18
A la mañana siguiente, me desperté resacosa, en carne viva, demasiado sensible.
Cuando Jaques se corrió dentro de mí, lloré, pero me aseguré de que no me viera.
Tenía algo que ver con sentirme como un receptáculo, como un objeto, como si para él mi cuerpo fuese un lugar donde aliviarse físicamente; sentí algo raro, cuando antes tenerlo dentro era como volver a casa.
(Más tarde, asociaría el sexo con una sensación invasora, pero no en esa época, en Jacques no había hostilidad).
Madrugué, dejé a Jacques durmiendo en la cama por primera vez y me dirigí hacia el puesto de café.
Me pedí un café solo hasta arriba de azúcar —mi necesidad de consumir azúcar artificial no había tardado en convertirse en una costumbre— y esperé fuera de la sala de conferencias de Linda.
Apareció charlando animadamente con alguien que no había visto en mi vida: una chica anodina con aspecto de ratón, pelo castaño, ojos azules desvaídos y una voz áspera y rápida.
Ratatatatá. Su brazo descansaba de forma posesiva sobre el de Linda.
—¿Lindy? —la saludé en voz alta.
—Anda… ¿Qué haces despierta tan temprano? —Después, se volvió hacia la ratoncita y las dos soltaron unas risitas—. Jessie no suele amanecer antes de las doce. Pero, teniendo a un buenorro como Jacques Cousteau en su cama, quién iba culparla.
La chica emitió otra risita que sonó como un par de chillidos.
—Necesito que hablemos.
—Lo siento —se disculpó Linda—. Me voy a tomar un café con Mairin.
—Bueno, pues lo siento, pero necesito hablar contigo ya de ya. Estoy segura de que Mairin lo entenderá.
Linda se me quedó mirando. Intenté indicarle que era un «código rojo». Echó un vistazo a su nueva compinche.
—Perdona. ¡Jess suele ser bastante dramática!
Le di el brazo a Linda en una demostración de camaradería femenina para dedicarle un «que te den» amistoso.
—¿Nos vemos mañana? —preguntó la ratoncita.
La guíe a través de las puertas automáticas que daban a la plaza frente al edificio de artes. Llevaba el mismo conjunto de la noche anterior.
—Alguien no pasó por casa anoche —dije.
—Está chispeando —comentó con incredulidad tras levantar la vista al cielo.
—Solo son un par de gotas. —Necesitaba espacio, cielo y aire fresco.
—¿A qué viene esa nueva obsesión por estar al aire libre? —preguntó—. Nunca has sido muy de las que les mola eso.
Pero ella sí que lo era. Me acuerdo de cómo, cuando era pequeña, veía belleza y magia por todas partes: una mariquita solitaria sobre una brizna de hierba hacía que se le saltasen las lágrimas; las abejas que zumbaban a principios de verano la hacían dar vueltas con alegría, literalmente.
Recordé lo embelesada que estaba cuando Sue nos hizo una de sus muchas interpretaciones de El árbol muy, muy lejano .
La lluvia arreció cuando nos guie hacia las canchas de deporte.
Linda se rodeó con los brazos el cuerpo delgado, vestido con solo una blusa ligera y una chaqueta de punto.
Seguí avanzando y nos guie bajo la copa de un árbol enorme de hoja perenne en el borde del campo de críquet.
Sus frondosas ramas nos resguardaban un poco.
Una gota gruesa le mojó la nariz y se subió el cuello, temblando.
—Ten. —Me quité la chaqueta y se la eché por los hombros—. Deberías ponerte ropa más adecuada.
—Vale, mamá. —Alzó la vista hacia las ramas que estaban sobre nuestras cabezas—. Creo que es un roble, un árbol de hoja perenne. Qué raro… Lo había visto de lejos, pero nunca me había acercado tanto. Es majestuoso.
Apoyó la espalda contra el árbol, cerró los ojos e inspiró con fuerza.
—¿No vas a darle un abrazo? —pregunté.
—¿De qué querías hablar? —dijo, y abrió los ojos de golpe.
— Shhh . Me está diciendo algo. —Pegué la oreja contra el tronco.
—¿Y qué cuenta? —susurró, incapaz de resistir la atracción de la magia.
—La llaman la Gran Sabia, ¿lo sabías?
