17 #2
—Administración de empresas, economía y estudios sociales… para lidiar con mis pecados —contestó Jonathan—. Es un muermazo.
—Pues a mí me encanta el nivel de la enseñanza aquí —respondió Mark. Sonaba tan formal y anticuado, como si estuviese haciendo de un escriba de la época victoriana.
—¿Y tú?
—Filosofía pura.
—Mola. No sabía que existía. Yo no tuve alternativa. Mi padre no me pagaría los estudios si estudiaba otra cosa. Por lo visto, tengo que hacerme cargo del negocio de la familia. Es su forma de mitigar un poco la culpa de ser un cabrón ausente.
—Yo ni sueño con que el mío quiera aplacar la suya. —Me reí con demasiada alegría.
— Aplacar … —Mark pareció reflexionar sobre el significado de la palabra—. ¿Y tú qué, Jacques?
—Nada que redimir. —Adoptó una expresión impasible. Lo observé, decidida a avasallarlo más tarde.
—¿Qué hay del tuyo? —le preguntó a Linda—. Tu padre tampoco es tan malo, ¿no? Paga todo.
—Le debe muchísimas más cosas que ese puto dinero —espeté—. Ese hombre sabía lo que pasaba en casa y la dejó ahí tirada.
Se le contrajo el cuerpo, como si pensase que si se encogía lo suficiente desaparecería. No debería haberla delatado, su expresión me recordó a ese momento en el que le confesó a Sue que su madre no la había querido. El hecho de que hubiese testigos hacía que la humillación pública fuese real.
Jonathan se levantó de repente, echó la silla hacia atrás y las patas chirriaron contra el suelo de cemento.
—Linda, ¿podemos salir fuera un segundo? Me gustaría hablar contigo.
—Ahora mismo no me apetece —soltó.
—Bien —dijo Mark—. Eso es bueno. Cada vez se te da mejor decir lo que piensas.
Quería mandarlo a la mierda, pero fue como si tuviese un nudo en la garganta.
—Linda, eres increíble tal y como eres —afirmó Jonathan con exasperación.
—Solo la estoy ayudando a ser la mejor versión de sí misma —respondió Mark, y me miró—. Nadie le ha enseñado a ocupar espacio y a defenderse. —Después, se dirigió a Linda y le dijo—: «¡Sé quien eres en realidad!». —Solté una risita—. ¿Qué es lo que te hace gracia? —preguntó Mark.
—¡Tú! «¡Sé quien eres en realidad!». —Volví a sentir esa actitud de colegiala, esa aspereza que me permitió sobrevivir al abandono de mi padre—. Farsante ridículo. —Este tío estaba azuzando a mi chica mala interior.
—¡Jessica! —Jacques parecía estupefacto. No conocía esta versión de mí, la que salía a la luz cada vez que peligraba mi amistad para mandarte a paseo.
—Ahora no, Jessie —soltó Linda.
—Son las palabras de un filósofo famoso —espetó Mark, parecía estar disfrutando.
—¿Quién, Nietzsche? —pregunté con un bufido.
—¿Te parece algo que diría un nihilista? —contestó Mark.
En realidad, no tenía ni la más remota idea y debería haberlo reconocido en lugar de meterme en una discusión sin fundamento:
—¿Es que no son todos iguales…? De un modo u otro. Este mundo es un agujero negro y acabará devorándote.
—Guau, qué estrechez de miras —respondió Mark—. De hecho, Kierkegaard era existencialista y cristiano y creía en el poder del amor.
—¿De hecho? ¿Es un hecho? —pregunté.
—¿Un cristiano que cree en el amor? —interpuso Jonathan.
—Alberga la paradoja —dijo Mark.
No había nada más que decir, o por lo menos no había una respuesta que fuese a satisfacer a todo el mundo. Estaba cabreada. La presencia de Mark, su mismísima esencia , me despertaba unas ganas de pelear.
—No te mereces a mi amiga.
—Y yo creo que tú tampoco —contestó.
—Estáis hablando de ella como si fuese un objeto —dijo Jonathan.
Linda se rio, como si le gustase que dos personas se estuviesen peleando por ella.
Mi siguiente arremetida fue de colegiala, como cabía esperar:
—Esas gafas son de estirado. Y la parka es de capullo, ¡solo un capullo podría llevarla!
—Acepto tu opinión y subo la apuesta —repuso con tranquilidad.
—Adelante pues —invité.
—¿Jacques? —preguntó.
