El juego de la verdad 24
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– Q ué ingenioso —comentó Jonathan—. El dramaturgo te hacía pensar que el director déspota, un personaje que él mismo había creado, era quien manejaba los hilos. —Fue descifrándolo todo en voz alta con la cara sonrojada por la emoción.

Habíamos acabado en el bar de los artistas después del estreno de Seis personajes en busca de autor . Yo estaba tarareando por los nervios y la euforia.

—Jess, has estado mágica, en serio —dijo Jacques, y le creí. Me había sentido inspirada ahí arriba, poseída, como si encarnase del todo a mi personaje, en ningún momento fui consciente de mí misma ni se me hizo raro. Me había transformado en la hijastra voluble.

—¿ Prosecco ? —Mark apareció delante de nosotros con una botella de espumoso y cuatro copas—.

Enhorabuena, Jessica. Naciste para interpretar ese papel —me felicitó.

Sentí un subidón de emoción y adulación—.

Has estado tan provocativa, artística y seductora.

—Mi humor mejoraba y empeoraba al son de sus palabras—.

Sobre todo, estuviste muy «metida» en la escena con tu tío.

La escena en la que el tío le tira los trastos a la hijastra mientras ella juega con él.

—Me muero de sed, vamos a beber. —Jacques tosió.

—Espumoso para las señoritas —dijo Mark tras descorchar la botella y servir el prosecco con una floritura; después, nos pasó una copa a Linda y a mí. A ella le sirvió mucho menos.

—Eso está un poco feo —afirmé, refiriéndome a la copa de Linda.

—Ella conoce sus límites —contestó—. Si el alcohol saliese hoy al mercado, lo más seguro es que fuese un medicamento con receta. —Miró directamente a Jacques—. Algunos de nosotros sabemos los estragos que puede causar a las vidas de nuestros seres queridos.

Se me tensó el cuerpo.

—Pues yo no tengo límites. —Jonathan se bebió la copa de un trago y se la tendió.

—¡Yo tampoco! —Entrechoqué la copa con la de Jonathan. Eché un vistazo a Linda, que estaba dando unos sorbos minúsculos y recatados de la suya—. ¿Te ha gustado la obra? —pregunté en un intento por recibir más cumplidos.

—Era un poco rara —confesó—. Parecía un pelín exagerada con todo eso tan meta de «ahora eres una actriz, no una cosa ».

—Sabes que el dramaturgo lo hizo a posta, ¿no? —Mark se rio.

—¡Pues claro que sí! —exclamó ella.

La miró con orgullo, como si fuese su poni de concurso repitiendo un truco que le había enseñado en el corral.

—Qué alegría que expreses tus opiniones con tanta claridad —contestó como si estuviese acariciándole la cabeza.

—Me alegro de verte, Linda —dijo Jonathan. La secunda copa de espumoso ya había empezado a soltarle la lengua—. Te he echado de menos, amiga mía.

Lo observó con una especie de sorpresa mezclada con un deje de desdén.

A Jonathan se le pusieron las orejas como un tomate.

La dinámica de poder entre estos dos había cambiado muchísimo desde Navidad; de eso hacía solo dos meses.

Se me vino a la mente aquella chica borracha bailando con lascivia, la primera vez que había visto esa faceta de Linda, sensual e imprudente.

La miré; su piel tenía un perpetuo brillo rosado, cuando antes había sido blanca como la leche (de no ser por las pecas).

También poseía una especie de energía, que crepitó cuando me puse a su lado.

Se suponía que yo era la que tenía que brillar.

—Por Jessica —brindó Mark—. ¡Nuestra protagonista estrella! —Qué fácil era hacerme morder el anzuelo, él lo sabía. Más adelante, me sería imposible liberarme sin arrancar algunos pedacitos de mí.

—¡Por mi mejor amiga! —exclamó Linda. Cuando alzó la copa, me pareció atisbar una marca roja que le rodeaba la muñeca, ¿era un verdugón, una cicatriz reciente o una señal de que le habían retorcido el brazo?

Le miré a los ojos y sonrió para dar la bienvenida a mi descubrimiento.

