17
–E stás guapísima, Linda —dijo Jacques. Y era cierto.
Llevaba una chaqueta de punto amarillo limón nueva y una falda larga por debajo de las rodillas que le sentaban genial y deberían haber parecido cursis, pero que en cambio le conferían un aspecto retro y tierno, como una ama de casa de los cincuenta.
Su complexión delgada le daba un aire melancólico estilo April Wheeler en Revolutionary Road .
Mark sonrió como si el cumplido fuese dirigido hacia él, lo que indicaba que era el artífice de ese nuevo look .
Estábamos en el Dungeon, un bar oscuro y sin ventanas del campus, atestado de humo y del perceptible aroma a lejía barata de limpiar el baño que salía por los ventiladores; era el sitio al que iban los artistas, los actores y los drogadictos.
Había organizado una quedada para tomar algo allí, pensando que Mark quedaría ridículo en contraste con el ambiente bohemio y relajado del sitio y entonces Linda se daría cuenta de que era un farsante.
Salvo que parecía como si Mark pudiera mimetizarse o destacar a su antojo, incluso el espacio que lo rodeaba se las apañaba para acogerle.
De repente, la parka y las botas de vaquero parecían extravagantes en vez de ridículas.
Era imposible negar que atrajo unas cuantas miradas, pero no tenían nada que ver con el ridículo.
—Jonathan llegará dentro de poco —le dije a Linda.
—¿Y no se te ocurrió decírmelo? —De pronto, parecía ansiosa.
—Bueno, te lo estoy diciendo ahora.
—¿Me acompañas al baño? —Parecía un código rojo.
Me levanté, la seguí y escuchamos la voz divertida de Mark a nuestras espaldas:
—Me pregunto qué asunto tendrán que comentar esas dos.
—En realidad, solo tengo que mear —dije, decidida a tener la última palabra en la discusión sobre las directrices femeninas de acompañarse al baño.
El baño tenía unas luces fluorescentes azules que nos daban un aspecto macabro.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Linda.
—¿A qué te refieres? Jonathan te echa de menos, así que lo he invitado.
—Linda abrió el grifo y observó el agua fluir sin decir nada—.
¿Qué es lo que tanto te preocupa, Lindy?
—Siguió con la vista clavada en el grifo, en trance.
Lo cerré y di unas palmadas delante de su cara—.
Venga, si tan preocupada estás de que tu novio conozca al guapo de tu amigo, entonces quizás tendrías que replantearte lo de seguir con él.
—Uf, que te jodan, Jess. —Me quedé de piedra. Linda nunca me había dicho esas palabras, ni siquiera las había pronunciado. Punto. Pertenecían a mi terreno—. ¿Te crees que no soy lo bastante atractiva como para estar con un tío que solo esté pillado por mí?
—No me refería a eso.
—Sí, sí que lo hacías.
Nos quedamos en silencio. Recordé nuestros primeros días con vergüenza.
—Sabes que te quiero, Lindy. —Me miró con sospecha y anhelo. Nuestras miradas se cruzaron y el fluorescente azul de arriba proyectó unas sombras que hicieron que nuestros ojos parecieran repletos de surcos—. ¿Qué es lo que tanto te preocupa? —pregunté con más suavidad.
Estaba escogiendo las palabras con cuidado, como si cualquier cosa que dijese fuese a sonar ridícula.
—No lo sé. Ojalá no lo hubieras invitado. No estoy preparada.
No estoy preparada. ¿Lo que sucedió en Navidad le había dolido más de lo que pensaba? Me di cuenta de que pronuncié algo que nunca solía decir, ni a Linda, ni a nadie:
—Lo siento. —Me sentí insignificante nada más pronunciarlo. Sumisa. ¿Lo decía de verdad o solo estaba actuando de forma táctica y tratando de volver a ganarme su afecto?
—Olvídalo —contestó con mal humor—. Lo hecho, hecho está.
Me sorprendió que las disculpas no tuviesen el efecto que esperaba.
Dudo que, hasta ese momento, nadie se hubiese disculpado con Linda.
Se miró al espejo y los ojos de su madre le devolvieron la mirada: la intensidad de su autodesprecio me dejó sin respiración.
La rodeé con los brazos por la espalda y nos observé en el espejo mientras me aseguraba de captar su mirada; tenía los ojos grises y neblinosos bajo esa luz.
—Esta noche estás preciosa, Lindy.
—Lo que tú digas —contestó antes de darme un empujón y girarse.
Me pregunté por qué le preocupaba más que Jonathan conociese a su novio que yo. Era evidente que yo suponía una amenaza más grande, ¿no? Eché un vistazo a mi reflejo y solo vi un contorno ocupando un espacio vacío, como si fuese un esbozo dibujado a toda prisa.
Para cuando volvimos, Jonathan estaba sentado en un taburete, enfrascado en una conversación con Mark y Jacques.
Su atuendo de deportista pegaba aún menos que el conjunto ecléctico y diseñado para despistar de Mark.
Linda se tensó, cuadró los hombros y fue paseándose hacia ellos. Jonathan se levantó al vernos.
—Hola, desconocida.
—Hola, Jonathan. —Sonaba distante y apagada, como si estuviese debajo del agua.
—Ha pasado un tiempo… Mi madre ha preguntado por ti —continuó él.
