El juego de la verdad 28
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E stoy desnuda sobre un escenario giratorio con luces estroboscópicas, corro, corro y corro sin llegar a ninguna parte mientras Mark grita: «¡Falsa, eres una falsa, ve más allá de tus límites, encuentra la Verdad!

», y Linda va puntuando mis partes del cuerpo con crueldad y mis dotes de actuación en números negativos, «Qué sobreactuada», y Jacques y Jonathan me señalan y se ríen cuando tropiezo.

Unas manos me sujetan y me pongo a gritar. Jacques me está mirando con los ojos brillantes y repletos de luz.

—¿Has tenido una pesadilla, nena? Acércate, haré que te sientas mejor. —Me besó en la cabeza e intentó estrecharme en sus brazos para que echásemos un polvo mañanero como de costumbre. Por primera vez, me negué. Parecía dolido, aunque hizo lo que pudo por disimularlo—. ¿Tan malo ha sido?

—Necesito ver a Sue —espeté. Sentía nostalgia, un agujero que me carcomía por dentro.

—¿Por qué? ¿Va todo bien? —preguntó.

—No lo sé, lo único que sé es que necesito verla.

Me besó y luego murmuró grogui:

—Vale, entonces dile que me mudaré a lo alto de su árbol.

Lo aparté de un empujón e intenté reírme.

Cuando estaba en el autobús, me di cuenta de que llevaba desde que me fui a la universidad, hacía seis meses, sin pasar por casa, y de que no había visto ni hablado con Sue desde Navidad.

¿Qué pensaría cuando me presentase ahí sin avisar y cómo disimularía la culpa…

? Lo único que sabía es que de pronto me abrumó un fuerte de seo de verla.

Pensé en el olor a pastelitos y en mi fiambrera siempre a reventar, que era la envidia de todo el colegio; pensé en ella alimentando a Linda y en su expresión rebosante de ternura al verla comer; pensé en ella bailando, contándonos cuentos y riéndose.

Pero también había algo más en esa mezcla, una ansiedad indescriptible que me impulsó a no avisarla.

Me reservé el derecho a cambiar de opinión hasta que llamé al timbre.

La cara que puso al verme cuando abrió la puerta fue como una película: primero, la sorpresa, seguida rápidamente de alegría y, después, de enfado. Pero no pudo evitarlo, al final el amor que me tenía ganó la batalla.

—Maldita diablilla, deberías haberme avisado de que ibas a venir.

—Estaba por aquí —contesté.

Se produjo un silencio extraño antes de que me invitase a pasar.

La casa estaba hecha un desastre, como ella: sucia y descuidada.

Me quedé de piedra al oler el sudor seco y las comidas precocinadas baratas, la peste a plástico y a carne procesada recalentada.

Quería abrazarla y darle un beso en la nariz como solía hacer ella conmigo y luego decirle que se fuese a la ducha y a maquillarse, que ya limpiaríamos las cosas después y nos pondríamos a hornear algo juntas.

En vez de eso, le lancé una mirada que nos avergonzó a las dos.

Se le tensó el cuerpo y yo adopté esa mirada altanera de superioridad que se apoderaba de mí en cuanto sentía cualquier clase de ternura estando con ella.

Hasta a mí me sorprendió esa ambivalencia.

—Al menos podrías haberme dado la oportunidad de asearme, de verdad. Últimamente no se ven muchas visitas por aquí —empezó a decir con nerviosismo.

Sentí ese tirón de tristeza familiar en el pecho y me molestó, pobre Sue. Una especie de estasis educada se apoderó de nosotras en el pasillo y ninguna de las dos se movió por miedo a perturbar ese delicado equilibrio.

—¿Qué tal te va? —preguntó unos instantes después.

—¡Bien! ¡Genial! He estado ocupada, ya sabes.

Ninguna de las dos dijo lo que pensaba en realidad.

Ella: «¿Dónde te habías metido, desagradecida?

». Y yo: «Te echo de menos y necesito consejo, las cosas se han puesto raras, Linda ha conocido a tío problemático y estoy preocupada por ella», aunque eso tan solo era la mitad de la historia, claro; la otra mitad era incapaz de expresarla, pero, aunque hubiese podido, Sue no hubiese tenido ni idea de qué responder, al fin y al cabo, ella eligió a mi padre.

