El juego de la verdad 23
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P rimer año, segundo semestre. Cielos constantemente encapotados, demasiadas actividades en interiores, demasiado alcohol, demasiada intensidad, demasiadas drogas, demasiadas hormonas, demasiado sexo, demasiada introspección.

Linda se estaba alejando aún más de mí, Jacques dijo que era natural, una fase de su «individualización» —un término que Mark adoptaría bajo el estandarte del «Proyecto Linda»—, de su «progreso», de su «liberación» del pasado.

Jacques dijo que a Linda le venía bien no depender tanto de mí, algo que habría estado bien si no hubiese sustituido una dependencia, una obsesión, por otra.

Jacques y yo evitamos sacar el tema de su hermano.

Bastó con mencionar a Louis una sola vez para que él se alejase y desapareciese.

Nuestra vida sexual se volvió aún más intensa; en la oscuridad, nuestras manos y nuestros labios eran capaces de pronunciar lo que las palabras no lograban expresar.

Desde entonces, nunca he conocido tan bien el contorno del cuerpo de otra persona, ni el de mi marido ni, por supuesto, el mío.

Jonathan solía venir a cenar con nosotros, y acabó sustituyendo a Linda en nuestro triángulo. Era un amigo generoso que nos suministraba alcohol, maría y chistes y, últimamente, imitaciones graciosas y espectaculares.

—Te estás convirtiendo en todo un actor —afirmé una tarde para incitarle a hacer una imitación minuciosa de mí; la suave inclinación de cabeza, la entonación ascendente al acabar las frases, como si todo fuese una especie de pregunta: ¿me quieres?

No lo hacía con maldad, simplemente con un ingenio entusiasta que nacía de la observación.

Consiguió hacer una imitación asombrosa de Mark.

Se subió unas gafas imaginarias a lo alto de la cabeza, se inclinó hacia delante, adoptó una mirada penetrante y puso un acento que fue cambiando entre uno del c entro de Dublín y una estadounidense; bajó la voz una octava cuando pronunció: «Sé quien eres en realidad».

Nos caímos al suelo muertos de risa, aunque echamos bastante de menos a Linda.

La posibilidad de que Jonathan, Jacques y yo hiciéramos un trío siempre estaba ahí: éramos demasiado guapos como para no hacerlo, o eso decían los rumores. En realidad, había algo pasivo y asexual en Jonathan, y quisiera lo que quisiese, siempre estaba fuera de su alcance.

Linda y Mark desaparecieron en su burbuja durante aquel mes mezquino y espantoso y, cuando regresaron, Linda parecía más fuerte, como si le hubiesen susurrado hechizos de amor al igual que hacía ella con las margaritas del jardín trasero de nuestra casa; tal y como le gustaría que hubiese hecho su madre.

Era innegable que estaba floreciendo bajo la sobreprotectora mirada de su maravilloso novio.

Cuando reapareció a principios de primavera, su cuerpo fluyó con elegancia y paz, algo que supuso un fuerte contraste con su antiguo ser, frágil y angular.

Intenté dejarla a su aire y confiar en que volvería «cuando estuviese lista», como aseguraron Jacques y Jonathan. Pero un día la vi paseándose con Mairin del brazo y eso acabó con cualquier buena intención que tuviese al respecto.

—Lindy —aullé, y mi voz rebotó de un extremo del edificio de artes al otro.

—Anda, hola —saludó cuando me acerqué.

—¿Dónde te habías metido?

—Estaba ocupada, ya sabes. —Parecía avergonzada de mí.

—Todo el día de aquí para allá —contesté de forma patética.

—He oído que ya has empezado a ensayar para la obra de Pirandello.

Jacques le contó a Mark que va bastante bien.

¡Me alegro por ti! —¿Cuándo había hablado Jacques con Mark?

Me estrujé el cerebro para ver si en algún momento había mencionado que mantuvo una conversación con Mark—.

Parece que están haciendo buenas migas —continuó, lo que no hizo más que aumentar mi inquietud.

No me gustaba pensar en que mi novio se quedase a solas con Mark, nunca.

Tuve la tentación de preguntarle algo más, pero no podía exponerme delante de la ratoncita. Me giré hacia ella.

—¿Y tú qué tal, Mairin? ¿Disfrutando de estudiar Sociología ? —pregunté.

—De maravilla —contestó—. Tengo ganas de verte en la obra. Linda me ha dicho que eres buena actriz. —Lo dijo con un tono perfecto: educado, pero claramente condescendiente. Actriz .

—¿Vendrás a la noche del estreno, Lindy? Te he reservado un par de butacas, una es para Mark —dije sin rodeos.

—Podemos ir las dos otra noche —le comentó Linda a Mairin—. Podríamos juntar a unos cuantos estudiantes de Sociología para una excursión. —Las dos soltaron una risita y me costó respirar—. Mark le ha dado el papel protagonista a Jess en su nueva obra —prosiguió Linda.

—Me alegro por ti —me dijo la ratoncita.

Era incapaz de discernir sus dinámicas.

—Jonathan no deja de preguntar por ti —le comenté a Linda en un intento de que volviese a mi órbita.

—Jolín, tampoco ha pasado tanto tiempo.

—Un par de semanas —contesté.

—Exactamente —respondió ella con una risa, estaba cómoda consigo misma, nunca la había visto así.

—Bueno, ya lo verás la noche del estreno —dije.

—Me muero de ganas —comentó con sentimientos encontrados.

Eché un vistazo a mi amiga y me sorprendí.

¿El rechazo de Navidad la había cegado tanto como para no darse cuenta de que no era personal?

¿O es que estaba intentando evitar que Jonathan y Mark estuviesen juntos?

Sin duda, Mark creaba una ansiedad que llevaba a secretos y a que parejas y amigos se ocultasen cosas. ¿Qué temía que pudiese pasar?

—Tengo ganas de que Mark me dirija —comenté.

—Espero que estés a la altura. Exige mucho de sus actores.

Habló la mujer que me obligó a trabajar con él.

—Sé que confías plenamente en su talento, así que es muy generoso por tu parte que lo compartas así conmigo.

Vi un destello de incomodidad atravesarle el rostro. Perfecto. Con eso bastaba. Había actuado con una destreza de estratega para desentrañar la cuidadosa red que había tejido Mark. ¡Que te jodan, Flaubert!