34 #3
¿Dónde estaba mi Lindy, la chica que había rescatado?
Sus ojos, que ahora eran enormes y brillantes, me recordaron a la primera vez que vino a casa y conoció a Sue, olió los pasteles, se empapó del rosa brillante de las paredes y los cojines, de la música, las risas, los bailes, las historias y cuentos sobre países lejanos, y de cuando ella me sonreía desde abajo como si yo fuese su portal a otro mundo, uno alejado de su casa fría y marrón y de su cruel y catatónica madre.
Antes de conocer a Mark, nunca me habría criticado, jamás, incluso cuando me lo merecía.
Antes de conocer a Mark, nunca se había enfrentado a mí, ni a nadie.
Antes de conocer a Mark, nunca había tomado drogas.
Antes de conocer a Mark, nunca había tenido un orgasmo.
Y antes de conocer a Mark, ningún tío le había dicho «te quiero».
Los ojos de Mark, opacos a la temblorosa luz de las velas dispuestas con tino en cada superficie, se toparon con los míos, como si pudiese ver mis pensamientos y estuviese tanteándome: «Te reto».
—Oye, Lindy —empecé—. En aras de la verdad, ¿te puedo decir una cosa?
—Mi voz sonó dura, como si estuviese a punto de decir algo difícil, pero entonces vi cómo a Mark se le curvaban las comisuras de los labios y decidí no seguir por ahí.
Si pensaba vencerle, entonces tendría que ser consciente de sus inclinaciones y hacer justo lo contrario.
—Claro, corazón. Di lo que quieras, cualquier cosa. Siempre estoy dispuesta a mejorar… —afirmó Linda con una voz abierta y pura mientras me miraba de forma inocente.
—«Cuando el corazón está lleno de amor, la vista nunca se engaña…» —interpuso Mark—. Le hace falta, Jess; como su mejor amiga, sabes que sí. —¿Así se lo justificaba a ella cada vez que sentía la necesidad de mejorarla? Qué astuto citar a su filósofo larguirucho en este contexto.
Jacques masculló algo inaudible que sonó a un «joder» en una exhalación.
—Eres perfecta tal y como eres —dije, y le sonreí.
Unas lágrimas le discurrieron con libertad por el rostro sonriente sin que se diese cuenta.
—¡Son lágrimas de felicidad! —exclamó sin inmutarse.
—Qué maja, pero no estás siendo completamente sincera —comentó Mark.
No te rebajes a su altura, no te rebajes a su altura .
Jacques se puso a mi lado, me sujetó la mano y me la apretó con fuerza.
—Igual deberíamos ir yéndonos, Jess —dijo.
Eché un vistazo a Jonathan, que le estaba susurrando algo al oído a Phil, estaban tan cerca que sus cuerpos se tocaban.
Ya no había nada asexual o pasivo en él.
No quería irme, quería formar parte de esto: de este intrincado espectáculo de marionetas.
Quería sentir lo mismo que hizo que Jonathan perdiese tanto sus inhibiciones como para arriesgarse a revelar públicamente que le atraía un hombre; quería experimentar ese estado mejorado, dichoso y desinhibido en el que estaba Linda, incluso pese a saber que era arriesgado hasta la aniquilación.
Soltarme la lengua ya desatada hasta llegar a ese punto.
Y, aun así, la lógica salió perdiendo en la batalla contra el deseo.
Miré hacia Mark, que tenía la vista clavada en mí.
Sentí que algo se me despertaba en la boca del estómago, no, más abajo, y de pronto se me vino algo a la cabeza: ¿era yo su oponente en realidad, la persona a la que había pretendido fastidiar desde el principio?
Esa posibilidad me llenó de poder, de vergüenza, de lujuria y de una euforia intensa.
—Asegúrate de que Linda beba suficiente agua —espetó Jacques con un tono mezquino (me pregunté si había notado las corrientes que flotaban entre nosotros).
—No te preocupes —contestó Mark—. Esto deshidrata menos que el alcohol. Vosotros tenéis pinta de que os vendría bien una jarra de agua antes de dormir…
Jonathan y Phil se volvieron como un solo ser, como si una fuerza cinética estuviese guiándolos, y alargaron las manos hacia el otro cuando se fueron de la fiesta sin mirar atrás. Mark me miró y sentí como si me mordiese con los dientes el pezón, que se me endureció.
Como respuesta, le di un beso apasionado a Jacques y me obligué a darme la vuelta y a pirarme de la fiesta.
—Joder, Jess. Espero que Linda esté bien.
—Lo estará, a ella le encanta. —Había una parte de mí que pensaba que lo que había presenciado esta noche en mi amiga era sublime, había dejado de ser una cobarde, una sumisa o de estar controlada por el odio de su madre, que la hacía estar oprimida en el mundo.
Puede que Mark supiese lo que estaba haciendo, que de verdad se moviese por un deseo de verla crecer.
Yo misma fui la responsable de ese pensamiento distorsionado, o puede que ilusorio, para justificar que quería seguir adelante—. Bah, solo está provocando.
Ahí estaba: un cambio de postura en lo referente a Mark, algo que pasaría una y otra vez. Íbamos de izquierda a derecha, pero siempre, siempre estábamos dentro del ring .
Cuando bajamos por las escaleras, vi a Jonathan y a Phil delante de nosotros, recordé mi primera vez con Jacques y deseé volver a sentir de nuevo esa experiencia novedosa y que me dejasen así de alucinada.
Me alegraba mucho por mi amigo, pero también era consciente de que su primera experiencia sexual iba a ser con quien Mark había decidido que estuviese.
Podía haber salido corriendo tras él para advertírselo, pero, por mucho que tuviese sentimientos encontrados, la atracción del peligro y de la emoción eran demasiado fuertes.
Mark sabía perfectamente lo que hacía al negarme las «chuches» esta vez.
Sabía que mis ganas de formar parte del grupo no harían más que crecer.
Sabía cómo me tomaba que me dejasen de lado, que lo veía como un rechazo, que me hacía sufrir, y era consciente de hasta dónde llegaba mi apetito. Qué chica tan avariciosa.