27
U n par de días después de haber cometido el error de invitar a todo el mundo a mi cuarto, me topé con el monstruo de dos cabezas que eran Linda y Mark en el edificio de artes, al salir de un seminario de lingüística (que me hizo retroceder de golpe a las clases de trigonometría, cuando el mundo se difuminaba y daba vueltas; era la única asignatura que había suspendido en mi vida).
Estaba de los nervios. La reseña de HUP!
sobre mi actuación de la noche del estreno no era perfecta como de costumbre: «Jessica McSwain parecía demasiado consciente de sí misma al hacer de hijastra, demasiado autocomplaciente.
No consiguió meterse de lleno en la piel de su personaje en ningún momento».
¿Es que no veían que estaba representándola con aires de superioridad, tal y como pretendía Pirandello?
—¿Has pasado mala noche? —Mark me observó.
Me llevé la mano a la nuca automáticamente y empecé a arrancarme pelos uno a uno, algo que llevaba sin hacer desde el año que mi padre se largó.
—Necesito comer algo —dije, y me dirigí hacia el puesto de café.
—Hola, nena. —Jacques vino hacia mí con los brazos extendidos—. Esta mañana te has marchado antes de que pudiese despedirme de ti.
—Hola, Jacques —saludó Linda.
Jacques me dio un abrazo, luego otro a Linda y saludó a Mark de forma amistosa. El tío no tenía ni idea, ¿es que no pillaba mi lenguaje corporal?
—¿Os apetece algo? —preguntó.
—Ya me encargo yo de lo nuestro —contestó Mark mientras iba hacia la vitrina y pedía un sándwich de huevo para Linda.
Jacques me pilló una bolsa de patatas y una limonada.
Los cuatro nos sentamos en unos taburetes altos; a Linda y a mí nos colgaban los pies, mientras que los de los chicos, como tenían las piernas largas, estaban bien plantados en el suelo.
Nos tomamos las bebidas, pero el sándwich seguía sin abrir sobre la mesa, que tenía unos dibujos grabados de iniciales, corazones y una frase solitaria: «Las violaciones no existen en la luna».
Me puse a temblar, estaba segura de que fui la única en darse cuenta.
—¿No te lo vas a comer? —le preguntó Mark a Linda. Lo sacó al instante del envoltorio y le dio un bocado, parecía una niña a la que su padre le había prohibido levantarse de la mesa hasta que se terminase las verduras.
Decidí echarle un cable, así que estiré el brazo para apoderarme de la otra mitad. Estaba seca y asquerosa. Saqué la lengua cubierta de pan revenido a los de la mesa.
—Qué asco.
—Estamos intentando que Linda coma más, ¿a que sí, cariño? —preguntó Mark mientras le mordisqueaba el lóbulo de la oreja. Dio un sorbo de café y se lo tragó.
Debería haberme alegrado de que la animase a comer, pero estaba cabreada.
—Pero si odias el huevo —espeté—. Sabes que estos vienen de gallinas enjauladas.
—Necesita más proteína —respondió Mark. Parecía como si Linda fuese a potar si le daba otro bocado.
Mark le apoyó la mano en el antebrazo—. Ya sabes lo que te dije sobre chasquear la mandíbula.
—Masticó con más cuidado—. Mi padre hacía lo mismo, masticaba en alto.
Es una asquerosidad. —Mark tenía la capacidad de dejar a la gente pasmada.
Ni Jacques ni yo fuimos capaces de reaccionar—.
¿Y qué hay de ti, Jacques? ¿Hay algo que te moleste de Jess?
Jacques se comió las patatas que le quedaban y se las tragó con un sorbo de agua con gas de marca Ballygowan.
—No, ella es perfecta tal y como es —contestó Jacques.
Le lancé un beso en el aire, él lo pilló al vuelo y fingió comérselo.
—Mi chico es deliciosamente perfecto —respondí yo, mirando a Jacques.
—¡Qué mentirosos tan monos! —exclamó Mark.
Jacques se rio y se disculpó para ir al baño. ¿Es que no se podía confiar en él para que me apoyase cuando lo necesitaba?
—La sinceridad es algo fundamental en cualquier relación —afirmó Mark cuando Jacques se había ido.
Pensé en cómo me había salido el tiro por la culata cuando lo obligué a que me llevase a ver a su hermano en busca de la sinceridad absoluta entre ambos.
—Gracias por compartir tu sabiduría —dije—. Aunque no te la haya pedido, otra vez.
—De nada. —Sonrió él.
—Tiene razón, Jess. Sin una sinceridad absoluta, ¿qué nos queda? —soltó Linda. Pequeño loro.
—¿Os habéis unido a una secta o algo?
Ninguno de los dos se rio.
—La capacidad de acceder a la sinceridad es la base de cualquier buena actriz —continuó Mark.
