El juego de la verdad 34 #2
58%

34 #2

Quería partirme de risa, pero puede que, como había pronunciado esas palabras con tanta sinceridad, incluso con solemnidad, sentí que no podía burlarme de ella.

Linda no era famosa por ser habladora, ni tampoco una drogata o una mística.

Este tipo de elementos vitales la aterraba.

Necesitaba sentirse segura y a salvo, y eso significaba hacerse pequeña; hasta ese momento, su incursión en cualquier cosa que fuese más allá del plano tangible era perderse en el país de Blyton y susurrarle ñoñadas a las margaritas.

Si hubiese estado en sus cabales, se habría muerto de la vergüenza con ese arrebato, pero, en vez de eso, sonreía y lloraba, gozaba de sus emociones.

Presenciar esa transformación fue atroz y, al mismo tiempo, fascinante.

Jacques y yo nos quedamos en silencio, como si fuésemos parte del público de una obra absurdista donde nada tenía ni pies ni cabeza, sin que eso la volviese menos entretenida.

Linda se me quedó mirando, me atravesó con la mirada; sus pupilas eran dos grandes pozos negros cuando continuó:

—Algunas veces te portas como una amiga de verdad, pero siempre, siempre hay un motivo detrás. Contigo nada es al azar.

Su «cordón umbilical dorado» no estaba haciendo que fluyese mucho amor entre nosotras.

—No te pases —contestó Jacques. Inútil, pero menos es nada.

—Ah, y la droga lo ve todo, ¿verdad?

—No es la droga, sino yo. La droga me impide callármelo. —Estaba tragando saliva con rapidez y emitiendo un fuerte chasquido con la lengua contra el paladar.

—¿Entonces es una herramienta para soltar verborrea?

—Yo diría que es mucho más sofisticado —contestó Mark—, pero bueno, dejémoslo para otra ocasión. De todas formas, habéis bebido demasiado…

—Espero que Linda esté bien… —interpuso Jacques mientras le echaba un vistazo.

—Lo está —contestó Mark—, para la persona que toma la droga es una experiencia fantástica, aunque no tanto para quienes lo presencian… Pero a mí me encanta esa verdad cruda y sin filtros.

—¿Qué es exactamente? —pregunté.

Mark se dio unos toquecitos en un lateral de la nariz con el dedo (un gesto que Linda había adquirido hacía poco), parecía una institutriz remilgada. Reprimí una risita.

—¿Tú la tomas? —le preguntó Jacques.

—Mirad, tampoco es para tanto —afirmó Mark.

—¿Jess? —espetó Linda—. Sí que te quiero, hermanita del alma…

te quiero a ti, a Jacques, a Mark, a Jonathan y a todo el mundo que está en esta sala y en el resto del mundo, y te veo , con defectos y todo.

Quiero decir… en fin… todos nos ponemos una máscara, todos estamos representando un papel que nos asignaron al nacer y que se nos queda más grabado durante la infancia y a medida que vamos creciendo…

el dolor que conlleva, ese dolor… —Parecía que estaba soñando, como si estuviese programada—.

Pero hay una forma de acabar con esos patrones… de desmontar esas máscaras…

Mark se agachó y la besó con pasión durante un rato. Se apartó y le dio un toquecito en la mejilla.

—Venga, cachorrilla, es suficiente. Vamos a buscarte algo de comer. —Nos puso los ojos en blanco y la guio hasta la comida mientras le susurraba al oído.

—Es su cachorrilla, literalmente —contesté.

—Espero que no le haya dado nada que le vaya a sentar mal —comentó Jacques.

—Lo haría si sirviese a sus propósitos —respondí.

—¿Qué propósitos? ¿De qué hablas, bobita? —Me dio un beso en la nariz.

No estaba segura, pero tuve un presentimiento. ¿Quería romperla para después volver a construirla y moldearla a su antojo? ¿Yo también formaba parte de ese «proyecto»?

¿Qué le había dado Mark? No parecía colocada.

Había una lucidez y una franqueza en su comportamiento que jamás había visto.

Sin embargo, tenía los miembros flácidos, su cuerpo fluía como si fuese líquido y las palabras que pronunciaba sonaban completamente ajenas en su boca.

Que una persona que creías que besaba el suelo por donde pisabas te expusiese de esas formas era desestabilizante y extrañamente cautivador.

Observé a Mark y a Linda dirigirse del brazo hacia Jonathan y Phil, que se habían trasladado a un rincón oscuro de la sala.

Los chicos levantaron la vista, sorprendidos por la interrupción, y se apartaron para hacerles hueco a Linda y a Mark en el círculo.

Poco después, todos estaban riéndose con Linda, aunque Phil era quien exigía más espacio y atención.

Linda, como es lógico, era la responsable de gran parte de la diversión; brillaba, incluso de lejos.

Mark se metió la mano en el bolsillo y les ofreció la palma a los chicos con un gesto teatral para que yo lo viese.

Jonathan echó un vistazo en mi dirección para asegurarse de que todo iba bien con Jacques y cuando le hice un gesto parecido a levantarle el pulgar, se tomó una de las pastillas, siguiendo el ejemplo de Phil.

Mierda, todo esto era culpa mía. Estaba segura de que Jonathan era virgen en más de un sentido, al igual que estaba segura de que esta noche acabaría con esas dos realidades para él.

—Todo el mundo va puesto de esa cosa —le dije a Jacques—, me pregunto qué será.

—Seguro que es M —contestó Jacques.

—Lo dudo. ¿No se supone que la gente es sociable y amable cuando la toma? Conociendo a Mark, tiene que ser un compuesto más avanzado, diseñado para causar todos los estragos posibles. Todo eso de «te hace decir lo que piensas en realidad».

—¡Eres la monda! —exclamó Jacques, y me plantó un beso en la frente. Se lo pensó un segundo—… Supongo que puede ser ketamina, LSD o un batiburrillo de cosas.

—¡Eso es! He leído sobre ese tema, se llama «candyflipping». Ahora tiene sentido lo de «chuches».

—Es peligroso.

—Pues a mí me encantaría probarlo, ¿a ti no?

—¿Para qué? ¡Estás como una cabra!

—Porque es algo nuevo, emocionante, sociable. Venga, vamos, nos tendríamos el uno al otro.

—Ya has oído a Mark, hemos bebido demasiado.

—Porfi, porfi, quiero probarlo. —Parecía una niña exigiendo que le diesen todos los Smarties naranjas del tubo.

—Esta noche no, Josephine —contestó con un tono condescendiente que rayaba en la provocación.

Me alejé de él dando pisotones y fui hacia el grupo, con él pisándome los talones.

—¿¡Qué pasa, Jono!? —pregunté sin saber muy bien lo que pretendía al acercarme, ¿humillarme aún más?

—Hola —saludó Jonathan de forma confusa.

—¿Notas algo ya…?

—Hemos decidido no darle a Jess chuches esta noche —soltó Linda de sopetón con una voz afilada y clara como el cristal.

Mark esbozó una sonrisa lenta y taimada. Jonathan pareció no haberla escuchado, estaba más preocupado de cualquier sensación que estuviese despertando en su interior. Me percaté de que le temblaba el cuerpo y de que emanaba energía y calor, pese a estar inmóvil.

—¿Sabes una cosa, Jess? —prosiguió Linda—. A veces puedes ser insufrible. —Lo dijo de un modo que sonaba a «te quiero».

—Sí, ya has comentado algo parecido antes.