El juego de la verdad 25
43%

25

E n cuanto entré por la puerta de mi habitación me di cuenta de que invitar a todo el mundo había sido un error.

Estaba hecha una leonera: la cama deshecha, boles de cereales a medio comer desperdigados por el suelo, tazas de café petrificadas en la mesita de noche, partículas de polvo dando vueltas en la tenue luz que se colaba por la ventana.

Mark se sentó en la silla giratoria junto al escritorio y echó un vistazo a su alrededor.

Jacques, Jonathan y yo nos repantingamos en la cama individual y Linda se quedó sentada en el borde.

Jonathan se encendió un porro y Jacques y yo fumamos con ganas.

Le ofrecí una calada a Linda, pero ella lo rechazó y echó una ojeada Mark, que la devoró con la mirada.

Quería dar una voltereta lateral, ponerme a dar palmas, a cantar o a desnudarme, lo que fuera para que dejasen de prestarse atención y me la prestaran a mí.

—¿A vosotros os va el sexo tántrico? —pregunté, y todo el mundo se desternilló.

—¿Cómo crees que lo ha hecho tu amiga ahí presente esta noche, mi vida? Sé sincera.

—Sinceramente, creo que ha estado que se salía —contestó ella.

A mí también me dieron ganas de olerle la cabecita y darle un beso.

—Tu generosidad es una parte preciosa de ti —afirmó.

Resultó que yo también pensaba lo mismo, aunque no iba a darle esa satisfacción.

—Sois muy monos —dijo Jacques despacio, la droga le estaba haciendo arrastrar las palabras.

Jonathan me miró y puso los ojos en blanco, era evidente que no pensaba lo mismo.

Mark colocó la silla frente a la única y diminuta ventana que estaba sobre la cama.

—Da al norte —comentó—. Yo nunca pillaría una habitación orientada al norte.

—Tampoco es como si hubiese tenido otra alternativa.

—Falso. —Se estaba dirigiendo a su reflejo mugriento en el cristal—. Siempre hay una alternativa. —Volvió a darle un beso a Linda en la coronilla y luego giró la silla para mirarnos a todos, con ella todavía acurrucada en su regazo—. ¿Alguna vez haces las tareas de casa, Jessica?

—Maaark —dijo Linda con una risita—. Eso está feo.

Me empezaron a arder las mejillas al ver las migajas y el polvo de la alfombra.

—A mí me fliiiiipa pasar la aspiradora —respondió él—. Es uno de esos extraños placeres de mi vida.

También había otro. Quería subirle la manga a Linda y revelar su sórdido secreto. Podía imaginármelo orquestando hasta el tono exacto de su dolor.

—¡Entonces puedes pasarte a aspirar por aquí cuando te apetezca! —contestó Jacques, riéndose como loco mientras las lágrimas le bajaban por las mejillas.

Quería cruzarle la cara.

—¿No hay nadie que te llame la atención, Jonathan?

—preguntó Mark con una sonrisa—. Eres un tío atractivo.

—Sus cambios repentinos de tema desorientaban, aunque seguro que era lo que pretendía—.

¿Jessie es tu tipo? Al parecer, es el de cualquiera, según los de HUP!

, aunque ellos no ven más que lo que se ve a simple vista…

Veréis, si de mí dependiera puntuar a estas dos —nos señaló a Linda y a mí—, les habría dado una nota muy distinta.

—Sentí una mezcla vertiginosa y prácticamente nauseabunda de emoción y humillación—.

Alguien debería ponerle punto y final a esa revista, ¿no creéis?

Todo está filtrado a través de una perspectiva de hombre hetero.

Ese periodicucho me recuerda al punto de vista de mi padre. Rígido, homófobo, sexista y destructor.

Fue un discurso bastante intenso, incluso viniendo de él, e iba completamente dirigido a Jonathan. Lo dijo todo con un acento del centro de Dublín, carente de cualquier tipo de falsedad.

Jonathan se levantó de la cama de un salto con el edredón detrás y se lo enrolló alrededor del cuerpo a modo de toga.

Seguía teniendo la piel bronceada a pesar de que estábamos en pleno invierno, con el pelo todavía aclarado por el sol; lo único apagado era su mirada.

Recuerdo que pensé que parecía tan apuesto y melancólico como un dios griego. Uno roto.