—¿Le estás pidiendo permiso a mi novio para insultarme?
—Le estoy pidiendo permiso para que me deje decirte unas cuantas verdades.
—¿Jess? —Jacques me miró perplejo. Él no era rival para nuestros juegos.
—Tu acento es falso —afirmé, lanzándole otra—. Todo lo que te rodea es una farsa.
—Tan provocadora como siempre —respondió—. Qué ganas tengo de verte hacer de hijastra. Incluso al mismísimo Pirandello se le pondría dura de la emoción solo con pensarlo.
—Vaya, gracias —contesté, e hice una reverencia teatral.
Jacques, Jonathan y Linda tenían distintas expresiones de consternación, aunque todos estaban igual de absortos con el dueto que estaba teniendo lugar.
—¿Quieres una dosis de verdad, Jessica?
—Dispara —respondí.
—Ese top rojo te sienta fatal, no favorece nada a tu complexión. Además, todo el mundo sabe que el rojo no pega con el pelo rubio, hace que parezca cobrizo.
—Por el amor de Dios. —Jonathan se levantó.
—Qué patético. —Se me escapó una risa áspera. Jacques soltó una risa nerviosa a continuación.
—¡Todo por la sinceridad entre amigos! —exclamó.
—¿Eso es lo mejor que tienes?
—El resto me lo reservo para otro día —soltó. Me emocioné demasiado. Mark le acarició el pelo a Linda mientras decía—. «El amor no es egoísta, pues en él nada es tuyo ni mío».
Linda pareció derretirse contra él.
—Espero que esas palabras sean de tu querido existencialista y no tuyas —dije.
—Así es —confirmó, y le dio un beso a Linda en los labios—. Y yo las comparto.
—¡Qué oportuno para un controlador! —exclamé.
—Que lo veas de esa forma resulta revelador. —Se anotó el punto. Me pellizqué la palma de la mano—. Creo que estamos siendo bastante descorteses, Jessica. Por si no lo habías notado, aquí hay otras tres personas más.
Fue magistral: se las ingenió para dejarme en bandeja la responsabilidad del numerito. De pronto parecía tan razonable… Su tono de voz cambió de combativo a conciliador en cuestión de un segundo. Se volvió hacia Jacques.
—Espero que no te importe. En realidad, estaba poniendo a Jessica a prueba para un papel que estoy escribiendo.
—¿Y qué tal lo ha hecho? —preguntó Jacques, interesado.
—¡Lo ha bordado! —afirmó Mark.
Una sonrisa le tiró de las comisuras de los labios a Jacques, se estaba conteniendo. Una parte de él estaba disfrutando de nuestra violenta disputa. ¿Qué decía eso de cómo me veía?
Mark le recorrió la mejilla derecha a Linda con los dedos y se la pellizcó con suavidad. Las similitudes entre cómo estaba tratando a mi amiga y cómo solía tratarla yo eran asombrosas. Después, le plantó un beso en la mejilla irritada.
¿Me lo estaba imaginando o Linda me miró de forma engreída como si quisiera decir: «Tú no eres la única a la que desean así»?
Los dos se levantaron de la mano y se dieron la vuelta para marcharse.
—No os paséis con la bebida —se despidió Mark. Linda se quedó callada.
En cuanto los dos se alejaron lo suficiente, Jonathan saltó:
—¿Qué cojones? Parecíais Burton y Taylor, saltándoos de esas formas a la yugular.
—¡Espero que no! —exclamó Jacques.
—¿Te refieres a los de ¿Quién teme a Virginia Woolf ? —pregunté—. Uf, sí, ¡es igualito a George!
—Y tú has sido la Martha perfecta —afirmó Jonathan.
— Mais, merci! —Me arrodillé con elegancia.
—No era un cumplido.
—¿Queréis algo de beber? —preguntó Jacques, que se levantó para ir a la barra.
— Mais, oui! —exclamé nerviosa.
—Pues claro —contestó Jonathan.
—Espero que ella esté bien —susurré—. Espero que sepa con quién está tratando.
Jonathan me miró de soslayo y sin una pizca de humor, a modo de admisión silenciosa.
Jacques volvió con tres pintas.
—No os paséis con la bebida —dijo Jonathan, imitando a Mark.
—Brindemos por eso —contesté.
—Amén —respondió Jacques.
Y bebimos, bebimos y bebimos. Los tres. No hasta perder el conocimiento, pero casi. La risa venció, ahogada por el alcohol.