19
– ¡ B uenos días! —exclamaron dos voces en una cacofonía: una de hombre, grave y sonora, y otra de mujer, estridente y animada.
El saludo fue tan optimista y llamativo que sonó a burla.
Acababa de salir de mi seminario de gramática y comprensión un lunes por la mañana e iba de camino al comedor a por algo que me despejase la niebla mental.
—¡Buenos días! —dije, tirando de las reservas de educación. Me había pasado la noche en vela y estaba molesta después de haber pasado la primera noche separada de Jacques desde que lo había conocido hacía cuatro meses—. ¿De dónde venís?
—Del cuarto de Mark, en la plaza principal.
—¿Te refieres a las habitaciones del Schol ? —pregunté.
—Las mismas —contestó Linda con orgullo.
—¿Por qué no me dijiste que te habían concedido una beca completa? —Me volví hacia Mark. Estaba consternada. Era evidente que jugaba en otra liga. Las becas de la Fundación eran de lo más prestigiosas y solo se las concedían a los alumnos de matrícula de honor.
—Supongo que no sentí esa necesidad —contestó Mark sin darle importancia, como si me asestase un golpe.
—¿Estás bien, Jess? —preguntó Linda—. Tienes mala cara.
—Estoy bien.
—¿Sabes qué significa ese acrónimo? —preguntó Mark—. Beligerante, insegura, erótica y neurótica.
—Y una mierda. La «e» es de «emocional».
—Tanto da.
—¡Pero mirad lo bien que congeniáis! —exclamó Linda. Pensé que se iba a poner a aplaudir.
—¿Sabes, Jess? Creo que estaría bien que nos conociésemos mejor, ya que esta señorita es tan importante en nuestras vidas… —Mark sonrió con amabilidad. Le plantó un beso sensual a Linda en los labios y yo sentí algo que no conseguí, o no me permití, nombrar.
—Hay una cafetería libanesa en la Galería Herbert. ¿Nos vemos allí a la una y media para pillar algo rápido de comer?
—¿Te vienes, Linda? —pregunté.
—No, id vosotros —contestó ella—. Así podéis hablar sobre la obra.
—¡Y sobre ti! —afirmó Mark mientras volvía a besarla.
—De todas formas, había quedado con Mairin.
—Bien hecho, despliega un poco las alas —la felicitó Mark.
Capullo.
El café libanés, George’s Place, estaba situado en una galería comercial en la que se vendían baratijas de plata antiguas, pesadas joyas de ámbar e incienso en un ambiente más hippy del que creía que le gustaría a Mark, pero así era don Voluble: escurridizo e imposible de categorizar.
Conocía a todo el personal por su nombre de pila, y lo sentaron en su sitio «de siempre» junto a la ventana mugrienta que daba al callejón repleto de estudiantes de arte.
—Bueno, ¿estás haciendo las paces con La señora Bovary ? —preguntó, y clavó toda la intensidad de su mirada eléctrica en mí. Las camareras estaban muy intrigadas, estaban cuchicheando a nuestro alrededor.
—Está escrita por un hombre.
—¿A qué te refieres?
—Es egocéntrica, caprichosa y está llena de sentimientos incontrolables.
—Alguien debería darte ese papel.
—Eso mismo dijo Jonathan. No estoy muy segura de cómo sentirme al respecto.
—Estaba tratando ser frívola, con la cantidad justa de coquetería; esperaba que él me dijera que era lo bastante guapa y compleja como para hacer de ella.
En vez de eso, dejó de prestarme atención para mirar a una camarera y, de pronto, me sumí en una fría sombra.
Me di cuenta de que deseaba desesperadamente que Mark me hubiese visto subida a un escenario, sobre todo con el traje de criada francesa en La cantante calva , de Ionesco.
Los de HUP! le dieron cinco estrellas a mi actuación.
—¡Hola, Marky! —La camarera se acercó a nosotros superalegre, sujetando un boli entre los labios carnosos.
—Hola, Celine. ¿Qué tal estamos? —La atrapó con su mirada. Ella chupó la tapa del boli—. Tomaré un falafel, ¿tú quieres uno? —me preguntó.
—¿Por qué no? —respondí sin saber lo que había pedido; de todos modos, me lo tomé como un reto y nunca podía resistirme a uno. La chica me dedicó una sonrisa de satisfacción antes de irse. Mark me pilló mirándole el culo. Me sentí patética.
—Bueno, Linda me ha contado que eres muy buena actriz.
—Es muy amable por su parte.
—¿Lo eres?
—¿Qué es lo que hace a una buena actriz?
—Una combinación de obsesión consigo misma, arrojo y vulnerabilidad. —Me echó un vistazo, le brillaban los ojos con una inteligencia avariciosa—. Aunque no estoy seguro de si tienes la última cualidad.
—Lo que has dicho es una contradicción: obsesión consigo misma y vulnerabilidad.
—¿Lo es? —preguntó al mismo tiempo que me inmovilizaba con su mirada—. Yo diría que son las dos caras de una misma moneda.
Por un segundo, me quedé desconcertada. Eché un vistazo a la decoración chunga que tenía alrededor, parecía no tener claro en qué parte del mundo estaba: tapices mejicanos por las paredes con lámparas marroquís sobre las mesas, rayando el límite de una apariencia bohemia ecléctica.
Me reí del gusto tan cuestionable de George, fuera quien fuese.
—No todo ha de seguir una lógica estricta —dijo—. Ahí fuera, el mundo es un crisol enorme.