¿Echaba de menos las cosas que le hacía?

—Dime —empezó Mark—. ¿Te lo has pasado bien ahí arriba?

—¡Mucho! —respondí, y brindé con él.

—Yo más bien diría que demasiado.

—Pues yo creo que el tono ha sido perfecto. La obra exigía cierto dramatismo. —Jonathan tosió.

—Pero no falsedad —afirmó Mark—. Nunca a costa de la verdad.

Sentí como si la punta de una lanza muy afilada me hubiese apuñalado las costillas.

—Yo creo que ha estado fantástica —contestó Jonathan.

—Es una estrella de la cabeza a los pies —interpuso Jacques.

—Nadie lo niega —dijo Mark—. Solo que quizá debería suavizarlo un poco.

—En realidad, coincido con Jonathan —intervino Linda—. Creo que era el tono adecuado, se supone que tiene que ser sobreactuado.

Sobreactuado, suavizarlo un poco, falsedad, a costa de la verdad . Esas palabras eran como flechas envenenadas para el corazón de una actriz.

—Me muero de ganas de que empieces a ensayar —espetó Mark—. Con un par de ajustes te convertirás en una actriz extraordinaria.

La habitación dio vueltas, ya fuese por el alcohol o por el repentino cambio de tono, que pasó de la alabanza al menosprecio.

Mis pasos eran inestables, al igual que yo.

Eché un vistazo a Jacques y a Jonathan, que se miraron con una expresión divertida de desconcierto.

Quería más: quería que Jacques se pusiese hecho una furia y saliese a defender mi honor, quería que Jonathan se burlase de Mark con una imitación inteligente, y aun así, lo que más quería era estar con Mark en una sala de ensayo.

Linda me sirvió lo que quedaba de la botella en la copa.

—Bebe, Jessie. ¡La noche es joven! —Su forma de hablar se estaba contaminando con las pretenciosas costumbres de su novio.

Bebí con rapidez, ansiosa por volver a sentir esa sensación vertiginosa.

—Quiero más —le dije a Jacques.

—¿Quién es la que debe prestar más atención a lo que bebe ahora? —preguntó.

Así que me había escuchado aquella noche cuando volvió de flirtear con Honor. Pensaba que se había quedado roque.

—Es MI noche —afirmé, convirtiéndome en una parodia de la actriz que era en realidad.

—Tienes razón, mi amor —contestó Jacques mientras me daba un beso en la boca.

—¿Nos vamos a otro sitio? —preguntó Linda—. El bar está a punto de cerrar.

—¡Tengo un poco de tequila en mi cuarto!

—Me apunto —dijo Jonathan. Parecía tan desesperado por destruirse como lo estaba yo.

—¿Te apetece ir? —le preguntó Linda a Mark.

—¿Tú qué quieres hacer, mi vida? —respondió él.

—Si te parece, a mí me gustaría ir.

Tenía unas ganas locas de pellizcarla para que volviese a parecerse a sí misma del susto.

—Vale, pero se acabó el alcohol para ti —dijo.

—¡Imita esa! —le grité a Jonathan, que lo pilló al vuelo.

Cambió de registro y se puso a hacer una imitación asombrosa de Mark:

—Se acabó el alcohol para tiiiiii, mi viiiida —soltó con un tono como de cura o de secuestrador de niños.

—Menudo talento… —Mark se rio y aplaudió—. ¿A ti también te apetece hacer una audición para mi obra?

—No, gracias —contestó Jonathan—. Vamos, Jess. —Me agarró del brazo y los dos salimos por la puerta del bar hacia el aire nocturno dando saltitos mientras improvisábamos una canción—: En la sucia ciudad de Dublín, donde cualquier calle es ruin…

—¡Vaya porquería, queridos! —gritó Mark.

Canté aún más alto con un acento muy marcado de Dublín para parodiar a Mark en todo su esplendor:

—En esta mugrienta ciudad sin nada que destacar…

—Salvo tú, mi vida —interpuso Jonathan.

Puse los ojos en blanco y grité:

—La vieja y sucia Dublín, la vieja y sucia ciudad… —Siguiendo una melodía que solo yo podía escuchar.