El juego de la verdad 35
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L as dos noches siguientes apenas pegué ojo; tenía los nervios a flor de piel y mi humor iba oscilando entre la preocupación que sentía por Linda y Jonathan y la ira de que no me hubiesen dejado tomar las drogas, y, para colmo, que fuese de una manera tan humillante y en público.

Jacques estuvo más atento y cariñoso que de costumbre, no me dejó sola para ir a visitar a Louis como solía hacer los domingos.

Tenía una facilidad sinigual para saber cómo me sentía, incluso cuando yo misma era incapaz de describirlo (salvo en lo que atañía a la lujuria, en eso estaba ciego).

Le dije que quería ir a ver a Jonathan y me convenció de que lo dejase a su aire, aunque fuese durante un día.

—Jessie, hoy déjale su espacio. No querrás interrumpirle, ¿a que no?

¿Cómo podía expresarle que eso era justamente lo que pretendía, que no quería que me privasen de nada?

El lunes por la mañana, después de haberme pasado toda la noche tumbada boca arriba con la vista clavada en la grieta en forma de cremallera del techo, salí de la cama al amanecer con los ojos irritados como si el mismísimo hombre del sueño hubiese venido y me hubiese volcado unas bolsitas de arena dentro.

Cuando era pequeña y me emperraba en no irme a la cama, papá solía advertirme sobre ese fantasma.

Recuerdo quedarme tumbada en la cama con el corazón desbocado y los ojos cerrados con fuerza; después de esa amenaza, no logré conciliar el sueño.

Necesitaba respirar aire fresco, así que decidí salir con cuidado de no despertar a Jacques.

Me dirigí al roble viejo y tranquilizador mientras pestañeaba de forma dolorosa por la luz acerada del amanecer.

Levanté la vista desde el abrigo del follaje invernal del árbol: no había ningún mensaje que descifrar en las escasas y dispersas hojas que se aferraban con obstinación a las ramas, nada que averiguar en sus fibras venosas, en los veteados patrones marrones.

Ay, Gran Sabia, ¿debería adentrarme aún más en la guarida o abandonar ahora?

Esta vez, el árbol susurró la respuesta en forma de brisa rígida que tiró una rama frágil y me dio en el lateral de la cabeza. ¡Despierta, imbécil! Me reí como loca.

Seguía sin estar convencida de poder dejarlo, a pesar de querer hacerlo.

¿Tú qué harías, Sue? Me di cuenta de que estaba suplicándole al aire.

Sue se habría sentido atraída por el peligro.

Toda esa posibilidad, esa vida por vivir, ese potencial sin explotar.

Disfruté del cielo que se extendía sobre mi cabeza a medida que iba deambulando hacia mi cuarto.

—¿Dónde te habías metido tan temprano? —preguntó Jacques en cuanto entré, somnoliento. Echó un vistazo medio grogui al reloj digital de la mesilla de noche, que marcaba las 7.

—He salido a dar un paseo.

—¿Va todo bien? —Tenía el pelo revuelto y el lateral de la cara con marcas de la almohada.

—No sé si debería ir a ensayar esta mañana.

—Pues claro que sí. —Se obligó a incorporarse cuando me subí a la cama a su lado.

—¿En serio…? Pensaba que no querrías después de lo del sábado por la noche.

—En serio. Tú limítate a rechazarle si te ofrece esas drogas.

—Pero ¿tú quién te crees que soy?

Esbozó una sonrisa amplia, me dio un beso en la frente y luego soltó con el ceño fruncido:

—De todas formas, Mark no debería dejarle a Linda tomarse esas cosas, es demasiado delicada.

—¿Que no debería dejarle ? —repetí—. Venga ya, fijo que es él quien se las da.

—¿Crees que Mark trafica?

—No, creo que solo las regala por la bondad de su corazón.

—Te morías por probarla. —Me hizo cosquillas.

—Y mi novio no me dejaba —respondí, retorciéndome.

Me plantó un suave beso primero en la frente y después en las mejillas, en los labios, en las tetas, luego en el ombligo, y se quedó ahí, disfrutándolo.

Entonces me quitó los pantalones del chándal al mismo tiempo que me recorría la parte interna del muslo con los labios, y, de repente, me metió la lengua.

Yo tenía la cabeza en otra parte, no estoy dispuesta a admitir dónde.

Tuve un orgasmo intenso y descontrolado.

—Me encanta hacer que acabes así. —Jacques me estrechó entre sus brazos.

Había algo en ese comentario que no encajaba, pero intenté no seguir ese hilo de pensamiento.

No podía poner la mano en el fuego por que no se me escapase algo equivocado.

Había estado esforzándome para no revelar La Mentira, quería descargar mi culpa sobre Jacques «en aras de la verdad», pero una parte de mí decía que eso le vendría de perlas a los planes de Mark: conseguir que nos volviésemos el uno contra el otro solo para sembrar el caos y después moldearlo para sus propios fines.

—¡Bueno, reina del drama! Es hora de prepararte el desayuno… —Jacques me pasó por encima para salir de la cama.

—No me llames así.

—Vale, cielo —contestó con una risa mientras recogía su ropa del suelo y empezaba a vestirse—. Pero era un cumplido. Eres mi reina. Y eres…

—No lo digas. —Levanté la mano.

—Una actriz de puta madre, eso era lo que quería decir. —Se agachó y me besó la mejilla.

Ojalá supiese cómo de buena era.

—No te muevas, te traeré el desayuno a la cama.

«Creo en un poder superior. El papel del artista es canalizarlo. Tengo ganas de enseñarte a conectar con él». Las palabras de Mark repiquetearon como un amuleto maldito e irresistible en mi oído. Me dije que era una decisión meramente creativa y que además mi novio la respaldaba.

Jacques regresó unos instantes después con cruasanes y café.

—Te quiero —dije.

—¡Por tu primer día de ensayo! —exclamó—. Sigo convencido de que Mark y tú vais a hacer magia.

Joder, ¿qué tipo de magia? Necromancia, magia negra, adivinación, invocaciones… ¿Habría sacrificios animales, muñecas de vudú y perversiones sexuales…? La adrenalina me atravesó el cuerpo. Haría lo que fuera necesario en nombre de mi arte.