—No es muy original que digamos. —Se rio.
—Dice: «Ten cuidado con ese hombre» —proseguí.
—Pues parecía que anoche disfrutaste de su compañía. —Dejó de reírse.
No estaba segura de lo que sugería ese tono.
—Lindy, estoy preocupada por ti.
—No empieces otra vez —contestó.
—Vi lo que te hizo —confesé, refiriéndome al pellizco. Me lanzó una mirada de asco. Tenía derecho a ponerme frente a un espejo—. Si actúa así en público, ¿cómo es a solas? —pregunté con cautela.
—Creo que tú conoces esa respuesta mejor que nadie, Jess. —Me quedé tan sorprendida como si me hubiese asestado un puñetazo en la tráquea—. En realidad, es bastante majo cuando llegas a conocerle —continuó.
— ¿Majo? Me insultó a mí, tu mejor amiga, delante de todo el mundo.
—Bueno, solo estaba siendo sincero, ¡ese top rojo te sienta de culo ! —Puso una mueca, como si le hiciese gracia y al mismo tiempo lo sintiese—. No se anda con rodeos. Eso es lo que me gusta de él: su sinceridad. No miente, resulta refrescante.
—¿Usa esa expresión contigo antes de insultarte, la de la «dosis de verdad»?
—No, solo contigo —respondió—. Nosotros no discutimos así.
Se percató de que eso a ti te ponía. —Me pregunté si estaba celosa, pero su comportamiento no mostraba ningún indicio—.
¡Por fin has dado con la horma de tu zapato!
—Esbozó una sonrisa de oreja a oreja, algo que yo nunca había visto.
Ella siempre había sonreído de forma tensa, como si temiese exteriorizar el placer por miedo a que fuesen a arrebatárselo—.
En realidad, creo que hasta puede haberte ganado —prosiguió.
Por ahora . Me quedé callada—. ¿Sabes? Creo que deberías intentar conseguir ese papel para su próxima obra. Para ti supondría un reto como actriz.
—¿De qué va? —pregunté, dejándome engatusar, pese a tener que recordarme que solo quería verla para advertirle sobre él.
—Eso es alto secreto —contestó Linda mientras se daba unos golpecitos en la punta de la nariz con el dedo; era un gesto ridículo, algo que hasta entonces nunca le había visto hacer—.
Tiene una manera interesante de trabajar con sus actores.
Solo les deja leer su papel. Lo demás lo descubren al momento, durante los ensayos.
—Así puede mantener el control —dije.
—En realidad, creo que es una forma de que el actor lo pierda —respondió—, por irónico que parezca.
—¿No te importa?
—¿Por qué iba a hacerlo? —Me observó y después soltó una carcajada—. Ay, Jess, no le gustas, en serio. No todo el mundo está pillado por ti. —Me dolió y sentí cómo me ardían las mejillas—. Afirmó rotundamente que no eras su tipo.
—Me pregunto por qué sintió la necesidad de contártelo —comenté—. Jacques jamás diría algo así sobre ti.
—Venga, no me vaciles. No finjas que no sabes que, por lo que respecta a nosotras, jamás había sido la primera a ojos de ningún hombre, hasta ahora.
—¿Y qué me dices de Stuart?
—¿El memo de Stu, el tío con halitosis? —Negó con la cabeza—. Uf, te portaste de pena… Ni siquiera se atrevía a hablar delante de ti. Mark, por otro lado… ¡podría darte un buen repaso!
—¿Lindy?
—¿Qué?
—¿Estás segura de que puedes confiar en él? —Comenzó a tararear una melodía desconocida para acallarme—. VALE —dije—. VALE, lo pillo…
Se detuvo y me miró fijamente.
—Anoche me dijo que era lo mejor que le había pasado.
—Pues claro que sí. También eres lo mejor que me ha pasado a mí.
Aquello pareció no causarle ningún efecto.
—Jess, por primera vez en mi vida estoy enamorada.
—¿Enamorada? —pregunté, asustada—. Es un poco pronto para esa palabra.
—Cuando lo sabes, lo sabes —respondió ella.
Se me empezó a acelerar el corazón. ¿De emoción? ¿De preocupación? ¿De asco? ¿De lo contrario? No podía dejar espacio a ese pensamiento.
