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– ¡ M irad quién ha decidido agraciarnos con su presencia!
—Mark saludó a Jonathan con una amabilidad sincera al mismo tiempo que me echaba una mirada que decía: «Gracias por traerlo hasta mí».
Actuó como si él hubiese orquestado toda la situación, que yo saliese y trajese a Jonathan hasta aquí.
Le dio un apretón en el antebrazo y dijo—: Siento la incomodidad de la última vez que nos vimos… Supongo que Linda se hizo ilusiones.
Jonathan me miró, alzó la vista al cielo e hinchó las fosas nasales, un rasgo suyo que me encantaba. Mark se rio y entonces pillé a Linda asomada a la puerta abierta de la cocina. Lo había oído y Mark lo sabía.
—Déjame que te presente a la gente…
—No te preocupes, me iré dentro de nada.
—No seas ridículo, ¡la noche es joven! —¿Ahora quién estaba siendo ridículo ? —. Linda, anda, ve y tráeles algo de beber a tus amigos —prosiguió Mark.
Apareció casi al instante con dos copas de vino tinto, viscoso y amoratado, y se me vinieron a la cabeza unas imágenes de unos vampiros bebiendo sangre y unos sacrificios bacanales.
Jonathan negó con la cabeza en mi dirección cuando acepté la copa del líquido sangriento, mi imaginación estaba a tope.
Tenía razón, de verdad que no debería bebérmelo, pero aun así los nervios me obligaron a hacerlo.
—Me gustaría presentarte a alguien —dijo Mark mientras tras agarrar a Jonathan del brazo y llevarlo en dirección a un rubio presumido que estaba en una esquina. Podía haber sido primo de Honor con esas ínfulas de privilegio que llevaba. Me sorprendió que Jonathan se dejase mangonear de esa forma.
—¿Qué tal estás? —preguntó Linda.
—Bien —contesté, aunque me sentía de todo menos bien.
—Mark cree que Jonathan y Phil pueden hacer buenas migas. —Había algo claramente implícito en esa afirmación. «Pobrecillo, parece muy solo».
Eché una ojeada a Jonathan, que se estaba subiendo los pantalones como para aunar fuerzas. Tenía las orejas rojísimas. Mark no le había soltado el brazo; decidí que necesitaba que lo rescatasen.
—¿Os importa que interrumpa? —pregunté después de echar a andar hacia ellos. Sentí tres pares de ojos mirándome: los de Linda, los de Mark y los del tío nuevo—. Necesito a mi amigo. —Clavé la vista en Jonathan, que parecía aliviado y a la vez molesto por la intrusión.
—Claro, Jessie —respondió—. Estoy a tu disposición.
Phil miró a Jonathan con las cejas levantadas y esbozó una sonrisita de satisfacción que sugería un «venga ya» desafiante.
—Nos vemos luego, ¿vale?
A Jonathan se le extendió el rubor por el pecho y le salió un sarpullido de los nervios.
—Sí, puede, sí —dijo conforme yo lo alejaba, sujetándole el brazo con fuerza del mismo modo que había hecho Mark.
—¡Uf, vaya gallito! —exclamé, convencida de que me daría la razón. Pero Jonathan parecía aturdido por la atención y apenas me escuchó. Chasqueé los dedos delante de su cara—. Ayúdame —supliqué con la cabeza ladeada.
—Ay, Jessie. ¡Siempre igual de dramática! —Hice un puchero y saqué el labio inferior. Se rio y volvió a centrarse en lo que teníamos entre manos—. A ver, ¿dónde está la transgresora en cuestión?
Señalé hacia donde mi novio estaba sentado en el sofá, tal y como lo había descrito, ¿es que no me había echado de menos?
¿Es que ni siquiera se había dado cuenta de que me había ido?
Tenía los musculosos muslos bien abiertos, uno de ellos prácticamente rozaba la rodilla de la duquesa, que estaba girada de forma provocativa hacia él.
Lo más probable es que Jacques estuviera pensando, a su manera amable, que estaba siendo educado y no supiese que lo estaban manipulando.
—Es la que va de terciopelo —susurré a Jonathan, que me miró como queriendo decir: «Guau, ya sé a lo que te refieres, hay que intervenir».
Se dejó caer en mitad del sofá a modo de escudo humano entre mi novio y la hechicera, miró a Jacques a los ojos y le hizo una broma que le sacó una risa y luego hizo que levantase la vista para mirarme.
Estiró el brazo en mi dirección:
—Nena.
Fui hacia él, me senté en su regazo, me acurruqué y le eché una mirada bastante agresiva a Honor, que batió las pestañas azul oscuro casi negro con aburrimiento y bostezó.
Alcé la vista hacia Jonathan, gesticulé un «gracias» y después dije en voz alta:
—¡Ve a socializar!
—¿Segura? —susurró.
—Sí —contesté—. Diviértete… ¡y ni se te ocurra irte a casa!
Me dio un beso en la frente y le dijo a Jacques:
—Cuida de ella.
—Menuda fiesta, ¿eh? —Jacques esbozó una sonrisa inocente.
Jonathan se levantó y echó una ojeada hacia Phil, pero primero se detuvo junto a una mesa, se bebió una copa de Claret y se apoderó de otra llena. Me di cuenta de que Mark lo observaba con una satisfacción vampírica.
