El juego de la verdad 36
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C uando llegué al Atrium, un espacio subterráneo parecido a una cueva, vi que solo estaba iluminado por la característica luz de las velas de Mark, que arrojaban unas sombras juguetonas por las paredes.

En cuanto se me acostumbraron los ojos a la penumbra, vislumbré el contorno de sus manos gesticulando con teatralidad, como si estuviesen dirigiendo los movimientos de las llamas.

Al levantar la vista, me di cuenta de que había palcos a varias alturas, que iban subiendo en círculos desde la planta baja en la que nos encontrábamos. Qué mareo.

—Es perfecto —dije—. ¿Por qué nadie representa obras aquí?

—Es por alguna memez sobre el seguro —contestó—. Pero ya los convenceré. Planeo ser el primero.

—El mundo es un escenario. —No me podía creer que hubiese dicho eso. Mark gruñó.

Pulsó un interruptor y la sala se inundó de una luz cegadora artificial, sentí como si fuese un ataque.

Llevaba el uniforme habitual: el pantalón de pana, la parka, las botas de vaquero y las gafas de montura fina y circular.

Yo me había puesto algo cómodo e informal, unos vaqueros elásticos (pero ceñidos) que me marcaban el «culo» a la perfección, una sudadera grande de Jacques, que me hacía parecer «diminuta y adorable» (según él) y mis Converse moradas con cordones rosas, que Sue habría aprobado con entusiasmo. Mona pero atrevida.

—¿Te lo pasaste bien en tu cumpleaños?

—Muchísimo —contestó.

—¿Qué tal está Linda…? —Hice una pausa dramática—. Parecía bastante ida.

—Lo que pasa ahí fuera se queda ahí fuera —respondió—. Y lo que pasa aquí dentro se queda aquí dentro. —Sentí un delicioso escalofrío de miedo y excitación—. No quiero que el mundo real contamine nuestro espacio de ensayo. Es un espacio sagrado.

—Sí, Padre. Perdóneme, Padre —dije mientras me santiguaba. No pude evitarlo. Quería seguirle el juego.

—Cinco Ave Marías —entonó—. Arrodíllate, venga. —Se había pasado. Me reí y lo ignoré—. No estoy de coña —insistió.

—Me da igual —contesté, sacando mi mejor voz de adolescente.

—De verdad, Jessica. Si quieres acceder a la diosa de la actuación que llevas dentro, a tu superpoder sensorial, tienes que ceder el control y dejarme guiarte. —Imagino que resoplé—. Va en serio —continuó mientras volvía a colocarse las gafas en el puente de la nariz.

Absurdo farsante. Y, aun así… Eché un vistazo a mi alrededor.

—¿Y los demás?

—¿A quién te refieres?

—¿Al resto de actores? No es un monólogo, ¿no?

—No, pero necesito ensayar con cada actor por separado. —Se quitó las gafas, les dio vueltas con la mano y me desconcentró.

—¿Y cómo funciona? ¿No necesitas que ensayemos con los demás para que generemos química?

Se agachó para mirarme más de cerca. Por un segundo, estaba ciega, aturdida.

—Si puedo manteneros alejados todo lo posible, se mantendrá la novedad. Cuando llegue la última semana de ensayos, os juntaré y entonces se producirá la alquimia…

—¿Y mientras tanto? —Me quedé sin aliento.

—Tiempo a solas conmigo.

Noté cómo se me endurecían los pezones y se me sonrojaban las mejillas. Tragué saliva, planté los pies en el suelo y respiré.

—Entonces, ¿cuántos actores participan en la obra?

—Jessica, relaja ese cerebro y déjate llevar. Sé lo que me hago.

Volvió a ponerse las gafas y las lentes opacaron la intensidad de su mirada desnuda, lo que me produjo tanto alivio como ansias por volver a verla. Se me vinieron a la mente imágenes de aquel momento en su cocina: sabía perfectamente lo que estaba haciendo.

—¿Alguna vez has dirigido otra obra?

—Quería esperar a que llegase el momento, cuando estuviese perfecto: el guion, el proceso, el sitio, el reparto —contestó mientras negaba con la cabeza de forma impaciente.

El proceso . Su acento era completamente suyo, una extraña mezcla del Dublín de antaño con el de una estrella de cine estadounidense de la vieja escuela, una fusión entre James Joyce y Humphrey Bogart, educado y, ay, qué varonil.

—Entonces, ¿cómo estás tan seguro?

—Simplemente. Lo. Estoy. —En aquel momento, le creí.

Esta obra sería IMPRESIONANTE. Tenía una corazonada—.

Pasemos a tu papel: Jessica. Hija de un padre egoísta y narcisista.

Tiene voluntad propia, es terca, disruptiva, poderosa.

Lo harás genial. —Tenía razón, iba a hacerlo genial—.

Ahora, hablemos de tu padre. Cuéntame qué recuerdas sobre él…

Tres horas más tarde ya me lo había sonsacado todo, estaba agotada, eufórica, famélica, con el ánimo por las nubes y por los suelos, de los nervios.

Eso es, sácalo todo . El «proceso» de Mark estaba pensado para despojar al actor de toda clase de ego, de cualquier «historia» con la que estuviese cargando, para convertirlo en un recipiente puro y que así pudiese encarnar a su personaje por completo.

Dijo que quería que me convirtiese en un canal, que su Jessica me poseyese .

Que fuese cruda, auténtica, una personificación.

Que me deshiciese de la tendencia a «sobreactuar».

Que viviese el momento y reaccionase con sinceridad.

Que escuchase y respondiese…

Era muchísimo.

