El juego de la verdad 16
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S e me empañó la vista a medida que fui recorriendo las líneas con los dedos.

Estaba en la biblioteca del edificio de artes, la Lecky, un sitio supermoderno, demasiado iluminado y con la calefacción a tope; el aire seco salía a raudales por los ventiladores que tenía a los pies.

No conseguía concentrarme, una ansiedad distinta había invadido mis sueños y vigilia.

¿Cuánto tardaría el auteur en irse? Me obligué a volver a clavar la vista irritada en la página.

«La sombrilla, de seda color tórtola, que el sol atravesaba, iluminaba con reflejos móviles el cutis blanco.

Sonreía, cobijada en ella, a la temperatura tibia; y se oían caer las gotas de agua, una a una, en el muaré tenso…

». Venga ya . Jacques me había dicho que esta obra me iba a encantar y que estaba seguro de que me identificaría con el personaje principal: una mujer vanidosa, superficial, aburrida, adicta al amor, caprichosa y necia.

Veían a Emma Bovary a través de una mirada masculina, y me cabreé con Jacques.

Además, tenía demasiadas descripciones pomposas e innecesarias.

—Bú —me susurró una voz detrás de mí al oído.

—¡Me cago en la puta! —chillé.

—Estaba seguro de que reaccionarías —dijo la voz—. ¿Me has estado evitando? —Jonathan se deslizó en la silla que tenía en frente.

—¿Os importaría cerrar el pico? —preguntó el tío que estaba en el de al lado tras levantar la vista.

Le sonreí de una forma agresivamente coqueta y después me centré en Jonathan: en sus bonitas facciones simétricas y en ese cuerpo trabajado a conciencia que contrastaban con ese pelo y esa naturaleza difíciles de domar. Me gustaba esa contradicción que tenía su persona.

—¿Café? —susurró de forma teatral para darle efecto.

Lo seguí hasta el puesto de café, necesitaba cualquier tipo de distracción.

—¿Qué tal te va con La señora Bovary ? —preguntó en cuanto nos pusimos a la cola. Fingí un bostezo—. A mí me encanta ese libro.

—No creo que forme parte de tu programa de lecturas obligatorias de Economía, ¿verdad?

—Mi madre lee mucho.

Bueno, puede que después de todo no fuese tan «arreglada» como Linda creía.

—¿No te pone un poco de los nervios? —Cité—: «Trémula, esperanzada, vulnerable, imprudente, alborozada, apasionante, ah, y por supuesto, guapa, llena de vida y con olor a una mañana primaveral…

sus faldas brillantes, su palpitante y desbocado corazón, unos labios modestos y un rostro brillante…

», como dicen los críticos, difícilmente puede tratarse de un realismo literario «puntilloso».

—Madre mía, alguien debería ofrecerte el papel, ¡estarías fantástica!

Estábamos al principio de la cola y Jonathan pidió dos capuchinos, algo deliciosamente sofisticado.

—¿Sabías que Flaubert era un hombre gordo y caprichoso al que le encantaba irse de putas? Por lo visto, se pasó toda la vida con miedo de pillar sífilis.

—¿Y? Pensaba que a ti la moralidad te la traía al fresco.

Jonathan me pasó el café aguado y yo me dirigí al mostrador para abrir dos paquetes de azúcar y echármelos al café, después, les di vueltas con energía. Hasta ese momento, jamás le había echado azúcar al café, pero ahora necesitaba notar el subidón y el sabor fuerte del dulce.

—Es que siento que solo se la ve desde una perspectiva masculina.

Él la critica, pero al mismo tiempo la consiente.

—Di un sorbo e hice una mueca. Me dolieron los dientes por el exceso de azúcar.

Cité con exageración—: «Pero la vida de ella era fría como un desván con tragaluz que diera al norte, y el aburrimiento, araña silenciosa, tejía su tela en la sombra de todos los rincones de su corazón».

—Me metí un dedo en la boca y fingí que potaba.

Jonathan se rio mientras me guiaba a uno de los asientos de plástico, donde me senté a su lado.

—Pues yo creo que es una genialidad.

—Es una Bella Durmiente de categoría…

—Bueno, por lo menos no le escribió un final feliz en el que encontraba a su príncipe.

—¡En eso tienes razón! Pero la describe de una forma espeluznante.

—Supongo… Nunca lo había visto de ese modo —confesó Jonathan.

—¿Qué más leía tu madre?

—Tenía un alijo de novelas de Jilly Cooper.

—Qué pilla.

—Mi preferida era Jinetes .

—¡La mía también!

—¿Seguirías pensando lo mismo si estuviese escrita por un hombre?

—Puede que no… —reconocí.

—¿Cómo está Jacques?

—¿Hablando de mozos de cuadra macizos?

Jonathan se tiró del jersey, le dio vueltas a una pelotilla de lana entre el índice y el pulgar y me la lanzó. Yo levanté los manos en un gesto de rendición falso.

—Está genial. Deberías venirte a tomar una pinta con nosotros más tarde. No deja de preguntar por ti.

—Me encantaría. Siento como si Linda me estuviese evitando.

—Ese tío nuevo no la suelta —dije—. Pero Jacques cree que no va a durar.

—¿Y tú qué opinas?

—Es demasiado pronto para saberlo, pero a ella le encanta que le presten atención; lo necesita.

Se removió un poco en el asiento y se le pusieron rojas las puntas de las orejas.

—En Navidad fui un poco cruel, lo sé, pero tampoco quería darle esperanzas. —Levantó el café y lo meció.

—Solo estaba borracha.

—Bueno, en fin, me alegro de que haya encontrado a alguien que la quiera. Se lo merece.

—¿Acaso no es algo que merezca todo el mundo? —Lo observé.

—Puede que en el caso de Linda sea mucho más cierto…

—¿A qué te refieres?

—Mi madre dijo que parecía que a Linda le hacía falta amor. Me dio a entender que estar con una persona tan herida no me vendría bien.

—Uf, qué duro. O sea que, ¿que no te quieran implica que eres imposible de querer?

—Es una frase típica de mi madre. Su capacidad para empatizar es limitada: la reserva solo para ella y para mí, al ser una extensión de ella. —Los dos nos quedamos en silencio. Jonathan suspiró demasiado fuerte y el líquido caliente le salpicó la cara—. Jooooder.

—¿Estás bien? —Se secó las mejillas con la manga—. Ten. —Le pasé una botella de agua del bolso.

—Gracias. —Se vertió un poco en las palmas y se mojó la cara a toquecitos—. ¿Podrías organizar una quedada para tomar algo?

—Claro —contesté, y sentí una especie de inquietud extraña.

—¿Sabes? La echo de menos. Sueño con ella…, pero no como en las novelas de Jilly Cooper, claro.

—Claro… Puede que ambos vibréis en la misma frecuencia y no os hayáis dado cuenta. ¿Quizá sea por esa tristeza que mencionó tu madre?

—Por Dios, es terrible —soltó—. ¡Consejos para memos!

Él se rio, pero yo no.

Ella era esa clase de persona. Alguien vulnerable que te engatusaba para colarse en tu subconsciente.

Y, cuando Linda se apegaba a ti, sentías como si no existiese nadie más.

Entonces pensé en telarañas y ruecas invisibles.

Y en la fría casa de Linda, que daba al norte y no nutría a ningún ser vivo.

Y en ella teniendo que ponerse de puntillas para llegar a la puerta de entrada. Culpé a Flaubert.