Pude ver cómo se convertía en una bola de ansiedad disfrazada de «diversión». Se abalanzó hacia la cocina y yo la seguí, sacó el limpiador, pulverizó un poco en el aire y luego puso un CD de The Temptations.

—¿Té o vino? —preguntó mientras meneaba las caderas con poco entusiasmo al ritmo de «Papa Was a Rollin’ Stone».

Me di cuenta de lo mucho que necesitaba que se comportase como una adulta.

—Té, por favor —contesté—. Es pronto.

—Aguafiestas —respondió al mismo tiempo que bajaba dos tazas del armario y las lavaba y secaba con rapidez mientras esperaba a que hirviese la tetera—.

¡Es la hora del té! —canturreó al abrir un paquete de Jacobs Mikado.

La cobertura dulce de la galleta me trajo recuerdos de cuando podía ponerme hasta las cejas de azúcar siempre que quisiese.

En cuanto nos sentamos a la mesa, se levantó para buscar un trapo, que utilizó para limpiar las migajas mientras volvía a disculparse por cómo estaba la casa. Al final, se sentó y me miró a los ojos. Me di cuenta de que los tenía inyectados en sangre, con bastantes surcos.

—Bueno, qué agradable —comentó a la vez que me observaba por debajo de unas pestañas casi inexistentes, que solían estar pintadas con una capa de máscara brillante.

Apenas la reconocí sin ir tan maquillada.

¿Era yo el motivo por el que había mantenido la compostura durante todos esos años, y era yo el motivo por el que ahora… ?

—Hmmm… —Me metí media galleta en la boca.

—¿Va todo bien? —Asentí con las mejillas llenas y puse una sonrisa falsa—. Linda me ha contado que sigues con ese novio francés.

—Sip —contesté después de tragar y dar un sorbo de té.

—Me alegro por ti, parece simpático. —Hasta ese momento, la palabra «simpático» jamás había salido de sus labios—. Me encantaría que vinieses a verme más a menudo —confesó—. O que por lo menos llamases.

Los sentimientos contradictorios de siempre se tropezaron unos con otros: culpabilidad y amor, frustración y anhelo.

Me comí otra galleta, pero esta vez hice un espectáculo al quitarle la parte de arriba con los dientes, y luego la de abajo, para revelar la nube pegajosa y dulce del interior.

—Algunas cosas nunca cambian, corazón —afirmó con una sonrisa. Odiaba que me llamase «corazón». Pobre Sue, no podía salir ganando—. ¿Por qué no invitas a tus amigos a cenar algún día? A mí me encantaría…

Ni de broma iba a exponerla al ridículo mordaz de Mark. Solo de pensar en él aquí, en esa casa tan cutre, bastaba para que me sonrojase.

—Gracias, se lo preguntaré —contesté.

La expresión dolorida de su rostro indicaba que sabía que no lo decía en serio.

—Fui a verte a esa obra —comentó.

—¿De verdad? —Me quedé sin aliento—. ¿Por qué no te acercaste a saludarme después?

—Estabas rodeada de admiradores.

Pensar en ella ahí sola me resultó insoportable, pensar en el amor incondicional que sentía por mí, en el hecho de que no me hubiese abandonado, era insoportable. Me insensibilicé.

—¿Qué te pareció?

—Creo que no la entendí —respondió—. Pero estuviste impresionante ahí arriba, enigmática, nadie podía apartar la vista.

Le brillaban los ojos con unas lágrimas que se esforzó por mantener a raya. ¿Estaba orgullosa de mí, o solo se arrepentía de la vida que no había vivido?

Se levantó, suspiró y fue al fregadero; después, abrió el grifo, se sirvió un vaso de agua y se lo bebió con rapidez. Luego se volvió para mirarme.

—He oído que Linda ha conocido a un chico —soltó con una voz demasiado estridente—. ¿Te lo ha presentado?

—¿Y a ti? —pregunté. Negó con la cabeza. Le resultaba doloroso—. Te aseguro que no quieres conocerlo —afirmé.

—¿No te alegras por ella? —preguntó, y volvió a sentarse en frente de mí.

—No me alegro de que sea él.

—Estás haciendo lo mismo que con el novio que se echó en el instituto.

—¿El memo de Stu? —bufé.

