El juego de la verdad 29
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E n cuanto volví a cruzar el arco delantero estilo palazzo de Wilde y recorrí los adoquines hacia mi nueva vida, volví a convertirme en la novata más cañón, en la actriz favorita de los artistas de Wilde y en la mitad de la pareja más guay y adorable de la universidad.

Era especial , no podía evitarlo. Me empapé de la majestuosidad de los edificios antiguos que cercaban este espacio exclusivo al que yo pertenecía.

Estaba nerviosa y eufórica, el rostro y la voz de Sue se alejaban con cada paso que daba hacia mi nueva vida.

Nunca me quedaría así de atascada en la insignificancia, la tristeza y la pobreza.

Nunca cargaría con un hombre como mi padre, que tuvo una hija que no quería.

Sue escogió de pena a su hombre, ella escogió su vida de pena. No es culpa mía .

El cielo estaba bajo y los terrenos estaban envueltos en un manto neblinoso, era romántico, pero de un modo sombrío.

Volvía a protagonizar mi propia película: una historia de reinvención, de triunfo contra la adversidad, siendo esta una huida insólita de los sofocantes suburbios.

Soy una persona por derecho propio, soy libre, soy yo misma…

Me vibraba el cuerpo al son de esos pensamientos de adolescente total y, cuanto más los repetía, más me los creía, o más me intentaba convencer de que me los creía.

—¡Pero bueno! —exclamó una voz familiar a mi espalda. Fue como si mi exaltación lo hubiese invocado—. ¿Qué haces por estos lares míos?

— ¿Tuyos? —Hizo un gesto con el brazo para señalar las habitaciones palaciegas situadas detrás de él en la plaza principal—. ¡Esta plebeya ha decidido que quería ver cómo viven los becados de verdad!

Se rio con aprobación. Fue hacia el campanario y me hizo un gesto para que lo siguiese. Me quedé helada.

Se detuvo y me miró con curiosidad.

—¿No te creerás esas chorradas supersticiosas, no?

—No estoy dispuesta a comprobarlas.

La leyenda decía que si atravesabas el arco del campanario suspenderías los exámenes, la persona a la que amabas de pronto empezaría a odiarte, acabarías sin hijos, sin un duro y más solo que la una. Además, la campana se pondría a repicar si eras virgen.

Se paseó por debajo del tejado.

—No ha sonado ninguna campana —dijo a la vez que levantaba la vista.

—No me sorprende —contesté, quedándome en el borde. Nunca había oído hablar de ningún estudiante que se hubiese arriesgado a cruzarlo.

Me miró, le brillaban los ojos de manera alegre y provocativa.

—Te aseguro que no voy a catear nada.

—¿No te da miedo lo demás? —pregunté.

—Linda no va a despertarse un día y odiarme, ¿no?

Puto engreído. Quería decirle a Linda que no fuese tan maleable y dispuesta.

—Y tampoco creo que vaya a morir solo y pobre.

Además, no quiero hijos. —Me pregunté si Linda lo sabía.

En ese momento, recordé lo que había dicho Jacques sobre que Linda no era más que el proyecto personal más reciente de Mark y que al final se cansaría de ella—-.

Venga —dijo—. No eres una persona que se deje llevar por la multitud sin pensar.

—Simplemente no pienso tentar a la suerte.

—¿De verdad? Te tenía por alguien que traspasaba límites y se arriesgaba.

—Esa maldición es antigua y paciente. No me apetece ponerla a prueba.

Le pareció tronchante, se dio una palmada en el muslo en una parodia del estudiante-caballero que fingía ser.

—Tienes que reclamar tu historia. Eres tú quien tiene las riendas de tu vida, de tu futuro.

Fue asombroso lo bien que encajaba esa afirmación con lo que había estado pensando justo antes de toparme con él. Soy libre, soy yo misma… Levanté la vista en su dirección y el ardor de sus ojos me abrió un agujero en mitad del torso.

—Hazlo, te reto.

La adrenalina me recorrió el cuerpo. Esa palabra tenía poder sobre mí y él lo sabía.

Me atrajo como un imán, tenía una carga irresistible.

Fui ganando velocidad hasta que me di cuenta de que estaba corriendo tan deprisa como podía, y sin dejar de contener la respiración, por debajo de la torre, como si los vapores de la maldición atrapados en los viejos muros de la torre del reloj no pudiesen infiltrarse en mi cuerpo si no los respiraba.

Cuando atravesé el campanario a toda velocidad, el reloj dio la una.

Estaba nerviosa, entusiasmada, temblando.

—¡¿Ahora es cuando me dices que eres virgen?! —gritó.

—¡Cosas más raras se han visto! —aullé mientras embestía en otra dirección.

—¡Bien hecho! —exclamó, y me encontró al otro lado—.

Estoy orgulloso de ti por haber superado tus límites.

—No pude evitar sentirme como una niñita de papá que acababa de llegar a casa con otra matrícula de honor y una pegatina de estrella en el cuadernillo de ejercicios—.

Oye, ¿te apetece ver cómo viven los becados de verdad ?

