El juego de la verdad 21
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–N ecesito una pinta —soltó Jacques, lo que viniendo de él podía ser una afirmación inusual en cualquier ocasión, pero más aún en esa clase de circunstancias.

Estábamos a punto de volver al campus después de habernos pasado todo el trayecto en autobús en silencio.

Pues menos mal que la verdad implicaba más intimidad.

Al haber pasado situaciones similares con Linda, sabía que tenía que dejarlo a su bola, aunque todo mi ser estuviese pidiendo a gritos estar cerca de él.

Me estaba costando reconciliar esta versión atormentada de Jacques con la que me había creado: la del hombre competente y guapísimo que existía solo para amarme y servirme.

Nos bajamos del bus y fuimos directamente al Dungeon.

Abrió la puerta de un empujón y atravesó las nubes de humo sin esperarme.

Lo perdí cuando sonaba la canción «Stay», de Shakespears Sister’s, el coro lastimero cantaba «Stay with me…

», que no hizo más que aumentar la sensación de rechazo y melodrama que sentía.

Me permití regodearme durante unos instantes en esas emociones familiares antes de recobrar la compostura e ir a buscarlo.

No tiene que ver conmigo . Me lo encontré sentado en un taburete con una pinta llena delante.

—Tomaré lo mismo que tú —afirmé con alegría. Me pidió una y bebimos juntos, aunque en ese momento no me apetecía beber alcohol.

—¡Eh, vosotros! —exclamó una voz desde un rincón oscuro del bar—.

Aquí. —Era Linda, parecía inusualmente animada y autoritaria.

Jacques se levantó y se dirigió hacia ella, supuse que le aliviaba no tener que seguir a solas conmigo—.

¡Hola, preciosidades! —Nos sonrió, tenía el cuerpo enroscado en forma de pretzel en torno al de Mark, como si fuese un injerto o brotase de él.

«El amor no es egoísta, pues en él nada es tuyo ni mío». Sentí la distancia que nos separaba a Jacques y a mí con más intensidad (tampoco es que quisiese convertirme en su parásito).

—Hola, Lindy —saludé—. ¿Te apetece que salgamos a echar un piti? —Necesitaba desesperadamente contarle un secreto.

—No —contestó—. Lo he dejado. Además, hace un tiempo de perros ahí fuera.

—Cada vez se te da mejor ser sincera —dijo Mark.

Me tragué un «vete a la mierda».

—Venid, apretujaos —indicó Mark mientras Linda y él se hacían a un lado como un solo ser y se sentaban en la esquina del asiento de polipiel con quemaduras de cigarrillo. Jacques se sentó, pero yo me quedé de pie—. ¿No ibas a salir? —me preguntó Mark.

—La verdad es que he cambiado de opinión.

—Por lo visto, las tías soléis hacerlo bastante —afirmó mientras le daba unas palmaditas a Linda en la rodilla. Ella se quedó impasible cuando la observé con detenimiento—. ¿Va todo bien? —nos preguntó a Jacques y a mí.

—De puta maravilla —contestó Jacques en voz alta. Se había terminado la segunda pinta.

—¿Quieres otra? —Mark se levantó.

—Creo que ya ha bebido suficiente —respondí.

—Pues yo creo que puedo hablar por mí mismo —dijo Jacques—. ¡Sí, gracias!

Le hizo una seña con la cabeza a Mark, que se deslizó por el otro lado del reservado y abandonó a Linda.

Pensaba que se desmoronaría cuando el cuerpo de Mark se alejó del suyo, pero más bien parecía más fuerte, como si el hecho de tenerle cerca le hubiese dado fuerzas, como si se hubiese alimentado de él.

Algo sobre la atención minuciosa de Mark la fortalecía.

Creo que prefería verla representar el papel de víctima total, a mi historia le convenía mucho más.

Mark volvió con bebidas para todo el mundo salvo para él.

—¿Eres abstemio? —pregunté.

