32
A la mañana siguiente, Linda, Jonathan y yo estábamos en el puesto de café del edificio de artes por culpa de Jonathan, tomándonos un café que en realidad a nadie le apetecía y sentados con torpeza en unos taburetes altos.
Los fluorescentes artificiales sobre nuestras cabezas parecían penetrantes, inquisitivos, y no dejé de pestañear para mantener el pánico a raya.
Llevábamos sin estar a solas desde la noche del estreno de Seis personajes , hacía diez días.
Cuando miré a Linda, tenía el contorno desdibujado, la culpabilidad me nublaba la vista.
—¿Vamos todos al pisito de Mark el sábado por la noche? —pregunté en un intento de parecer normal.
— ¿Pisito? —repitió Linda—. ¡Qué provinciano!
—¡Sip, es algo que habría dicho Sue! —exclamé con sorna, y me tapé la boca con la mano. Ni siquiera sonrieron.
—Yo creo que paso —contestó Jonathan.
—Estás invitado —dijo Linda con un tono tan poco hospitalario que rozaba lo hostil. Lo miró de reojo.
—Pues ahora me entero —respondió él.
—Mark me dijo que te lo dijese —prosiguió sin ganas.
—Vente… ¡será divertido! —afirmé, lo que sonó a estupidez teniendo en cuenta lo que sucedió la última vez que estuvimos todos juntos en la misma habitación, cuando se revelaron las mentiras de Linda.
Lógico que estuviese tan nerviosa por que Jonathan y Mark se conociesen.
Tampoco es como si la juzgase, yo tendía un poco a exagerar.
Pero mentirle a su novio y decirle que su mejor amigo le había tirado los trastos era una cagada de proporciones épicas.
¿Y qué me dices de no contarle a tu mejor amiga que su novio intentó seducirte y tú le dejaste?
Puta hipócrita—. ¿A qué viene la fiesta?
—le pregunté a Linda. Ella agachó la cabeza y empezó a morderse los padrastros. Nunca le había visto hacer eso.
—No lo sé —contestó como si en realidad lo supiese.
—¿Habrá drogas?
Jonathan me miró con curiosidad.
—No sé de qué me hablas —respondió Linda con evasivas.
—Anoche fui a verte —dijo Jonathan.
—¿Otra vez? —pregunté.
—Soy tu mayor fan.
Sentí una oleada de gratitud desproporcionada. Lo abracé.
—Gracias, necesitaba oír eso.
Me miró de manera inquisitiva y ladeó la cabeza: «¿Me quieres?
». Jonathan sabía perfectamente cuándo estaba en modo manipuladora, y yo apreciaba esa parte de nuestra amistad.
Ni siquiera Jacques podía discernir cuándo lo estaba manipulando, a veces, la lujuria le nublaba el juicio.
Linda estaba recorriendo el borde de la taza de café con el dedo corazón izquierdo, hasta que bajó la vista y pareció percatarse del estado de sus cutículas, una de ellas sangraba.
Se metió el dedo en la boca y se lo chupó.
—¡Vaya, esto sí que es una agradable sorpresa! Tres de mis personas favoritas en un solo sitio —gritó Mark desde lejos.
Supuse que no era una sorpresa en absoluto. Empezó a vibrarme el cuerpo entero a una frecuencia perturbadora. Me daba miedo lo que pudiese ocurrir, lo que pudiese salir por mi boca.
—Bueno, me piro. —Jonathan se levantó.
—Me alegro de verte, Jonathan.
—¿Linda? —Jonathan hizo caso omiso a Mark. Ella lo miró con cautela—. Me encantaría que comiésemos juntos, ¿te apetece?
—Oye, oye. Para el carro, que estoy aquí delante. —Mark se rio. Sabía que no había ninguna amenaza, pero fingir inseguridad era un movimiento ganador.
Jonathan no se lo tragó. Pasó a su lado y puso una excusa sobre no ir al día con los estudios, y vi que Mark le rozaba el brazo con los dedos al pasar.
—¿Mañana a eso de las ocho? No será lo mismo sin ti. Además, habrá chuches —dijo.
Jonathan masculló algo sobre que estaba muy ocupado antes de irse.
Mark fue dando un paseo hacia Linda, le sacó el dedo de la boca y se lo metió en la suya.
Ella levantó la vista para mirarlo y luego lo besó sin sacarle el dedo.
Le exploró con la lengua, algo horrible de presenciar.
Entonces, Linda cerró los ojos y Mark los abrió y yo me quedé enredada en su mirada.
Mi cuerpo era un concierto discordante de violín, tenía los nervios a flor de piel. Fui incapaz de moverme o de hablar hasta que él me sacó del trance y la apartó.
Me levanté tambaleante, sentí como si me fuese a desmayar.
—Asegúrate de persuadir a Jonathan para que venga, ¿vale? Tenemos que tender puentes y ser menos egocéntricos. Además, ¡conozco la manera perfecta de conseguirlo!
Me mordí la lengua para no preguntársela, aunque en mitad de todo ese trauma y alboroto, quedaba espacio para un subidón emocionante de adrenalina.
Linda soltó una risa metálica que indicaba que sabía lo que se cocía.
No era el orden natural de las cosas. Este tío era un interruptor, alguien que rompía circuitos nuevos.
Sentí un hormigueo de electricidad estática.
—Chao, Lindy —dije, en un intento de que las cosas volviesen a la normalidad.
—Hasta mañana. ¡Os va a encantar! —Se acercó para darle otro beso a su novio, pero esta vez Mark la apartó.
—No seas tan dependiente —espetó.
Pareció diminuta, como si alguien le hubiese clavado una aguja y se le hubiese salido toda la fuerza vital del cuerpo. Quería abrazarla, pero, en vez de eso, me armé de valor y me marché.
—Déjalos pasmados esta noche —dijo la voz de Mark a mi espalda—. Yo diría que te alegras de que ese fiasco haya terminado.
Se me aceleró la respiración y me ardieron las mejillas. ¿Así era como solía sentirse Linda? ¿Estaba sufriendo un ataque de pánico o uno de vergüenza? ¿Cómo era posible que ese hombre le hubiese dado la vuelta a nuestro statu quo …?