Tengo más o menos una hora libre hasta mi siguiente clase.

Se alejó sin esperar una respuesta.

Seguí su espalda, por supuesto, vestida con la parka, que estaba inusualmente limpia, lo que me llevó a preguntarme cuántas idénticas tenía guardadas en el armario.

Me imaginé un montón de parkas esperando rígidamente a su entera disposición.

Reprimí una risa. Las botas de vaquero repiquetearon con fuerza sobre los adoquines al compás de mi corazón desbocado, o eso pareció.

—¿Y Linda? —pregunté cuando llegamos a su cuarto.

—No soy su niñera. —Se encogió de hombros.

—¡Quién lo diría!

Se dio la vuelta con una sonrisa burlona, le brillaban los ojos. Ya estábamos otra vez. Agitó las llaves con teatralidad, como si fuese un carcelero con un poder desmesurado, antes de introducir la principal en el cerrojo.

—Por aquí, señorita —dijo, y subió dando zancadas en la oscuridad.

Cuando llegó al primer piso de la escalera de caracol, se detuvo y volvió a hurgar ruidosamente en el llavero en la penumbra. El olor a incienso me asaltó en cuanto abrió la puerta.

—Nunca te habría tomado por un hippy —afirmé.

—A estas alturas deberías saber que soy imposible de clasificar.

Su habitación era enorme, de techo alto, y tenía una luz suave y ambarina que se derramaba a través de las grandes ventanas de guillotina desde las farolas de fuera, encendidas incluso pese a la luz diurna gris.

El suelo, hecho de tablones de madera desnuda, crujía y había libros desperdigados por todas partes: amontonados en el suelo y tambaleándose en unas pilas inestables sobre la mesa.

En la esquina descansaban un gramófono antiguo y un montón de vinilos.

—¿Es una antigüedad? —pregunté mientras me acercaba.

—¿Cómo de viejo tiene que ser algo para considerarse una antigüedad?

—Ni puta idea. ¿Entonces es retro?

Entró a la cocina, riéndose.

—¿Te apetece un whiskey ?

—Si insistes. ¿Es un vicio secreto?

—Yo no lo toco, es solo para invitados —respondió.

Invitados . Sacó un vaso de un armario y sirvió una cantidad generosa de whiskey .

—¿Qué piensas hacer, emborracharme?

—No me gustan los borrachos —contestó, y dejé el vaso—. El alcohol es una opción bastante triste.

—¿Triste para qué?

—Para buscar experiencias alternativas.

—Venga ya, si no es más que una forma de relajarse.

—Conozco formas mejores de hacer eso —contestó.

Mi cuerpo bailó al son de esa promesa.

Fue al grifo, se sirvió un vaso de agua y se giró hacia mí.

—Salud.

—Salud. —Me percaté de que me estaba llevando el vaso de whiskey a los labios y tragando al mismo tiempo que él me atrapaba con su mirada brillante.

—¿Qué tal está Jacques? Hacéis una pareja preciosa, ya lo sabes.

—Vaya, gracias —respondí, e hice una reverencia como un bufón servil.

—Tiene algo, ¿no crees? Es atractivo, pero está triste, como si le hubiesen hecho añicos el corazón. —Abrí la boca para contradecirle, pero no salió nada—. A Jonathan le pasa lo mismo, es guapísimo, pero está destrozado.

Sabía a qué se refería, pero lo que dijo sobre Jacques seguía retumbando. ¿Qué veía él? ¿Qué sabía?

—Y tú… —susurró a la vez que me observaba.

—¡Una chiflada herida! —contesté mientras intentaba alejarlo a golpes.

—«Bien que te joden tus papis. Aunque no adrede, lo hacen…» —entonó—. Larkin.

—Lo conozco —respondí. Bebí más whiskey —. De todas formas, es un pelín reduccionista.

—¿Eso crees? —Me observó.

—Ya sabemos qué opinas del desgraciado de tu padre. —Me sequé la boca con el dorso de la mano, me gustó el cosquilleo que noté en los labios.

—¿Y qué hay de los tuyos? —Brindó de broma conmigo.

Me presioné esa parte irritada de la garganta—.

Qué tic tan interesante —comentó—. Podemos usarlo en los ensayos.

Es un gesto fantástico, dice mucho. —Aparté la mano, sentí unas ganas repentinas de llorar y me cabreé conmigo misma—.

¿Duele? —Se acercó y me tocó ese mismo punto del cuello—.

¿Puedo decirte lo que veo, Jessica…? —Me vibraba el cuerpo—.

Veo tu vulnerabilidad, veo quién eres en realidad.

—Quería mandarle a la mierda, pero al mismo tiempo no quería que apartase los dedos—.

Tu padre se largó. Tú le querías. Pensaste que él también te quería, ¿verdad?

—¿Qué le había contado Linda? Se me llenaron los ojos de lágrimas, levanté la vista al techo y tragué saliva para contenerlas—.

Buena elección. Las mejores actrices no lloran.

—Su mano se quedó donde estaba—. Reescribamos esa historia cuando representes a mi Jessica.