—El alcohol es la droga de los idiotas.

—Salud —dije mientras levantaba la copa en su dirección.

—Hay métodos preferibles para experimentar una realidad mejorada —comentó.

—Pensaba que el alcohol se basaba en difuminar las cosas, no en definirlas —dije.

—Te nubla la mente, sí —afirmó.

Miré a Jacques, que le hizo el gesto de fumar y de usar un mechero a una tía de la mesa de al lado. El paquete y el mechero salieron volando en su dirección. No me hizo gracia la mirada que le echó ella.

—¿A qué métodos te refieres? —pregunté.

Mark y Linda intercambiaron una mirada que insinuaba una forma de ser superior, secreta, como si tuviesen todas las respuestas a preguntas que ni siquiera sabíamos que debíamos formular.

—En otro momento, Jessica —contestó Linda, disfrutando de su recién adquirido puesto como la número uno.

Jacques se encendió el cigarrillo y le lanzó el paquete de vuelta a la chica mientras le hacía un gesto de agradecimiento absurdo. Ella lo saludó de manera juguetona. Se lo arranqué de la mano y en mi cabeza le di una calada de forma sensual.

—¿Habéis visto a Jonathan últimamente? —preguntó Mark.

—No desde la otra noche, ¿por? —repuse.

—No quiero que se piense que no es bienvenido en presencia de Linda, o en la mía. Díselo, ¿vale?

—¡Estoy segura de que le encantará que le hayas dado permiso para ver a su amiga!

—¡Por cierto, enhorabuena! —exclamó Linda.

—¿Enhorabuena por qué?

—Por conseguir el papel.

—¿Qué papel? —preguntó Jacques.

—Anda, ¿Jess no te lo ha dicho? Mark le ha dado el papel protagonista.

—No, no me lo ha contado… —dijo Jacques, clavándome la mirada.

—Iba decírtelo más tarde.

—¿Cuándo hiciste la audición?

—No le hizo falta —respondió Linda—. Mark se la llevó a comer y cuando volvió dijo que lo tenía claro. Lo más SURREALISTA de todo es que el personaje también se llama Jessica.

—No tenía ni idea —confesé.

—Y yo no tenía ni idea de que habías salido a comer con Mark —comentó Jacques.

—¿No se lo contaste a tu novio? —preguntó Mark para provocar.

—¿Cómo que el personaje se llama Jessica? —le dije a Linda—. Es un poco raro.

—No tanto —respondió Mark—. Es una adaptación de El mercader de Venecia.

—Pero la protagonista de esa obra es Portia —contesté.

—A mí me interesa más Jessica, la hija de Shylock. «¡En qué pecado tan horrendo he caído que me avergüenza ser hija de mi padre!». La ladrona, la rebelde que se libra de las cadenas de su pasado.

—Suena increíble —dijo Linda, y le lanzó una mirada de complicidad a Mark.

—Ni siquiera la recuerdo —confesé.

—Bueno, pues pronto vas a ser incapaz de olvidarla —afirmó Mark.

—¿Cuándo empiezan los ensayos? —preguntó Linda.

—En un par de semanas, primero tengo que entregar mi tesis.

—¿Sobre el filósofo cristiano? —pregunté con sarcasmo.

—Sobre Kierkegaard, sí.

—Lo busqué en la biblioteca. Menudo hombrecillo tan extraño con esa religiosidad, esas piernas larguiruchas y ese pelo engominado hacia arriba.

—¿Hasta ahí llegó la documentación? —Mark se rio.

—No del todo. También leí que su padre era un tirano.

Mark lo citó verbatim , sonó como si él mismo hubiese escrito aquellas palabras:

—«Mi padre con su melancolía me ha causado una sinrazón tremenda, y, sin embargo, era el mejor de los padres».

—Ahí hay algo bastante chungo —comenté.