—Vale, sí, era un poco patético —resopló ella—. Recuerdo al pobre imbécil plantado debajo de nuestra ventana durante días después de que lo mandase a tomar viento… o de que tú lo hicieses por ella.

—Pues este no tiene nada de patético.

—Bueno, eso está bien, ¿no?

¿Cómo podía describirle el potente pero peligroso encanto de Mark? Aunque, claro, ella también había estado bajo el hechizo de alguien igual de adictivo y traicionero.

—¿Has tenido alguna cita? —pregunté, deseosa de que la respuesta fuese sí.

—¿Quién iba a querer estar con esta vejestoria? —Soltó una risa alegre y metálica.

—Con esa actitud, no —contesté. Me dije que estaba practicando una versión de amor duro.

—Tú no sabes lo que es —dijo, casi con tristeza. Quería zarandearla (ahora que tengo su edad, lo entiendo)—. Cuando veas a Linda, ¿te importaría decirle que viniese de visita? Estoy preocupada por ella.

Sentí ese conflicto de siempre entre querer empujarlas para juntarlas y así poder desentenderme de la responsabilidad, y unos celos punzantes al pensar que le importaba más ella que yo.

Me levanté y las patas metálicas de la silla chirriaron contra el linóleo.

—Bueno, mejor me voy yendo.

—¿Cómo, tan pronto? ¿No te quedas a cenar?

Fui hacia ella y le di un beso en la mejilla.

—Tengo que volver, esta tarde tengo un seminario.

—Que no vuelva a pasar tanto tiempo hasta la próxima visita.

—Claro…, hasta pronto —solté de forma despreocupada, como si fuese cierto y no me hubiese tirado los últimos tres meses pasando de ella.

—Me lo pasé bien en Navidad —afirmó, parecía muy triste—. Te quiero.

Esos tentáculos invisibles me rodearon y se acercaron tanto que estuvieron a punto de asfixiarme.

Fui incapaz de decírselo. Dos palabras que la habrían hecho muy feliz, una mentira piadosa.

Me convencí de que no quería ser una hipócrita.

Me obligué a darle un beso en la otra mejilla, pero me aparté antes de que pudiese abrazarme.

Me despedí de su silueta solitaria de pie en el umbral, después me di la vuelta y salí pitando, recorriendo las calles de mi infancia a toda velocidad, pasando por el campo donde Linda y yo solíamos ponernos como una cuba con unas tazas hasta arriba de mejunjes de la licorera de nuestros padres, dejando atrás las casas idénticas que ahora parecían más pequeñas y tristes y los árboles esqueléticos de corteza enfermiza y desconchada.

Tenía el pecho tan encogido que tuve que obligarme a meter aire de alguna forma.

Llegué a la parada del autobús, pero seguí corriendo, era imposible que me sentase en un autobús sin sufrir una combustión interna.

Cuando no me quedaron fuerzas para correr, eché a andar durante horas.

Pobre y desgraciada Sue. Hacía que me sintiese fatal y cabreada y triste y llena de un amor asfixiante con el que no quería, no podía o, simplemente, no estaba dispuesta a cargar.

Podía escuchar la voz de Mark diciendo: «Fue ella quien te convirtió en lo que eres, ¿no?».

—Te hizo cuestionarte tu versión de la realidad. Algo peligroso —dice la doctora Collins.

—¿De verdad? Su argumento era que nadie podía obligarte a sentir nada.

—Y, aun así, tenía el poder de hacerte creer que lo que sentías no era real. Tuvo que serlo. Era tu experiencia. —No estoy convencida, pero ella lo ve—. Me refiero a que Mark tenía más influencia sobre ti de la que admites. Te tenía bajo control.

—Soy consciente.

—Pero no creo que estés reconociendo del todo hasta qué punto tenía poder sobre ti.

—Todavía no, estoy en ello…

—Sigue igual, Jessica. Han pasado décadas y sigue teniendo poder sobre tu vida.

¿No me digas? Pongo los ojos en blanco, suspiro, me encojo de hombros.

Hago todos los gestos típicos de manual.

Me frustra saber que ese hombre ejerció una influencia excesiva sobre mí; que, a pesar de creer que podía participar en ese juego y ganar, a mí también me deslumbró, me confundió, me utilizó.

A mí también .