Vamos a convertirte en la que abandona, en vez de en la abandonada.

Me gustó esa idea, sentí que mi cuerpo rezumaba fuerza.

Me recorrió el hueco de la garganta suavemente con un dedo.

En ese momento, mi cuerpo rezumó algo distinto.

—Es una parte preciosa del cuerpo de una mujer —afirmó.

Quería preguntarle si lo de no darme más nota que a Linda iba en serio—.

¿Crees en Dios? —me preguntó tras bajar la mano de golpe, como si se hubiese quemado, como si hubiese escuchado mis pensamientos vulgares.

Me quedé con unas ganas inmensas de que me tocase.

—¿A qué viene eso? —contesté.

—¿Sí o no? —insistió.

—Supongo que no le he dado muchas vueltas.

—Bueno, pues deberías.

—Pensaba que tú no creías en la providencia divina —dije, refiriéndome a no hacer caso de la maldición del campanario.

—Creo en un poder superior. El papel del artista es canalizarlo. Tengo ganas de enseñarte a conectar con él.

—¿Y cómo sugieres que lo haga? —pregunté, emocionada ante la perspectiva de que pudiese haber drogas de por medio. Apuré los restos del whiskey .

—Haciendo que te abras y despojándote del ego, ayudándote a conectar con la versión más real y auténtica de ti misma…

—Algo nada pretencioso —respondí, e intenté adoptar un tono irónico que acabó sonando patético.

—Vamos a limar esos bordes afilados y a ver cuánto dolor y belleza sale a la luz…

—Ninguno de los dos se rio—. Vamos a ponerte en contacto con la magia.

—Supuse que se estaba refiriendo a esa sustancia que no era el alcohol.

Una realidad aumentada —. ¿Estás preparada para expandir tus límites al máximo?

—Sí —susurré.

—«Atreverse es perder el equilibrio momentáneamente» —dijo.

Antes de que supiese lo que estaba pasando, su mano me estaba apretando el cuello con fuerza, me desabrochó los vaqueros con la otra y luego me metió un dedo, después dos y luego tres. Me corrí casi al instante. Un éxtasis terrible y bochornoso.

Al terminar, fue al fregadero y se lavó las manos.

Me subí la cremallera con los dedos temblorosos.

—Que esto quede entre nosotros —contesté con un hilillo de voz.

—¿El qué? —preguntó con una expresión impasible. Echó un vistazo a su reloj, un modelo de 1920 de cuero—. Tengo que irme, no quiero hacer esperar a mi estudiante.

—Bonito reloj —dije por decir algo.

—Bulgari, Vestiaire… Esto sí que es un buen ejemplo de algo vintage . —Me acompañó hasta la puerta de entrada—. Mucha mierda esta noche. —Me deseó con un tono neutro mientras me invitaba a salir—. Estoy deseoso de dirigirte.

Cuando eché a andar en dirección a mi cuarto en piloto automático, escuché su voz en mi cabeza, desmontando mi realidad: «Antes de que supieses lo que estaba pasando. ¿Es eso cierto, Jessica? ».

Una hora después, estaba tumbada en la cama, inmóvil a medida que escuchaba la lluvia de fuera, aterrada por el momento en el que Jacques entrase por esa puerta, cuando, de repente, alguien llamó.

La puerta se abrió y ahí estaba Linda, emocionada, con los pelos de punta. Fue como si le hubiese caído un rayo.

—Mark acaba de decirme que me quiere.

—¿Cuándo? —Me incorporé.

—Justo ahora. Hemos echado el mejor polvo del mundo y después me ha dicho que me quería.

Algo duro y frío se instaló en mi interior, me heló el corazón y me impidió moverme.

Linda ni se percató de lo asombrada que estaba.

Se había quedado sin aliento y una lágrima le resbaló por la mejilla.

Quería secársela y estrecharla entre mis brazos.

Quise ponerme furiosa, advertirla, contarle mi secreto, decirle que era un depredador peligroso, tóxico y un manipulador, pero, en realidad, ¿de quién tenía que advertirle?

Continuó repitiéndolo con una voz que era la suya:

—También quería pedirte perdón por haber sido un poco cabrona últimamente. Nunca he estado enamorada. Da miedo, ¿a que sí? Esa experiencia de sentir algo que escapa a todo cuanto habías conocido… —Me miró con un amor puro y sin filtros—. Pero eres mi mejor amiga. Hermanas para siempre, ¿verdad?

Me di la vuelta y me acurruqué en posición fetal para que se me dejase de subir la bilis a la boca.

Se sentó con suavidad en el borde de la cama.

—¿Estás bien, corazón? ¿Tienes calambres? Espero que te mejores para la actuación.

Alargó el brazo, me apartó el pelo de la frente y me acarició como si estuviese calmando a una niña.

Ojalá no hubiese usado esa expresión de Sue.

Recuerdo pensar que me quebraría bajo el peso o la fuerza de la culpa, como si me hubiesen lanzado una mole gigantesca y sólida de cemento. Acababa de poner las cosas en marcha.