El juego de la verdad 31
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J acques irrumpió en mi cuarto unos minutos después de que Linda se hubiese ido.

—¡Hola, nena! —Seguía tumbada con la ropa puesta y tapada hasta las orejas con el edredón morado de lunares de cuando era pequeña (una creación especial de Sue)—. ¿Qué haces aquí escondida? —Estiró el brazo y me apoyó la mano en la mejilla caliente—. ¿Estás enferma?

—Estoy de puta madre. —Le aparté la mano de un manotazo.

—¿He hecho algo? —Se encogió.

—¿Vas a hacer que esto gire en torno a ti? —le pregunté, y hasta yo me sorprendí—. Esto no tiene nada que ver contigo.

—Bueno, ¿y entonces con qué? ¿Qué ha pasado? —espetó tras dirigirse hacia la ventana, abrirla y respirar hondo.

—No me apetece hablar del tema.

—¿Desde cuándo a ti no te apetece hablar sobre algo? —Se dio la vuelta para mirarme.

—Bueno, yo qué sé… Desde… ¿ahora mismo? —Adopté una posición fetal y me tapé la cabeza con el edredón para alejarme todo lo posible de él—. ¿Puedes cerrar la ventana? Hace un frío que pela.

—Pareces una oruguita muy mona ahí dentro —dijo.

Sí, en mi crisálida de maldad.

Jacques se sentó en la cama y le dio unas palmaditas al hueco que tenía al lado. Me incorporé, todavía arropada con el edredón, mientras él me ahuecaba los cojines detrás de la espalda.

—Tus ojos… —Me lanzó una mirada penetrante, escrutadora. ¿Podía ver lo que había hecho?—. ¿Has estado llorando? —Me besó los párpados con suavidad y después batió las pestañas contra mis mejillas.

—Sue solía hacerme eso —dije—. Besos de mariposa… —Me inundó una pena indescriptible.

Siguió dándome besos con las pestañas por todo el cuerpo y después empezó a desnudarme con suavidad.

Le dejé. No existe una palabra exacta para describir la traición y la comodidad de regresar a la casa en la que se había convertido su cuerpo.

Por primera vez, fingí un orgasmo. No pareció darse cuenta.

—Te quiero —dije con la voz áspera, la vergüenza se me atascó en la garganta.

—¿Quieres hablar del tema? —Me estrechó en sus brazos.

—¿Qué tema? —susurré en la oscuridad.

—¿El que sea que te haya hecho llorar?

Lo siguiente que salió por mi boca pareció provenir de una inspiración divina (o diabólica):

—No me puedo creer que le hayas hablado a Mark de Louis. —En ese momento, mi dolor, con ínfulas de superioridad, se justificó. La sensación de rechazo borró temporalmente la traición que había cometido.

—Sabía que no te iba a parecer bien, por eso no te lo conté. —Me secó las lágrimas con el pulgar.

—Ah, vale, ¿o sea que ahora escogemos qué cosas contarnos? —Fui ganando velocidad, mi hipocresía me sorprendió y me emocionó al mismo tiempo.

—Que sepas que tampoco es tan malo.

—No deja de meterse conmigo en público y tú siempre te quedas callado. —Estaba muy metida en mi papel de «víctima».

—Mira, el otro día me crucé con él y nos pusimos a charlar. Él habló de su padre, que era alcohólico, y acabé compartiendo mi historia con él sin darme cuenta. Él lo entiende…

—Ah, ¿y yo no? —Su silencio lo dijo todo—. Ese tío no es de fiar —afirmé. Ve con cuidado, Jessica.

—No te estoy excluyendo, solo trato de protegerte. —Alguien debería haber intentado protegerle a él de mí—. Por extraño que parezca, creo que de verdad le importa Linda —continuó.

—¿Y qué pasa con lo que dijiste sobre que no era más que su «proyecto personal» más reciente?

—Puede que me equivocase… o eso espero.

—Te lo dijo él, ¿no?

—Dijo que sabía que no te caía bien y que le dolía porque eres la mejor amiga de Linda.

— Que le dolía. Contuve la respiración hasta que me mareé.

No digas nada . De hacerlo, nos habría destrozado—.

Va a organizar una fiesta pequeña el sábado.

Estamos invitados. Y creo que deberíamos ir, por el bien de Linda.

—No había forma de evitarlo, ninguna clase de resistencia podría parar el tren ahora que había salido de la estación.

Me besó en los labios con la presión justa, con un amor suave y sin pedirme nada a cambio—. ¿Cuándo empiezan los ensayos?

—No pienso hacerlo.

—No permitas que una mala reseña te haga tirar la toalla. —Estaba tan equivocado que me sentí más alejada de él que nunca—. A Mark le hace mucha ilusión, cree que vas a arrasar.

—Te lo ha dicho, ¿a que sí?

—Así es. —Parecía muy orgulloso—. Me da la sensación de que es un cabrón con talento. — No digas nada —. No voy a permitirte rechazar el papel. Siento que va a ser importante para ti.

—¿Te da igual que me ningunee?

—Jessie, te las puedes apañar —contestó—.

No me cabe duda de que sabrás cómo defenderte.

—Sentí como si una mano me bajase por la tráquea y me asfixiase.

Tosí—. ¿Estás bien, mi amor? —Me dio unas palmadas en la espalda.

Yo asentí, tragué saliva e inspiré hondo—.

Y recuerda que naciste para estar ahí arriba.

—Hablando del tema —dije, obligándome a levantarme de la cama—, tengo que prepararme para esta noche.

—¡No dejes que esos capullos te desanimen! —Iba con buena intención, pero era muy condescendiente—. Solo te quedan un par de noches.

Por extraño que fuese, iba a echar de menos mi actuación consciente de mí misma como la hijastra seductora. Pirandello me había poseído y reclamado como suya. Por ahora, estaba a su servicio. Mejor eso que estar al servicio de Mark Whitman.