo vais a llegar?
—Spencer conduce —contestó Honor.
No tenía ni pajolera idea de quién era Spencer, pero, por la forma en la que pronunció su nombre, parecía como si tuviera que saberlo.
—Guay, guay… —contesté.
—¿Tú no tienes planes para después? —preguntó Linda.
—He quedado con Jacques para cenar.
—Ah —respondió Honor—. Salúdale de mi parte. —Y una mierda—. Si le apetece venir a la fiesta, dile que está invitado. Tú también, claro.
Claro.
—Gracias, no os preocupéis. Vamos a pasar la noche acurrucados, solitos nous deux .
—Lo que tú digas… —Honor sonrió despacio y se levantó—. Mira quién ha venido. ¡El encantador Philip! —Hizo un buen espectáculo al darle dos besos en las mejillas.
—Estás más guapa que nunca, si cabe —afirmó él, y dio un paso atrás para admirarla—. ¿Cómo es posible? —Levantó la botella de vino del banco y le dio un buen trago—. Vamos, Spencer nos está esperando. Vamos a recoger a Jonathan de camino.
¿Mi Jonathan?
Phil pareció percatarse de mi presencia.
—Anda, hola, tú eres amiga de Jonny, ¿verdad?
Jonny. Puse una sonrisa tensa.
—Así es.
—¿Cómo decías que te llamabas? —preguntó. Entonces, ¿Jonathan no me había mencionado?
—Jessica —contesté con un mohín.
Mark llegó justo entonces. Fue hacia Linda y la besó de forma teatral en los labios.
—Suficiente alcohol para ti, mi amor. —Ella asintió—. Espero que no le hayas dado a Jess ninguna sustancia.
—No, he seguido las órdenes del maestro —contestó.
— Mi Jessica —dijo. Le encantaba colonizar mi nombre. Me reí—. ¿Ha pasado algo gracioso?
—Qué va —respondí.
—Nos vemos el lunes a las 8. La semana que viene se madruga. —Los demás ya se habían levantado para entonces y estaban alejándose—. ¿Sabes? Deberías cuidarte mientras dure este proceso. Va a ser intenso. No bebas, duerme bien y come bien.
—¡Sí, señor! —exclamé a la vez que le hacía un saludo.
Me atravesó con la mirada, casi se me salió el corazón, y después siguió a los demás.
—¡¿Lindy?! —le grité a mi amiga, estaba destrozada por que se fuese.
Vino corriendo hacia mí y me rodeó en un abrazo aplastante.
—No te preocupes, corazón. ¡Siempre serás mi número uno! Te quiero, te quiero, te quiero…
—¡Lind-ah! —la llamó Mark.
—Hasta luego, Lucas —se despidió. Me miró con los ojos llenos de lágrimas, unos ojos verde esmeralda preciosos y resplandecientes.
—Adiós —contesté cuando se alejó corriendo.
Me sentí como una cría triste.
—¿Cómo van los ensayos? —preguntó Jacques esa noche después de que nos terminásemos la pasta puttanesca picante, uno de mis platos favoritos.
Llevaba toda la tarde distante, a pesar de haberme sentado en su regazo y haberle restregado el culo, algo que por lo general solía volverlo loco de deseo. Esta vez, se limitó a revolverse en el asiento con una expresión incómoda.
—Son una memez —respondí.
—¿Qué tal está Patrick? —preguntó en voz baja y entrecortada.
—¿Qué Patrick?
—Tu coprotagonista.
—Todavía no lo he conocido.
—Tampoco hace falta que me mientas, Jessica. Mark me contó que erais la bomba.
—Y puede que acabemos siéndolo, pero te repito que todavía no nos hemos conocido.
Jacques me miró con una expresión que hasta entonces jamás había visto en su rostro, por lo general cargado de adoración: sospecha, desconfianza y algo más, algo más frío. Indiferencia.
—¿Cielo?
—¿Hm? —contestó a la vez que se daba la vuelta y se iba al fregadero para lavar los platos. Lo seguí y lo abracé con fuerza por detrás.
— You are my sunshine, my only sunshine… , you make me happppyyyy, beee, beee, beee, beee… —canturreé y le zumbé al oído.
Le encantaba que le cantase canciones moñas, pero esta vez se quedó petrificado y dijo:
—Venga, Jessica, se está haciendo tarde…
— I love you and only you… —Lo estreché con más fuerza.
—A veces eres demasiado teatrera —soltó tras girarse hacia mí. Me quedé estupefacta y sin palabras—. Creo que debería ir a ver a Louis.
—Te acompaño —respondí.
—Tranqui —dijo—. No tardo.
Volví sola a mi cuarto, abrí la ventana diminuta y me puse debajo para que la lluvia me mojase y calase la almohada.
¿Quieres rabia? Pues entonces eso tendrás, maestro.