—Oye, J —empezó—. Siempre te adoraré. Ningún hombre se interpondrá entre nosotras, ¿verdad? —Después, me pellizcó el antebrazo con suavidad. Era la primera vez. Me pareció bien—. Entiendo que estés preocupada. Pero no te comas la cabeza ¿vale? Esta vez, respétame.
—Vale —dije después de darle un beso en la mejilla, a sabiendas de que no debería haberlo dicho.
—¿Podemos volver dentro ya? Hace un frío de cojones.
—Está bien, pero antes de irnos… —Apoyé la mano en el tronco del árbol y levanté la vista. Puse mi mejor voz de Enid Blyton—: «Su copa llega hasta las nubes y… ¡Rick, encima del árbol siempre hay algún país extraño…!».
Hizo todo lo posible por reprimir una sonrisa.
—Ay, Rick —suspiró y tembló, como si volviésemos a tener siete años y estuviésemos escuchando la historia por primera vez en una bañera tibia.
—¿Has hablado con Sue últimamente? —pregunté.
—He estado bastante ocupada —contestó.
—Bueno, pues cuando lo hagas, ¿te importaría decirle que he preguntado por ella?
—Díselo tú misma —dijo al mismo tiempo que daba media vuelta y se alejaba. Detrás de mí, me pareció escuchar: «Qué país tan extraño».
—¿Dónde te habías metido esta mañana? —Jacques me envolvió en un abrazo de oso en cuanto entré por la cocina de estudiantes, donde estaba preparando una pasta puttanesca para comer.
—Tenía que hablar con Linda —dije—. Estoy preocupada por ella.
—¿De verdad? Pues menuda forma más rara de demostrarlo tuviste anoche…
—Ah, solo estaba pedo.
—¿En serio?
—Sí, en serio. Ese tío me saca de mis casillas.
—¡No me digas! —Me sirvió un bol de pasta—. Fuiste bastante maleducada.
— ¿Fui? Me insultó desde el momento uno y tú ni siquiera me defendiste.
—No parecías necesitar que te defendiesen, Jess. —Me observó y se mordió el labio inferior.
—¿Disfrutaste de ver cómo me humillaba?
Una chica entró a la cocina y se quedó demasiado rato mirando a mi novio.
—¿Y tú qué coño miras? —pregunté.
—Madre mía, relájate —respondió ella antes de marcharse.
—¿Estás con el síndrome premenstrual? —preguntó Jacques, lo que solo sirvió para cabrearme más.
—Si, como sugieres, estoy de mal humor , es porque me estoy empastillando el cuerpo con hormonas artificiales para que puedas tener barra libre de sexo a tu disposición.
—En realidad, no soy el único que quiere tener barra libre de sexo a su disposición… —dijo con una risa alegre.
Pensé en Sue. Fue ella la que me sugirió tomarme la píldora al cumplir los dieciséis por las reglas tan espantosas que tenía. Y, como consecuencia, me dijo que no me quedaría preñada. No me habló sobre los peligros de las ETS. La echaba de menos.
—¿Te acuerdas de cuando conociste a Sue?
—Es difícil de olvidar —dijo mientras se metía una cucharada de pasta en la boca.
—Bueno, pues a mí me gustaría conocer a alguien de los tuyos. —Pareció como si le costase tragar—. ¿Me has oído? Me gustaría conocer a tus padres.
—No puedes, ya te lo he dicho.
—¿Por qué no?
—Porque están en Francia.
—¿Siguen juntos?
—Pues claro que no, son franceses. —Su frivolidad era desalentadora.
—¿Dónde vives?
—La mayor parte del tiempo, contigo.
—¿Y el resto?
—¿A qué viene esto?
—¿Dónde está tu hermano?
—Mi hermano es el único miembro de mi familia que vive en Dublín —contestó después de dar un trago de agua despacio.
—Quiero conocerle, insisto…
—No creo que sea buena idea, Jess.
—Bueno, pues para tu información, no quiero seguir con esta tontería que tenemos hasta que me presentes a tu hermano.
Jacques se levantó y tiró los restos del plato medio lleno de pasta a la basura maloliente y desbordante, y me dijo con una voz fría que no le había escuchado hasta entonces:
—No respondo bien a las amenazas. —Y se largó.