30
–P areces abrumada, Jessica. ¿Quizá podrías intentar estar presente en este momento, conectar con tu respiración y plantar los pies en el suelo?
Estoy sentada en una silla que me queda demasiado alta; me cuelgan los pies, tengo el cuerpo extrañamente torcido y me he quedado sin aliento.
Hago fuerza para levantarme, inspirar y espirar.
La doctora cuenta conmigo: cuatro, cuatro, cuatro, cuatro, y luego, seis, seis, seis, seis, después, ocho, ocho…
Respiraciones superficiales que hacen que me entre la risa tonta y me maree.
Levanto los manos por encima de la cabeza y pienso en el comentario de Mark sobre mi capacidad para llegar más alto, superar mis límites.
Echo un vistazo a esa pared triste y solitaria a través del cristal.
—Ahí fue cuando debería haberle parado los pies.
—Quizá no pudiste…
—Pues claro que pude, pero no lo hice.
—¿Te importaría que compartiese lo que he visto a medida que relatabas ese episodio?
Episodio . Ahí es cuando empiezan las invenciones. Asiento.
—He visto a una niña abandonada que haría lo que fuera por complacer a los demás —afirma. No me rio, aunque debería—. Para un niño, el abandono es una experiencia extremadamente dolorosa.
Me quedo de pie con la vista clavada en el cristal sucio y sin ver nada real tras él.
—En ese momento no era una cría —contesto en voz baja.
—No es de extrañar que tu forma de empatizar con los demás se torciese —prosigue la doctora Collins.
—¿Y eso excusa mi comportamiento? —Sueno dura—.
¿Ahora me vas a decir que estaba buscando amor donde no debía?
—Se queda callada y deja que mi comentario cínico flote hasta ganar sustancia—.
Me declararon culpable. —Me acerco hasta la ventana, le echo el aliento, me bajo la manga y la limpio—.
Hace tiempo que no se pasa nadie a limpiarlas.
—Tampoco es que la vista sea buena —responde.
Aprieto la nariz contra el cristal.
La doctora Collins se queda un buen rato en silencio antes de decir:
—¿Ese sentimiento te resulta familiar? ¿El de tener una hoja de cristal separándote del mundo y estar aplastada contra ella?
—Vuelve a decepcionarme. Otra vez. Y, aun así, sigo volviendo.
¿Por qué? ¿Acaso necesito compañía, alguien que me escuche?
Me froto la punta de la nariz, seguro que está asquerosa—.
Volvamos a esa culpa que has mencionado antes —dice.
Noto el peso de toda esa culpa en el pecho, subiendo e instalándose en mi garganta, empujando desde la parte trasera de los ojos. No llores, no llores . Levanto la vista al techo. Las mejores actrices no lloran. Las mejores actrices son las que no permiten que sus personajes sean de lágrima fácil.
—No estoy muy segura de que esa fuese una experiencia sexual consentida.
No pienso ir por ahí. Sé lo que sentí. Estaba abrumada, sí, pero yo quería que pasase.
—Más vale que vuelva. —Me miro el reloj de forma exagerada. Voy tarde, voy tarde, voy a llegar tarde a una cita muy importante .
Ambas sabemos que no tengo nada a lo que volver: ni niños que cuidar, ni un trabajo que atender, ni un marido al que hacerle la cena ni con quien hablar.
No me pregunta cuándo quiere que fijemos la próxima sesión, lo que me transmite un perverso deseo de que lo haga. Siento una extraña pena por haber decidido marcharme.
Cuando me doy la vuelta para salir, escucho su voz a mi espalda:
—Encuentra a esa niña que sufre de tu interior, necesita que cuiden de ella.
Pongo los ojos en blanco de manera dramática, pero, de camino a casa, reflexiono sobre sus palabras.
¿Qué hago, le compro un arsenal infinito de Smarties?
Voy a un quiosco, me compro diez tubos y saco los naranjas.
La pequeña yo está contentísima hasta que le entran ganas de vomitar.
Nunca he tenido límites, ni internos ni externos.
Cuando llego a casa, decido que el único lugar que me queda es la página. No hay ninguno más.