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–E stás preciosa, mi amor —afirmó Jacques. Era una réplica de Honor Cave-Tempest-Stuart con las medias de rejilla, la minifalda y una camiseta de tío enorme. No estoy segura de hasta qué punto fue una imitación consciente, pero sé que pensé que Jacques era un imbécil por haber dicho eso.
—Uf, este conjunto —dije tras mirarme al espejo—. Es un pelín ridículo.
—Qué va —contestó él, colocándose detrás de mí al mismo tiempo que me rodeaba con los brazos y me acariciaba el cuello con la nariz—. Es sexi.
Ahora estaba cabreada con él. El enfado parecía ser mi emoción por defecto para evadir la culpa que sentía cuando estaba con él.
—No me cosifiques —respondí.
—Eh, vale, nena. —Parecía confuso, pero se rio.
Cuando me miré al espejo, me imaginé la mirada penetrante de Mark.
Y sentí aquella explosión en mi interior.
No ocurrió, eso nunca pasó . Lo único que tuve que hacer fue imaginarme a Mark de espaldas a mí, lavándose las manos en el fregadero.
Aunque había intentado escaquearme de la fiesta alegando que me dolía la tripa, supe que cuanto más evitase estar en la misma habitación que Linda y él, más tensa estaría.
Cruzamos el terreno de la universidad bajo la lluvia y Jacques me tapó la cabeza con su abrigo para que no me cayese ni una gota. No me merecía a este hombre. Fui hacia la puerta del edificio de Mark y procuré que no se notase que sabía dónde estaba el sitio.
—¿Qué número decías que era? —pregunté.
—Creo que el tres —respondió Jacques mientras llamaba al timbre.
Linda nos recibió en la puerta con las mejillas arreboladas de felicidad. Su rubor al sonrojarse era distinto al de cuando estaba avergonzada. Era una novedad, un brillo de un bonito rosa.
—Pasad, pasad —nos indicó, y nos dio un par de besos en las mejillas, lo que me recordó a Sue cuando representaba el papel de anfitriona ideal en una de las antiguas fiestas de papá.
Linda, al igual que Sue, creía que había encontrado un hogar permanente, un sitio al que siempre pertenecería, al lado de su hombre, a su alrededor.
Llevaba otro vestido nuevo, también de estilo vintage , con una falda acampanada y un escote bajo de corazón más despampanante que cualquier conjunto de April Wheeler.
Era de color verde musgo, que contrastaba con sus ojos.
Debía admitir que Mark tenía un gusto impecable.
Cuando entramos al salón iluminado por la luz de las velas, con el aroma a incienso flotando en el aire, me asaltó una sensación punzante en la parte baja de la pelvis, dolorosa y placentera.
¿Qué coño me estaba pasando? Mark estaba sentado en el borde del sofá, con su perfil grabado en las sombras, y charlaba con un alguien que no conseguíamos distinguir.
En cuanto nos vio, se levantó con diligencia y volvió a asumir el papel del perfecto caballero.
Resultó que la persona con la que había estado hablando era la duquesa; llevaba el pelo desordenado de forma exquisita y la voluptuosa boca sonrosada, como si acabase de participar en una sesión de sexo intensa.
Se me aguzó la vista en su presencia. Mark vino hacia nosotros y atrapó a Jacques en un abrazo de oso como si fuesen dos hermanos que hacía tiempo que no se veían.
Pareció como si las «quedadas casuales» que había mencionado Jacques fuesen algo más.
A mí me saludó con frialdad en comparación; al fin y al cabo, era el novio de mi mejor amiga.
Nos llevó hasta la cocina, donde había un par de estudiantes de mirada intensa, de esos becados, tomando vino en copa mientras declamaban a gritos cosas sobre política y poesía, como si estuviesen en un debate y los estuviesen puntuando, o eso me parecieron.