Fue como si Mark pudiese ver el sofocante barrio de los suburbios en el que crecí, como si supiese hasta dónde llegaban los límites de mi mundo.
—¡Que lo disfrutéis! —exclamó Celine con un tono travieso cuando nos trajo el falafel.
Bajé la vista hacia mi plato. Eran unas bolas secas de comida de conejo o semillas de pájaro. Las toqueteé con el tenedor.
—No te gusta la pinta, ¿eh? Tu cara es un poema.
—Sonrió, parecía satisfecho. Después, se limpió la boca con el dorso de la mano, echó un vistazo por la ventana mugrienta y luego volvió a mirarme—.
Un ingrediente fundamental en una actriz: la transparencia…
, aunque también tiene que ser una mentirosa consumada…
—Estaba dándole vueltas—. Todo lo que de verdad merece la pena en esta vida alberga una paradoja.
—Cierto. —Bajé la vista hacia mi plato—. ¿Aquí sirven algo comestible?
—Creo que no tienen nada adecuado para tu insípido y limitado paladar irlandés.
—Pero ¿de qué vas? Si tú eres tan irlandés como el que más… ¿Se me está escapando alguna paradoja?
Soltó una carcajada fuerte, un sonido de placer, y después hizo una señal a Celine, que estaba rondando cerca de nuestra mesa, y pidió un especial de la casa de mezze .
—¿Has traído a Linda aquí?
—No, creo que a Linda no le gustaría este sitio.
O que Celine esté aquí, pensé. Cuando llegó, la comida estaba deliciosa, chorreante y húmeda, sensaciones completamente distintas para mi «insípido paladar irlandés».
—¡Me has convencido! —exclamé mientras mi lengua bailaba.
—Te gusta probar cosas nuevas —afirmó, clavándome la mirada—. Eso es buena señal.
—¿De qué?
—De alguien que está dispuesto a expandir sus horizontes, a subir más alto…
—Bostezó con insolencia y estiró los brazos por encima de la cabeza como para darle énfasis.
Se le levantó la camiseta, que reveló una línea de pelo oscuro que le iba del ombligo hasta los pantalones de pana.
Me había imaginado que era lampiño; me mareé.
—En fin, ¿qué vas a contarle a Linda? ¿Que al final tampoco soy tan cabrona?
Se volvió a reír de forma casual.
Había supuesto que Mark no tenía mucho sentido del humor, puede que estuviese tan alegre por estar conmigo. Me gustaba esa idea.
—Menudo apetito —observó. Yo estaba rebañando los restos de salsa con el pan de pita y metiéndomelos en la boca—. ¡Eres insaciable! —continuó. Me limpié una mancha de salsa de los labios y noté cómo se me sonrojaban las mejillas—. Te sonrojas con facilidad.
Doblé la servilleta y empecé a hacerla jirones. Noté cómo me observaba.
—Ese top azul marino te queda bien. Es una buena elección para una rubia de ojos azules propensa a que se le suban los colores.
—Le brillaban los ojos, voltaicos, y estaba centrado en mí—.
Creo que podemos decirle a Linda que hemos firmado un acuerdo de paz, ¿no?
—La manera en la que lo dijo me hizo sentir como si fuese cómplice de un secreto ilícito.
Debí sonreír—. Vaya hoyuelo —me dijo, refiriéndose a lo que más le gustaba a mi padre de mí.
—¿Qué más te ha contado Linda sobre mí?
—¿Sinceramente? —Se acercó como para contarme un secreto y luego se apartó y sonrió—.
Tampoco nos pareces tan fascinante. —Miré por la ventana y volví a aunar fuerzas cuando volvió a hablar—: Me habló de cuando ibais juntas al colegio.
—El calor me atravesó el cuerpo—. Supongo que en el fondo solo querías lo mejor para ella.
Eso es algo que ambos compartimos. —Dobló la servilleta y se limpió las comisuras de los labios con pulcritud a toquecitos—.
A veces, hace falta emplear tácticas de choque para que una persona cambie.
—De repente, se me congeló todo el cuerpo, mi termostato emocional se volvió loco—.
¿Qué tal os va a Jacques y a ti? —preguntó para cambiar de tema.
—Bien —contesté antes de tener tiempo para pensármelo.
—Estás muy apegada a esa palabra tan estúpida.
—Me sorprendió lo mucho que me costaba expresarme en su presencia.
Parecía como si necesitase estar delante de un público para soltar réplicas igual de buenas que las que recibía.
Hice unas pelotillas con los trozos de servilleta en silencio mientras él seguía observándome.
De repente, se levantó—. ¿Has terminado?
Asentí. Fue al mostrador, pagó lo suyo y se quedó esperando mientras yo rebuscaba en mi bolso. Cuando pagué, se giró y fue hacia el callejón.
—¿Me vas a hacer una audición? —le pregunté a su espalda.
—¡Ya tienes el papel! —Se alejó.
Me agarré a la mesa de un puesto de joyería. Un colgante de ojo de tigre me llamó la atención y, antes de percatarme de lo que estaba haciendo, acabó en mi bolsillo. El tío que regentaba el puesto se volvió hacia mí.
—¿Necesitas ayuda con algo?
—No creo que puedas ayudarme —contesté con dulzura a la vez que acariciaba el colgante que tenía en el bolsillo con el dedo. Me lo imaginé palpitando y guiñando el ojo en la oscuridad.