—¿Eso crees? ¿O simplemente es sincero? —Miró a Linda de una forma que insinuaba que conocía cosas sobre ella que nadie más sabía.

—¿Tiene título?

—No es definitivo: La buscadora de la verdad .

—Ah, eso explica tu obsesión por decir la verdad —respondí.

—Así es —contestó él.

—Ahora en serio, ¿le has puesto título a la obra?

—Todavía no.

Jacques sorbió con fuerza los restos de su tercera pinta. Nunca lo había visto beber tanto. Se levantó tambaleante y fue dando tumbos hacia la barra mientras nos gritaba:

—¡¿Quién quiere otra?! —Tiró el cigarrillo encendido al suelo. Nadie contestó.

—¿Va todo bien entre vosotros? —preguntó Mark.

—De fábula —respondí—. ¿Vosotros qué tal?

—No es perfecto, pero estamos trabajando en ello. La clave es la comunicación. La sinceridad por encima de todo.

Una chica de pelo rubio oscuro revuelto, como si acabase de levantarse de la cama, y una camiseta de tío holgada y enorme con una minifalda cortísima, vino hacia nosotros. Noté que me tensaba.

—Eh, Honor —gritó Mark para que viniese.

Era Honor Cave-Tempest-Stuart, la «novata más cañón» según HUP!

del año anterior al mío: una rubia mítica que había salido de los escombros y estaba destinada a convertirse en una dama, una duquesa, una condesa o alguien con título, con una risa asquerosa y una voz áspera con una pronunciación perfecta.

Tenía una boca que parecía haberse quedado atascada en un mohín de superioridad permanente y, según las malas lenguas, sabía exactamente dónde ponerla.

—Esta es Honor —dijo Mark.

—Ya sé quién es —contesté mientras observaba su piel blanca y sus ojos azul aciano realzados con una pasada de eyeliner negro que hacía que pareciesen increíblemente grandes.

Sonrió como si todo el mundo supiese quién era.

—¿Qué tal te va? —preguntó Mark a la vez que daba unas palmaditas en el hueco que tenía al lado.

Ella se deslizó de forma seductora en el asiento y colocó una pierna curvilínea, enfundada en unas medias negras transparentes, sobre la otra—.

Pero mira quién ha venido. —Mark levantó la vista cuando Jacques se acercó—. ¡Si es el francés buenorro!

Linda empezó a canturrear «Joe le Taxi» en una imitación espantosa de Vanessa Paradis.

Jacques parecía entusiasmado con la atención. Le sonrió de una forma bastante estúpida a Honor y una luz que solo había visto conmigo brilló en su mirada.

—Honor, esta es la parejita de oro, Jessica y Jacques.

La duquesa me lanzó una mirada de desdén antes de recorrer a mi novio de arriba abajo y de clavar la vista demasiado cerca de su ingle, o eso decidí yo.

—Me alegro de conocerte por fin —dijo Honor—. Te he visto por ahí.

La sonrisa de Jacques se ensanchó y se hizo más brillante.

—Venga, hombre, siéntate —preguntó Mark.

Jacques obedeció y se deslizó al lado de Honor mientras yo me quedé de pie. Sus muslos se tocaron y Honor soltó una risita. Noté que se me encogía el pecho.

—Jacques, hemos tenido un día bastante largo, es hora de irse… —Mi voz sonaba aguda y quejumbrosa.

—Tengo una pinta llena, Jess. Vete tú y ya iré yo más tarde —contestó, levantando la vista como si estuviese en trance.

Me agaché, le puse la mano a Jacques en la parte superior del brazo y se la pellizqué con fuerza.

Fingió no darse cuenta, o puede que de verdad no lo notase. ¿Iba pedo o había tenido un flechazo?

Sentí que Mark no me quitaba los ojos de encima. Alcé la vista y me guiñó el ojo.

—¿Jessie? —preguntó Linda—. ¿Baño?

—No, no me apetece… ¿Te parece lo suficiente directo? —le pregunté a Mark.