—Yo le hubiese dado a Linda un diez de diez por esos huesos tan delicados, la clavícula marcada y el cuello esbelto —prosiguió Mark mientras le recorría el esternón con el dedo. Eché una ojeada a las mías para comprobar que sobresaliesen igual—. ¿Tú qué nota les pondrías, Jacques?

—Un diez de diez a las dos —contestó él tras darle una calada con fuerza al porro, cuando apoyó el cuerpo contra el colchón como si estuviese cayendo a través del espacio.

—Qué majo, aunque puede que no estés siendo del todo sincero —respondió Mark.

Jacques levantó las manos en el aire como para decir: «Vale, tú ganas y no pienso ir por ahí».

—Si este eres tú oponiéndote a todo eso de la «perspectiva masculina», entonces, ¿a qué viene lo de alentar a «puntuar» nuestros cuerpos? —señalé con acierto, aunque el temblor de mi voz me restase autoridad.

—¿Jonathan? —continuó Mark—. ¿Mi chica es tu tipo…?

Linda se puso como un tomate. Mark se levantó y la dejó sola en la silla giratoria; parecía diminuta, como si se hubiese tomado una pócima reductora sacada de una novela de Lewis Carroll.

—No te preocupes, sé que antes de aparecer yo en escena lo era. —Su voz sonaba bastante razonable—. Me contó que le tiraste los trastos antes de que llegase.

Estuve a punto de echarme a reír, pero no quería avergonzar aún más a Linda.

Mark nos estaba manipulando a la perfección.

Podía imaginarme a Linda diciéndoselo después de haber hecho el amor, contándole cómo el guapo de su amigo había intentado ligar con ella y cómo en ese momento se tragó que sucedió así, que ella era atractiva y digna de amor.

Puede que así pudiese reescribir todo el rechazo, deshacerse de él.

Años después, entendí mejor la estrategia de Mark: camelarse a Linda, enseñarla a fingir, animarla a inventarse esas situaciones para luego tener munición para hacerle daño.

Aunque, en ese momento, tan solo creí que había sido una imbécil por haber dicho eso.

—Tengo que madrugar para entrenar —dijo Jonathan sin mirar a Linda.

—Igual algún día me uno —contestó Mark.

—¿Quieres que te sea sincero? —preguntó Jonathan, y Mark levantó la mirada—. No creo que vayas a poder seguirme el ritmo.

Tiró el edredón al suelo y le dio una patada antes de salir por la puerta. Me sentí extrañamente orgullosa de él.

Mark nos dedicó una expresión «irascible» como para indicar que Jonathan estaba demasiado susceptible.

—Creo que deberíamos emparejarlo con alguien.

Pobrecillo, parece muy solo. —Se acercó a Linda y agachó la cabeza para darle un beso de película en los labios.

Fue ridículo—. A esto me refiero con ser una persona especial : a alguien que no se ve de esa forma.

—Le agarró la mano a Linda, tiró de ella para que se pusiese de pie y le dio unas palmaditas en el culo al salir.

Ella se marchó sin mirar atrás y yo me sentí abandonada—.

Los de HUP! sí que acertaron en una cosa.

Sí eres un diez de diez, Jessica…, pero de espaldas. —Fue su puñalada de despedida.

Jacques se rio para quitarle hierro al asunto, o quizá le hiciese gracia, iba bastante drogado.

Recuerdo que quise echar a Jacques de mi cuarto, que quería estar a solas para procesar de alguna forma lo que había pasado; pero en vez de eso, lo dejé besarme, desnudarme y acostarse conmigo, me entraron ganas de llorar, pero no me lo permití.

¿Qué era lo que le daba a Mark tantas ganas de atacarme?

Sí, para algunos hombres, que querían follar conmigo para callarme o solo follar, podía suponer una amenaza.

Pero con Mark ocurría algo distinto: algo distinto y más sofisticado.

Ese darme alas para después pisotearme, prestarme demasiada atención para luego ofrecerme un silencio absoluto, me hizo sentir como si tuviese ocho años y buscase desesperadamente el amor de mi padre.

Cuando estuve documentándome sobre Kierkegaard, me crucé con la siguiente cita: «Lo peor ya ha pasado, te han abandonado».

Que Mark decidiese hacer su tesis sobre él no parecía una coincidencia.

Él me hizo reconectar con esa parte de mí, con la niña abandonada y llorona. Y yo era incapaz de quererla.