—Honor me estaba hablando del castillo de su padre —dijo mi novio mientras yo me acurrucaba contra él.
—El castillo de papaíto, ¡bien por ti! —exclamé con desdén, y entonces me sentí superprovinciana.
Se levantó, se desperezó y ni siquiera se molestó en contestar, lo que confirmó su superioridad mejor que cualquier otra respuesta.
Ni siquiera merece la pena dirigirle la palabra a esta tía .
Echó un vistazo por la habitación y después fue balanceándose lánguidamente hacia Mark y Linda.
Los tres hablaron un poco antes de que Mark le ofreciese algo en la palma de la mano.
Ella sonrió con esos labios aún sensuales y carnosos, a diferencia del común de los mortales, antes de tomarse la pastilla y tragársela con una copa que le ofreció Linda.
Unos minutos después, las dos estaban abrazándose y dándose besos, tan cómodas la una con la otra que cualquiera las hubiese confundido con mejores amigas.
Linda estaba atontada, miraba a la seductora de esa forma tan sumisa que tenía.
Tuve que reprimir el impulso de ir hasta allí y retorcerle la muñeca.
—Te has pasado un poquito —afirmó Jacques con diversión, refiriéndose a mi conversación con la princesa.
—Se lo merecía, qué desagradable.
—Pues yo no creo que haya sido desagradable, creo que solo estaba siendo ella misma —respondió Jacques.
Los dos la observamos.
—Es preciosa —espeté.
—¡No tanto como tú! —Jacques enterró la cabeza en el vientre plano que tenía por aquel entonces y me levantó el top para darme un beso en el ombligo. Le encantaba, decía que era el más bonito que había visto en su vida. Era pequeño, metido hacia dentro y le gustaba darle con la lengua.
—Creo que se están drogando —dije.
—¿Como todo el mundo?
—Pero esas drogas no son como las demás.
—¿A qué te refieres?
—¿Recuerdas cuando Mark mencionó lo de experimentar una «realidad mejorada»…? —Jacques parecía confuso a medida que iba hablando—: ¿Recuerdas cuando fuimos a visitar a Louis aquella vez, que luego empezaste a beber un montón y Mark dijo que el alcohol era una droga para idiotas?
—No del todo… —contestó Jacques.
—Bueno, ¡supongo que eso le da la razón! —exclamé con sorna—. Dijo que existía una sustancia recreativa mucho mejor que el alcohol, y dio la sensación de que Linda sabía a qué se refería.
Me levanté de golpe, me desenredé de los brazos de Jacques, crucé la sala a zancadas y eché un vistazo a Jonathan, que seguía hablando con Phil.
Honor hizo como que no me había visto y Linda parecía un poco molesta, pero Mark esbozó una amplia sonrisa.
Sentí esa sensación de inquietud emocionante y vertiginosa en la boca del estómago.
—¿Te da curiosidad? —preguntó.
—No sé yo si es buena idea —contestó Linda.
—¡Pero si acabas de darle a ella! —Señalé a la duquesa, que me miró como si fuese un gusano que estaba a punto de aplastar de un pisotón. A mi cuerpo le entraron ganas de retorcerse de la vergüenza.
—Tu ego ya está bastante fuera de control —continuó Linda en una voz que no le pertenecía.
—Puede que así se relaje… —Mark se rio.
—¡Que os jodan! —Me arrepentí nada más decirlo, esas palabras me redujeron a una adolescente que estaba teniendo una pataleta.
Honor me miró con unos ojos sexis y caídos antes de decidir que era demasiado deprimente como para tratar conmigo, o eso supuse.
Conforme se alejaba, observé su silueta perfecta y se me llenó la cabeza de comparaciones negativas.
—No te cae muy bien, ¿a que no? —preguntó Mark, divertido.
Mi cara me traicionó como de costumbre.
—Creo que el sentimiento es mutuo —afirmó Linda.
—¿La droga vuelve a la gente cruel? —pregunté.
—No, solo intensifica su realidad y les hace decir y hacer cosas que se corresponden con su auténtica naturaleza —informó Mark.
—¿Ya se le ha subido? —Señalé a Linda con la cabeza.
—Tarda poco en llegar al torrente sanguíneo —indicó, parecía distante y contencioso.
—¿Tú te la has tomado?
Jacques vino, se acercó a mí y me apoyó la mano en la parte baja de la espalda. Yo me apoyé contra él.
—¿Qué tal está todo el mundo? —Me rodeó la cintura con el brazo y me atrajo hacia él.
—Raro de cojones —contesté.
—¡Jessica! —Jacques trató de reírse para quitarle hierro al asunto, sonaba nervioso y conciliador.
—Va en serio. ¡Todo el mundo está raro de cojones, de verdad! —Linda tenía las pupilas enormes y una fina capa de sudor le cubría el cuero cabelludo—. ¿Cómo te encuentras, Linda?
—De maravilla…, un cordón umbilical dorado me conecta con todo —dijo sin un ápice de vergüenza. Se le llenaron los ojos de lágrimas cuando miró embelesada a Mark, que la observó con un amor posesivo—. Me siento… afortunada… brillo…