No recuerdo ni una sola cosa de lo que se dijo en esa sala, mi mente no podía parar de pensar en Honor recostada en el sofá en ese mono de terciopelo verde ceñido.
Esa noche, había apostado por un estilo exagerado de diosa del sexo, y eso me estaba matando.
Mark fue un anfitrión estupendo, fue presentando a todo el mundo, tuvo unos modales impecables y ofreció vinos y canapés deliciosos.
—¿Qué estamos celebrando? —pregunté al mismo tiempo que observaba a la camarera recorrer la sala. Tampoco había tanta gente como para que hiciese falta personal.
—Vaya, ¿Linda no os lo ha contado? Es mi cumpleaños…
—Se aclaró la garganta y gritó—: ¡Lind… ¿ah?
! —Acentuó el sonido «ah» del final con diversión y crueldad.
Apareció en un abrir y cerrar de ojos y se dirigió a ella como si fuese una cría y estuviese a punto de echarle un rapapolvo—.
¿Te das cuenta de que por culpa de tu negligencia tus dos buenos amigos no sabían que era mi cumpleaños?
—Creía que no querías que se lo dijese.
—¿Y por qué demonios no iba a hacerlo?
—Bueno, tú no se lo has dicho a tus otros amigos… No te gusta darle demasiada importancia a tu cumpleaños… Ni siquiera te gusta tu cumpleaños… Te recuerda de dónde vienes… —Dejó la frase en el aire al darse cuenta de que había revelado demasiado y, por la expresión de Mark, la había cagado.
—Jesús, Linda, ¿es que para ti no hay nada sagrado?
—preguntó. Parecía muy dolido. Fue algo astuto y desconcertante.
Vi que le había dado la vuelta a uno de sus métodos preferidos: haz que abra la boca y después déjala en evidencia en público más tarde , pero Linda no ató cabos.
Además, si tanto odiaba su cumpleaños, ¿para qué daba una fiesta?
Incluso si era una en la que nadie sabía que era su cumpleaños.
—Lo siento… —masculló ella.
—No pasa nada, mi vida. Solo ha sido un descuido. —Le besó la mejilla con ternura. Ella se animó al instante—. Venga, vamos a mezclarnos —dijo, y tiró de Jacques hacia el sofá donde estaba recostada la seductora con el mono de cuerpo entero.
Linda se giró hacia mí.
—Estoy segura de que me dijo que no se lo contase a nadie… —No parecía segura.
—No te preocupes, Lindy. Estoy segura de que tienes razón.
—Es una persona tan complicada… —Negó con la cabeza.
Sue solía decir lo mismo de mi padre; día tras día, año tras año, intentaba buscarle explicación a su comportamiento y acababa confundida y menospreciada, trataba de poner excusas, de buscarle sentido al hecho de que ella se hubiese quedado.
Me acabé la copa de tinto sin decir nada.
—Ten. —Linda reemplazó la copa vacía por otra llena. Me abrazó—. Me alegro mucho de que hayas venido.
Le devolví el abrazo, a pesar de que quería pegar y pellizcar a alguien, aunque esta vez a mí en vez de a ella.
Bebí mucho y muy rápido, mis sentimientos se intensificaron y confundieron.
Mi novio estaba sentado en el sofá, al lado de la visión , tal y como había fantaseado.
Él también estaba bebiendo demasiado, intimidado (o eso quise pensar) por la personificación de la belleza y del privilegio que tenía delante.
Esto de volver a juntar a Jacques y a Honor era obra de Mark.
Pobrecita, pero ¿acaso no es lo que te mereces, zorra?
Mark no dio muestras de reconocer lo que había pasado entre nosotros.
Mis celos se estaban volviendo incontrolables.
Fue como si pudiese verlos, eran una persona, la silueta de una mujer, una furia que me siseaba.
Decidí llamarla «La Jalousie» en un intento por recuperar una pizca de control (había leído en alguna parte que ponerles un nombre a las emociones podía mitigar su impacto).
