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–S iento como si estuviese dejando de entender las cosas.
—¿A qué te refieres exactamente? —La doctora Collins baja la vista hacia sus manos lisas y sin manchas, después, flexiona los dedos.
Echo un vistazo por la ventana, me siento arrinconada.
—Me he topado con un muro.
—¿En qué sentido?
—Mis recuerdos son muy vívidos hasta llegar a cierto punto y entonces empiezan a desdibujarse.
—¿Puede que haya un motivo por el que no recuerdes lo que pasó después? —La doctora Collins se muerde la yema del pulgar como si estuviese pensando qué decir a continuación. Unos instantes después, habla—: ¿Qué pasó desde la última vez que te vi, cuando se desataron las acusaciones contra Mark?
— Nadadenadamonada —digo.
—¿Y eso te frustra?
—Incluso ahora, el titiritero sigue tirando de los hilos.
—Estoy segura de que están investigando el caso.
—No hay «caso» que valga. Fue anónimo, quizá fuese falso.
—Jessica, si me lo permites, pareces cansada —observó.
—Bueno, llevo sin dormir más de un par de horas por noche desde que la publicación salió a la luz. No paro de mirar el móvil compulsivamente. La última vez que le eché un vistazo, habían borrado el contenido de Twitter e Instagram. El hilo ha desaparecido.
—Por ahora —contesta ella—, no hay humo sin un fuego.
Es un cliché, pero espero que tenga razón. Ese hombre no puede seguir evitando las culpas, ¿o sí?
—¿Ahora mismo, en el presente, en qué punto de tu vida estás ? —pregunta con amabilidad.
—Creo que no lo pillo. Estoy aquí, contigo.
—Me refiero a en tu día a día. ¿Cuál es tu rutina?
—Me ducho, como, tomo café y escribo todos los días.
Me estoy echando flores, la mayor parte de días ni siquiera me cambio de ropa.
—¿Ves a otras personas? Amigos, familia, compañeros de trabajo.
—No tengo compañeros de trabajo y mis amigos llevan evitándome desde el divorcio. No suelo acudir a mi familia en busca de consuelo.
Lo cierto es que llevo meses sin visitar a Linda y a Sue.
La última vez fue demasiado insoportable.
Los «qué tal estás», «bien, ¿y tú?», el té, una cantidad ingente de té, la falta de contacto visual, la fachada de educación, los tiburones rondando más abajo en busca de sangre.
Todos esos pasamanos brillando, acusándome.
—¿No tienes que trabajar?
Me deshago de mis recuerdos y vuelvo al presente.
—Eso hago ; estoy escribiendo mi versión de los hechos.
—Escribir no es una fórmula mágica, ni tampoco es excluyente.
—Se alisa las arrugas de la falda de tubo elegante—.
¿Podemos pulsar el botón de reiniciar, Jessica?
¿Puedo decirte lo que veo? —Una frase que solía pronunciar Mark en busca de una verdad y honestidad minuciosas: «¿Puedo decirte lo que veo?
». Empiezo a vibrar—. Veo cómo se desdibujan los hechos y la ficción —prosigue la doctora Collins.
—Escribir es un proceso creativo, creía que era algo natural.
—Pero pareces incapaz de salir de ahí.
—Lo haría si pudiera.
—Me preocupa que estés demasiado absorbida por el pasado.
Saca una libreta de un cajón de la mesa que hay entre las dos y empieza a tomar notas.
—¿Debería preocuparme? Hasta ahora, nunca has hecho eso —comento.
—Es un procedimiento estándar. —Alza la vista, ausente.
—No escucho voces. —Intento poner una sonrisa de tristeza, pero últimamente he perdido todas mis habilidades sociales, así que lo más probable es que sea una de superioridad. Además, eso de que no escucho voces no es del todo cierto; a veces, la de Mark suena más fuerte que la mía.
Muerde la parte superior del bolígrafo, mastica y luego se da cuenta, avergonzada por un instante. Me levanto. Nos miramos. Ella está por debajo de la altura de mis ojos, sigue sentada, con la boca manchada de tinta.
—¿Puedo serte sincera? —pregunta. Me vibra todo el cuerpo. Otra vez está ahí, zumba con temor y anticipación—. Tu aislamiento se está convirtiendo en un problema.
—A mí me gusta —respondo—. Es un alivio.
—Es importante que todos los días interactúes con otro ser humano.
¿Te ves capaz? —Puedo ver a Mark negando con la cabeza por esta absurdez .
Los demás (Linda, Jacques y Jonathan) resoplan, ponen los ojos en blanco, se tragan la risa que amenaza con estallar—.
Al menos, sal a dar un paseo. Mira el cielo que está sobre tu cabeza.
Apúntate a un par de grupos, haz voluntariado.
Me dan ganas de responder: «¿En serio? ¿Para esto te pago ochenta euros la hora?». Pero no lo hago, algo me lo impide. Creo que necesitaré volver.
—Lo haré —respondo con alegría, dicha, o, al menos, lo intento.
El cielo que está sobre mi cabeza es un muro gris inexpugnable. Bajo, cada día está más bajo.
La doctora Collins saca su agenda.
—Creo que lo más sensato es que volvamos a vernos la semana que viene, Jessica.
Me recalca la importancia de hacer algo tan simple como quedar con alguien todos los días, aunque sea para dar un paseo o tomar un café. Nos despedimos de forma educada y yo me aseguro de poner una sonrisa y de prometerle que volveré.
De camino a casa, paro para comprarme un capuchino, le sonrío al barista, intercambiamos un par de palabras, los cumplidos de rigor , y he de admitir que eso hace que me sienta un poco menos bloqueada, un poco menos atrapada en mi cabeza y en mi móvil.
Levanto la vista: el cielo es gris moteado sobre gris, pararse un rato a observar las nubes moteadas transmite alivio.
Doy un traguito de café, lo saboreo , disfruto de la sensación de la espuma sobre la lengua y, por un segundo, me siento activa, viva.
Veo un ramo de narcisos pálidos en un jarrón fuera de la cafetería.
Pienso que son agradables, bonitos, delicados, el botín d e la naturaleza, pero luego me doy cuenta de que es evidente que son demasiado frágiles para este mundo.
Sin duda, acabarán maltrechos por todo lo que les deparará la primavera irlandesa, incluido el granizo, la sorpresa más cruel y afilada de todas.