El juego de la verdad 20
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El piso era minúsculo y oscuro, tenía todas las cortinas echadas y el aire apestaba a algo podrido.

Jacques se quedó en silencio cuando entramos al salón: la tele estaba puesta en volumen bajo y había un hombre dormido sobre un puf de pana con varias latas de Heineken desperdigadas por el suelo.

Jacques la apagó y descorrió las cortinas para revelar un sicomoro frondoso cuyas ramas rozaban la ventana como si estuviesen palpándola con suavidad.

Abrió la ventana y el hombre gruñó. Jacques apenas podía mirarlo al entrar en la cocina, una habitación marrón y naranja que parecía un salto a los setenta con suelos y encimeras de linóleo.

Abrió el agua caliente y empezó a fregar y a apilar los platos sucios repartidos por todas las superficies; después, se puso a frotar una cazuela quemada con una esponja.

—¿Qué haces? —preguntó.

—Busco café. —Estaba abriendo varios armarios.

—Siéntate —respondió—. Yo me encargo.

Llenó una cafetera francesa con café del bueno y dejó que se hiciese mientras limpiaba todas las superficies con desinfectante. Ninguno de los dos dijo nada. Sirvió un café, le echó un montón de azúcar y se lo llevó al salón. Yo lo seguí, pese a sentir que no debía.

—¿Louis? —Pronunció el nombre del hombre en voz alta y le sacudió el hombro sin ninguna delicadeza.

Él se despertó y se frotó los ojos llorosos.

Se parecían mucho a los de Jacques: unos estanques líquidos, unos ojos afables de labrador; salvo que los suyos tenían la parte blanca amarillenta y veteada de líneas rojas.

Aceptó la taza, cerró los ojos e inhaló el olor del café sin tomárselo.

Jacques se agachó y recogió todas las latas—.

Al menos conseguí que se graduase en polaco —intentó decir con ironía, pero acabó sonando amargo e hiriente.

Cuando volvió a la cocina, parecía haberse convertido en la combinación de un anciano y un niño, y le escuché tirar las latas a la basura con fuerza, despotricando.

Me quedé donde estaba, con la esperanza de que, si no hacía ningún sonido, no se percataría de mi presencia.

Y así fue. El hermano de Jacques parecía el holograma de un hombre.

Fui dando tumbos detrás de Jacques hasta la cocina, estaba ajetreado quitándole el plástico a una pizza.

—No es tu Cordon Bleu habitual —comenté.

—Es lo único que come —contestó Jacques a la vez que se agachaba para meterla en el horno. ¿Cómo había construido Jacques una versión de sí mismo tan distinta a esta?

—¿Quién te enseñó a cocinar?

—Mi madre.

—¿También es la culpable de esta decoración tan cutre?

—Aquí no vivíamos con ella.

—¿Cómo pudo abandonaros a los dos? —Odié a su madre ausente y abstracta con ganas.

Jacques adoptó una expresión impasible—.

Necesita encontrar algo que le devuelva las ganas de vivir.

Una chica, una afición… —dije de forma codiciosa.

Estaba empezando a sentir el mismo subidón del salvador, terrible pero emocionante, que la primera vez que vi a Linda en esa espantosa casa.

—Joder, Jess. Nunca es tan simple. —Parecía agotado.

—Nadie debería estar así de solo…

—Voy a darle de comer y después nos largamos.

Me senté en la mesa y observé a Jacques emplatar la pizza. Sirvió un vaso de agua y salió. Era consciente de que no debía seguirle. Desapareció un par de minutos y unos murmullos sordos vinieron de la habitación de al lado.

Cuando volvió, tenía la cara pálida.

—Vale, es hora de irse.

—No podemos dejarlo así. Necesita un paseo al aire libre.

—¿Ves? Por eso no quería que vinieras. —Sonaba tan solo—. ¿Crees que un puto paseo va a cambiar algo?

—Pero tenemos que hacer algo.

—Él no quiere salir —espetó tras volverse hacia mí con los ojos brillantes de tristeza o de enfado, o las dos. Recogió su abrigo del respaldo de la silla y metió la mano por la manga, pero el forro se desgarró.

—¿Crees que no lo he intentado? Un adicto tiene que querer estar sobrio. No puedo hacer nada. Dios sabe que lo he intentado…

Le apoyé la mano en el brazo con suavidad y él se alejó. Por una vez, fui capaz de no tomármelo a pecho; me di cuenta de que tuvo que armarse de valor antes de irse. Observé su espalda tensa cuando dio media vuelta para salir y pensé en lo que le costaba cada vez que venía a ver a su hermano.