Me pregunté por qué estaba mintiendo. Linda esbozó esa sonrisa tensa nueva y no estableció contacto visual con nadie.
Se sentó en silencio al lado de Mark, que le apoyó la mano sobre la rodilla.
Pareció calmarla y atraparla al mismo tiempo, pero por voluntad propia, y le cubrió la mano con la suya.
Un pájaro criado en cautividad solo estaba a gusto en espacios cerrados.
Me burlé de mi intento por comportarme como una persona culta decimonónica con ella.
De todos modos, era cierto que Linda me recordaba a un pájaro enjaulado: era diminuta, pero aun así rebosaba un poder y un potencial que le habían arrebatado.
Además, por aquel entonces aún podía haber averiguado cómo escapar de la jaula.
La doctora Collins hace un buen uso del silencio ahora.
—Debería haberme esforzado más.
Se me viene a la cabeza un destello de aquella noche. «Atreverse es perder el equilibrio momentáneamente», escuché mi voz salvaje citando a Kierkegaard, ¿o era la de Mark? Los recuerdos son borrosos, pasajeros. La noche prosigue en ecos distorsionados.
La doctora se acerca.
—No debí dejar que la engañase de esa forma.
—Ni a vosotros.
—Sí, ni a ninguno de nosotros.
—Pero erais jóvenes e ingenuos.
—Aunque a mí me gustaba competir por Linda y los jueguecitos que tramaba.
—¿Entiendes por qué?
—Era una egoísta adicta a la adrenalina y a la atención.
¿Qué cosas encajan con la versión de mí que aparece en la nueva obra de Mark de la hijastra herida, seductora, exhibicionista que se hacía pasar por la «mejor amiga»? ¿Cómo es posible que no me haya dado cuenta de las similitudes hasta ahora?
— ¿Adicta? —me repite la doctora Collins. Me encojo de hombros—. Que te cierres en banda no ayuda, Jessica.
Una de las cosas favoritas de Mark: ten predisposición a sorprenderte y a expandir tus límites, tanto en la vida como en el arte.
¿Eso es lo que estoy haciendo? No es más que otro mero intento de «reconstruirme», de «reorganizarme» para transformarme en algo distinto. Bueno, pues que le jodan, ya sé de qué va esto. El potencial de daño es demasiado alto.
Echo un vistazo al móvil. Quedan cinco minutos.
—Se me había olvidado que tengo que ir a otro sitio —digo al levantarme. La doctora Collins se queda en silencio y asiente—. Gracias por todo —me despido, y lo digo en serio.
Doy media vuelta y salgo de la sala. A partir de ahora, esta historia me pertenece.
—¿Os apetece algo de beber? —preguntó Jonathan.
Contesté que yo iría a por ellas, pero Jacques replicó que no me preocupase y luego Mark dijo que ya se encargaba él, y, por el tono que puso, le dejamos hacerlo.
Después de señalarle lo que queríamos, Jacques se giró hacia Jonathan y le dio una especie de palmada en la espalda.
Los dos jugaron a las peleas un poco mientras Linda estaba sentada con rigidez en una silla de plástico naranja brillante, una alusión retro al colegio y otra sarcástica a los drogadictos del futuro.
Me senté a su lado y le apoyé la mano en la rodilla que no paraba de menear, pero ella me la apartó.
Mark volvió sujetando las cinco bebidas con sus manos de pianista, elegantes y de dedos largos, sin despeinarse.
En cuanto las dejó en la mesa, todos alargamos el brazo hacia ellas y les dimos un buen trago con rapidez, salvo Mark, que le dio un sorbito a la limonada de manera comedida.
Podía notar cómo nos observaba y estudiaba nuestra sed colectiva.
—Es un placer conocerte por fin —le dijo a Jonathan mientras lo contemplaba.
—Sí, lo mismo digo. —Jonathan estaba más pendiente de intentar hablar con Linda, pero ella se negaba a mirar en su dirección.
—Qué raro que esta señorita se opusiese tanto a que nos conociéramos —prosiguió Mark, y le dio un apretón a Linda justo encima de la rodilla; ella dio una patada sin querer.
Mark soltó una carcajada como si se estuviese burlando de una niña pequeña adorable, en vez de riéndose con ella.
Linda se abrochó la chaqueta, pero no antes de que le viese un sarpullido incipiente en el pecho.
—Supongo que estaba ocupada con otras cosas —contestó Jonathan.
—Es evidente que con los estudios no… —afirmó Mark mientras le colocaba el pelo detrás de la oreja.
—Bueno, aún queda bastante tiempo. Falta mucho para los exámenes —dijo Jonathan.
—¿Y qué tal van tus estudios? Os he visto a Jessica y a ti haciendo novillos antes.
Ese comentario parecía muy de acosador, aunque también podía habernos visto de pasada…
—Estábamos tomando un café mientras charlábamos sobre La señora Bovary .
—¿Qué tal lo llevas, Jess? —me preguntó Jacques.
—No nos parecemos en nada.
—Ahí estás otra vez haciendo que todo gire en torno a ti, Jessica —espetó Mark, y me quedé sin aliento. Vaya puto descaro.
Miré a Jacques en busca de apoyo, pero pareció no haberlo oído y Linda seguía preocupada por haberse sonrojado; solo Jonathan, que se estremeció, pareció darse cuenta.
—¿Qué estudias? —le preguntó Mark, cambiando de tema como un experto.