Sentí como si estuviese girando a toda velocidad y me mareé un poco por mis propias imaginaciones.
Respiré hondo y planté los pies con fuerza en el suelo tal y como le había enseñado Jonathan a Linda para mantener a raya los ataques de ansiedad. No funcionó.
Observé a Mark. Estaba inspeccionando la sala como si estuviese observando a sus actores durante la noche de estreno y comprobando que todo el mundo estuviese en su puesto y siguiese el guion que él había escrito.
Fui a la cocina, me bebí un vaso de agua y luego otro más.
Estaba decidida a no ceñirme al papel que Mark esperaba de mí: el de la novia cobarde y celosa, con ganas de llamar la atención, a la que se le iba la pinza.
Estuve a punto de caer. Recobré la compostura y bajé las escaleras en pleno control de mis facultades.
Esa salida no estaba prevista, y sentí como si el hecho de marcharme supusiese una alteración.
Fuera, el aire nocturno era húmedo, había parado de llover, y yo alcé la vista hacia las estrellas.
¿Qué hago, cuerpos celestes? Me di cuenta de que estaba dirigiéndome hacia el apartamento de Jonathan, situado en un complejo estudiantil espantosamente moderno a diez minutos del campus.
Quería estar con el amigo que me entendía a la perfección, incluidas mis ansias de gloria.
Apenas reparé en nada de la ciudad durante el trayecto, salvo en los edificios grises como los rostros de la gente y en la humedad del aire cargado del humo de los tubos de escape.
Mis pensamientos daban vueltas en círculos y se contradecían los unos a los otros: me quiere, no me quiere, me quiere…
¿me quiere? Confío en él, no confío en él, confío en…
¿confío? Llegué al exterior del complejo de hierro y cristal y llamé al timbre de Jonathan.
—Sea quien sea, estoy ocupado —dijo.
—Porfa, soy Jessie. Te necesito. —Sabía que no tenía que intentar hacerme la dramática, y funcionó. Bajó y me miró a los ojos.
—¿Qué ocurre?
Le conté lo de Honor y me abrazó, me dijo que Jacques no era ese tipo de tío, que él me adoraba y que jamás me haría algo así.
—¡Pero si ni siquiera la has visto! —exclamé—. ¡Hasta yo me la tiraría!
Se rio. No podía explicarle las teorías que tenía sobre las manipulaciones de Mark, sus maquinaciones, su gran designio, ¿cuál era exactamente? ¿Divide y vencerás? ¿Aleja y partirás? ¿Con qué fin? No le confesé el papel que había desempeñado yo, claro.
—Vente, porfa. No puedo volver yo sola.
—Vale, te acompaño y rescatamos a Jacques de esa arpía. Pero después me voy, ¿eh?
—¡Eres el mejor! —Lo abracé con fuerza.
—No hacía falta, Jessica —dijo para llamarme la atención por el dramatismo.
—Va en serio. De verdad que lo eres.
Fue a por su abrigo y anduvimos en la oscuridad de la noche, agarrados del brazo. Levantó la vista y se puso a hablar del tiempo como si fuese un poeta en ciernes:
—El cielo nocturno cubierto de nubes rápidas…, la oscuridad aterciopelada y su peso.
No pude evitar pensar que Jonathan no estaba viviendo la vida que le correspondía, sino la que había dictado su padre.
Lo observé: mi melancólico y frustrado soñador.
¿Tenía el valor necesario para vivir su propia vida?
Me imaginé a Mark diciendo: «Reclama tu historia», y me eché a temblar.
Jonathan se rio y me atrajo hacia él para envolverme con su abrigo.
De pronto, sentí una necesidad imperiosa de que mi amigo experimentase la libertad, de que fuese independiente, de que viviese la vida a su manera.
La lógica provocativa y seductora de Mark se había infiltrado en mis pensamientos.