Necesitaba respirar, así que decidí ir a por un sándwich y una Coca-Cola al puesto de café y luego salir fuera a sentarme en un banco.

El mundo parecía distinto. La luz era más intensa, a pesar del cielo gris y bajo, como en cualquier otro día de marzo.

Los sonidos eran más definidos, altos, estereofónicos.

Sentí como si llevase la piel puesta del revés.

—Hola, Jessie —me saludó Jonathan desde el patio interior. Le devolví el saludo mientras él atravesaba a zancadas el césped recién cortado con un cartel que rezaba: «Se ruega no pisar la hierba».

—Rebelde —dije. Parecía no estar muy seguro de a qué me refería, si a lo de la otra noche o a esta pequeña transgresión.

Se sentó a mi lado, me estrujó la cintura y me hizo cosquillas. Le aparté la mano de un bofetón. Me recordó a las incansables gracietas de mi padre, cuando no paraba de pincharme, lo que desataba una risita incontrolable que me dejaba sin palabras y con lágrimas en los ojos.

—No te hace gracia, ¿eh? —preguntó.

—Nope —contesté, no me gustaba sentir impotencia. Sonrió impasible. Casi parecía alegre de lo imperturbable que estaba.

—¿Y bien? —espeté cuando me recompuse lo suficiente.

—¿Y bieeeeeen? —repitió, degustando la palabra, alargando las vocales de forma distraída.

—¿Qué pasó la otra noche?

—¿Te acuerdas de cuando dijiste: «A veces es mejor no hablar de ciertas cosas», la mañana después de tu primera noche con Jacques…?

—En realidad, fuiste tú quien lo dijo.

—Vale… —Me miró y se rio—. Pero recuerdo que sí que comentaste que era algo sagrado y secreto.

—Vaya, ¿tan bueno fue? —Una energía emanó de él—. ¿Y no te entró el bajón después? —Me intrigaba que la droga siguiese dejándole secuelas positivas.

—Por extraño que parezca, no. Desde entonces me encuentro genial.

Tenía un aspecto increíble. Parecía brillar y vibrar en una frecuencia más alta, espiritual, sexual, psicosexual, de drogas, ¿o…

? Jonathan había adquirido cohesión y parecía estar cómodo consigo mismo.

Su conjunto de deporte estaba un pelín desaliñado: llevaba el suéter de cachemir atado en la parte baja de la cintura en vez de bien colocado sobre los hombros.

—¿Te imaginas si mi padre lo descubriese? Me mataría —comentó con entusiasmo—. En realidad, puede que acabase con mi madre. Diría que es todo culpa suya por ser tan sensiblera conmigo.

—No tienes que contarles nada, es tu vida. Vívela como mejor te parezca —dije. Por supuesto.

—¡Eso es! —exclamó—. Que le den a las reglas de mi padre.

—Entonces, ¿has hecho las paces con Mark? —pregunté al percatarme de que todo esto era obra suya.

—Sigue siendo un rarito controlador…, pero monta buenas fiestas y tío, menudas drogas…

—¿Crees que Linda está bien con él?

—No lo sé, tenemos que vigilarla. No es la de siempre.

—Cuando está con él, es como un camaleón —afirmé.

—Una cambiaformas, como tú —respondió él.

No estaba segura de cómo tomármelo. Lo observé y vi su nuevo carácter libertino.

—¿Y eso en qué te convierte a ti, en un niño robado?

—Camaleones, cambiaformas, niños robados… ¡un soplo sobrenatural! —dijo con satisfacción, aunque no se equivocaba.

—Nunca te había visto así —solté.

—Supongo que, por primera vez en mi vida, soy yo. Soy libre —dijo.

Empezó a vibrarme el cuerpo. Eran justo esas palabas. Mis palabras. Las palabras de Mark.

—Bueno, ¿vas a contarme algo sobre Phil?

—Creo que me gusta —contestó, avergonzado. Sentí un fuerte deseo de protegerle.

—No te lances al primero que pase —afirmé, se me escapó la advertencia de Sue.

—¡Mira quién fue a hablar! —exclamó con diversión.

Di un trago a la lata de Coca-Cola, Jonathan me la quitó y se la terminó.

—Demasiado dulce y espumosa —comentó. Podía haber estado refiriéndose a sí mismo. Giró todo el cuerpo hacia mí—. ¿Qué tal el primer día de ensayo?

—Intenso.

—¿Qué esperabas?

—Tienes razón. Pero tengo un buen presentimiento. Creo que su obra se va a convertir en LA ObrA del año.

—No me cabe duda. Tiene suerte de tenerte. —Sonreí como si el sol estuviese iluminándome a mí y solo a mí—. ¿Por qué Mark no quiso daros drogas? —preguntó Jonathan un instante después—. Es raro, al resto le ofreció.

De pronto, me sumergí en una fría sombra, eran los efectos de que me excluyesen.

—Linda se lo impidió. Fue bastante cruel, dijo que mi ego ya estaba bastante fuera de control de por sí.

—¡Joder! Pues sí que te suelta la lengua. —Sonrió.

—¿Qué lleva?

—No tengo ni idea —contestó con alegría.

—¿Te la volverías a tomar?

—¿Tú que crees?

Sus ojos de zorro parecieron brillar de color ámbar a la tenue luz del atardecer.

Anhelaba sentir esa desinhibición, ese poder elemental, esa temeridad que podía llevar a alguien al límite, empujarlo más allá y darle otra forma.

Ni Linda ni Jonathan eran las mismas personas que eran antes: eran extraordinarios.