—Dudo mucho que alguna vez hayas tenido problemas para comunicar tus necesidades u ocupar espacio. —Se rio—. De hecho, te animaría a que hagas lo contrario, a que seas menos egocéntrica. Es la primera indicación que te hago como actriz…

Miré a Jacques. No lo había oído, estaba completamente absorto en su dueto íntimo con madame Tempest.

—Vale, me piro —contesté, esforzándome mucho por parecer guay. No pensaba dedicarle ni un ápice de energía a los jueguecitos de Mark. Había demasiados oponentes y demasiados frentes.

—¿Quieres que te acompañe? —Linda se levantó. La mano de Mark aterrizó en su antebrazo y la retuvo con suavidad.

—Tranquila, nos vemos mañana —dije despreocupadamente. Me agaché y le planté un beso húmedo en los labios a Jacques—. No tardes —me despedí—. Te esperaré despierta, mi amor.

Levantó la vista y me dedicó una sonrisa confusa. Ni siquiera eché un vistazo a la duquesa antes de dar media vuelta y largarme. Me imaginé que podía escuchar a Mark aplaudiendo detrás de mí mientras yo ejecutaba una salida dramática perfecta.

Jacques volvió dando tumbos una hora más tarde y se desplomó en la cama a mi lado.

—Tienes que prestar más atención a lo que bebes —le indiqué. Se dio la vuelta, se acurrucó y empezó roncar en cuestión de segundos, y yo clavé la vista en una grieta serrada, con bordes agrietados, del techo.

A la mañana siguiente, me despertó acariciándome la mejilla húmeda por las lágrimas.

—¿Qué pasa, mi amor? —preguntó.

—Por favor, no vuelvas a tratarme así nunca. —Estaba furiosa porque me hubiese pillado en un estado tan vulnerable.

—Lo siento —contestó—. Aunque no estoy del todo seguro de por qué tengo que disculparme.

—Lo que tú digas —respondí. Me levanté y le pasé por encima.

—¿Adónde vas? —preguntó mientras me sujetaba por el tobillo.

—A cualquier otro sitio.

—Quédate, Jess. Lo siento. Bebí demasiado.

Me zafé de su mano y me bajé de la cama.

—Ni se te ocurra volver a tratar a otra mujer así delante de mí.

—¿Cómo?

—Ya me has oído.

—Es una ridiculez —espetó él.

—No, no puedes hacerme eso —afirmé.

Me recordó a cuando mi padre le restaba importancia y ridiculizaba los arranques de celos de Sue después de haber asistido a una fiesta en la que le había dedicado toda su atención a otra mujer y había pasado de ella.

Lo había visto en acción; yo sabía cómo le afectaba a Sue y lo humillantes que podían ser sus actos como consecuencia.

Admitir que estabas celosa no era ningún triunfo.

—¿Por eso estabas llorando? —Parecía consternado—. ¿Qué he hecho, Jess? Tampoco estaba tan borracho.

—No sé de qué me hablas —contesté—. No estaba llorando. —La dinámica de poder había cambiado demasiado.

—Sabes que solo te quiero a ti, Jessica.

—Me voy a la ducha.

—¿Puedo ir contigo? —preguntó.

—¿Por qué no? —solté por encima del hombro con frivolidad. Necesitaba desesperadamente volver a sentirme cerca de él.

Me derretí contra él mientras la ducha caliente nos golpeaba a los dos.

—Lo siento, nena. No pretendía hacerte daño. Jamás te lo haría.

Iba en serio, pero Jacques no tenía ni idea de que se enfrentaba a Honor Cave-Tempest-Stuart. Pero yo sí. Y Mark también. Me pregunto cómo pudo haber orquestado lo que ocurrió anoche con tanta precisión.

—¿Me perdonas?

—Pobre de tu hermano —dije a medida que los dos nos fusionamos con la piel del otro.