—¿De verdad? Creía que habías dicho que teníamos que ser mentirosas consumadas.
—Tienes que ser capaz de albergar la…
—Paradoja —lo interrumpí, poniendo los ojos en blanco.
—Qué expresiva —respondió él.
—¿Linda…? ¿Te importaría mandar a tu novio amablemente a la mierda? Hoy me duele bastante la cabeza.
—Venga, Jessie, solo está intentando ayudarte a ser auténtica. —Linda se rio.
Parecía como si fuese una referencia velada a esa reseña de mierda. Se suponía que mi personaje tenía que ser sobreactuado . Estaba fingiendo que actuaba. Mark lo sabía, pero no estaba dispuesto a concederme nada.
—De verdad que no estoy de humor. —Me levanté.
—¿Pero sigues queriendo ser la protagonista de mi nueva obra?
—Pues claro que sí —contestó Linda.
—Yo siempre animo a mis actores a expresar su verdad. Es mi versión de la técnica Meisner.
Un método famoso por ser despiadado en malas manos, destinado a conseguir que los actores estuviesen presentes y conectasen con el resto a medida que iban enumerando las «verdades» que veían en los demás.
Primera fase: quienes comparten escena se sientan frente a frente o se ponen de pie el uno delante del otro.
Un actor hace un comentario sobre el otro.
Segunda fase: el segundo actor repite el comentario palabra por palabra sin reaccionar.
El objetivo es permanecer impasible, que dejes de centrarte en ti, erradicar el ego.
«Pareces cohibido, parezco cohibido, te estás sonrojando, me estoy sonrojando, estás inquieto, estoy inquieto…
». Mantenerse receptivo y no reaccionar.
—Linda, tú primera. Con Jessica.
Me miró, me atravesó con la mirada.
—Pareces nerviosa.
—Ahora tú, Jessica —indicó Mark.
—Y tú suenas como una imbécil —contesté.
—No. Repite lo que ha dicho Linda sobre ti.
—Lo que tú digas.
—Espero que no seas así de tozuda en los ensayos.
—Ahora no estamos ensayando.
—¿Jessie? —dijo Linda—. Mírame. Obedecí y miré esos ojos grises neblinosos—. ¿Quieres una dosis de verdad…? Tienes complejo de «creerte especial». —Lo dijo de una forma para nada graciosa.
—Muy ingenioso, Linda —respondió Mark—. Lo entiendo.
Es cierto que Jessica se cree especial : esa ayuda a la que llama «beca», ser la primera de la lista de novatas más cañón, ese novio francés tan guapo, el complejo de abandono paterno, ser siempre la actriz protagonista… Es una identidad bastante excepcional.
Estaba provocando a la loba latente que llevaba dentro.
—Dijo don Estudiante de Filosofía Pretencioso Aspirante a Auteur , que odia a su padre con una oscura pasión, que combina una parka con botas de vaquero y no deja de citar a diestro y siniestro a un fanático religioso…
Cuando me miró, le brillaron los ojos; estaba de acuerdo.
—Ese comentario iba con amor. —Linda se acercó a mí con los brazos abiertos.
Me imaginé a Mark diciéndole lo mismo después de hacerle un «comentario» sincero (o cruel).
—¿Y cómo se supone que me va a ayudar eso? —pregunté, y me alejé de ella.
—Venga, Jess. Tampoco te hagas la tonta. Siempre has tenido complejo de superioridad.
Y me lo decía mi supuesta mejor amiga, que solía llamarme «señorita chachibrilli » y me había jurado lealtad eterna.
—¿Qué…?
—Recuerda cuando íbamos al colegio.
—No pretendía hacer que te sintieses mal contigo misma, a ti sola se te daba de maravilla. —Estaba muy cabreada.
Linda bajó la vista hacia sus Converse desgastadas. Estaba callada y pálida.
—Sabes perfectamente lo que hiciste —respondió.
—Sue y yo solo estábamos tratando de ayudarte.
—¡Chicas! —exclamó Mark, parecía encantado.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—La amistad femenina.
—¿A qué te refieres?
—Ya sabes… —Sonrió y me miró directamente a los ojos—. Lleváis tanto tiempo repitiendo el mismo patrón que ninguna se da cuenta de lo que le está haciendo a la otra.
—Al parecer, ya te has encargado de abrirle los ojos a Linda sobre lo espantosa que soy.
—No, solo he hecho que fuese consciente del efecto que le causaba vuestro pasado compartido.
Jacques regresó en ese momento y vino hacia mí. Me rodeó con los brazos y me dio un beso apasionado en los labios. ¿Era para impresionar? Mark nos observó. Me puse muy cachonda de una forma que no entendía.
Puede que por eso mi matrimonio estuviese condenado: mi marido era bastante franco conmigo, jamás llegó a entender qué tipo de dinámica retorcida necesitaba para excitarme.