El juego de la verdad 15
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J acques y yo estábamos acurrucados en la cama, arrebujados debajo del edredón y con unos calcetines gordos puestos después de una intensa sesión de sexo para liberar tensión, tras la que acabamos con una capa de sudor frío en el cuerpo. Fingió que iba a devorarme.

—¿Dónde te escondes debajo de todas estas capas?

Me arrebujé aún más en el edredón y me tapé la cabeza. Unos instantes después, tuve que salir a por aire.

—¡Vaya huevos! —exclamé.

—Muchas gracias, cielo.

—Ya sabes a quién me refiero… «Eso si te parece bien prestarme a tu novia» —repetí, imitando lo mejor que pude el acento estadounidense-dublinés de Mark—. Menudo capullo pretencioso.

—Tampoco te vi negarte. ¡Lo que sea por conseguir un papel! —exclamó Jacques mientras me hacía cosquillas.

Me lo quité de encima de un empujón y dije en un acento francés falso:

—Si es el hombge del momento… ¡Son mujeges ! ¡Serás cerdo!

—Oye, pero si son solo las mujeres las que usan el código «acompañarse al baño». Tú misma me lo dijiste.

—Pero no para que me lo echases en cara y me humillases públicamente.

—Estás siendo un pelín dramática, Jess.

—¿Llamar a nuestra presidenta una «feminista liberal a la que le va la marcha»? ¿Es que no te chirría?

Jacques se rio y se secó los ojos con el dorso de la mano para limpiarse las lágrimas que le bajaban por la cara.

Me acerqué y se las lamí de las mejillas.

—¿Viste cómo me estaba interrogando?

—Pensé que solo se estaba interesando.

—¿No te pareció demasiado interesado? —pregunté para chincharle.

—No —contestó Jacques sin rodeos; no era la respuesta que esperaba. Alargó el brazo hacia su jersey, que estaba tirado por el suelo, donde lo había dejado la noche anterior.

—¿Y qué me dices de que no apartase la mano de la rodilla de Linda en ningún momento?

—¿Qué problema hay? —dijo mientras se pasaba el jersey por la cabeza.

—¿No piensas que era una demostración de propiedad?

—Esto es a lo que yo llamo una «demostración de propiedad» —contestó tras acercarse y darme un apasionado beso con lengua.

—Pero nosotros lo estamos haciendo en privado —dije—, no estamos fingiendo delante de nadie.

—¿Te gustaría que lo hiciésemos? —preguntó Jacques.

—Creo que a Mark le encantaría. «¡Hacéis muy buena pareja!» —repetí, y fingí que me daba una arcada.

—Pero tiene razón, nena. —Jaques ladeó la cabeza y yo hice un puchero. Me acerqué para darle un beso.

—¿Y la forma en la que llamó a Linda «amorcito»?

—Vale, eso fue un poco cursi.

—Está obsesionado con ella —afirmé—. No para de tocarla.

—Yo hago lo mismo contigo. —Me puso a su lado y me envolvió con su jersey.

Lo aparté de un empujón.

—¿En serio crees que se comporta de la misma forma que haces tú conmigo?

—Pero ¿qué es lo que tanto te molesta de él? —Me analizó el rostro con demasiada intensidad.

—¿Es que no viste cómo le impidió ir al baño? —continué.

—No es verdad, ella dijo que no le hacía falta.

—Le apretó la rodilla con la mano. Lo vi.

—¿Estás celosa, Jessie Messy? —Me dio un beso en el obligo. No sabía de dónde había salido ese apodo y tampoco me hacía gracia.

—Qué patético —dije, refiriéndome tanto al apodo como a sus dotes nulas de observación—. ¿De verdad no notaste nada raro?

—Si te consuela, creo que no va a durar.

—¿Por qué?

—Me da la sensación de que ella es su proyecto personal más reciente.

Proyecto personal . Parecía que había dado en el clavo, por escalofriante que fuese.

—Yo solo espero que no la utilice y luego la deje tirada. Creo que Linda no lo soportaría.

—Pues claro que sí, ya es mayorcita. —Preferí callarme la dolorosa historia de mi amiga y las inseguridades que la siguieron—. ¿Te fijaste en cómo habló de mi beca?

—Creo que no lo dijo con ninguna intención.

—¿En serio? ¿Es que no te das cuenta de que estaba siendo ofensivo a propósito al decir que era una «ayuda»?

—Bueno, en cierto modo lo es, ¿no? No tuviste que hacer ningún examen…

—Esa no es la cuestión —dije—. Me corrigió en público.

—Creo que su forma de hablar es demasiado directa. Puede que esté dentro del espectro.

—¿A qué te refieres con «dentro del espectro»? —pregunté. (El Dublín de los 90 no era precisamente famoso por esas categorizaciones políticamente correctas, simplemente había muchos «bichos raros», «idiotas» o «tarados» por ahí sueltos).

—Nada, solo es algo que solían decir sobre mi hermano.

Contuve el aliento. Era la primera vez que me contaba algo sobre su familia por voluntad propia.

Se llevó la manga del jersey a la boca y empezó a chupársela.

Lo observé en silencio antes de que me mirase, esbozase una sonrisa torcida, me atrajese hacia él y empezase a mordisquearme el lóbulo de la oreja.

—¿Y qué es de tu hermano? —pregunté con suavidad. Se puso de pie encima de la cama y me pasó por encima—. ¿Adónde vas?

—Jesús, ¿quién es la controladora ahora?

Al baño, ¿algún problema? —Se dio la vuelta y me sonrió—.

Te cae mal el tío, lo pillo. Pero hazme caso, celosilla, no durará mucho.

—Me lanzó un beso antes de irse y después asomó la cabeza por la puerta—.

A diferencia de mí, de quien no te librarás fácilmente.

Me senté en la cama y me quedé pensando en mi novio, que pese a estar muy distante con su familia, estaba bastante centrado en mí.

¿Quién era ese hermano que su madre había descrito como «dentro del espectro» y dónde estaban ellos?

¿Por qué se había empeñado tanto en borrarlos por completo de su nueva vida?

—¿No crees que es lógico alejarte de tus padres en esa etapa de crecimiento? —pregunta la doctora Collins. Miro por la ventana y solo veo la pared—. Para forjar vínculos nuevos —prosigue.

—Bueno, sí, hay cierto grado de individualización, claro…

, pero en mi opinión… —Me imagino que puedo escuchar a los insectos escabullirse y susurrarse los unos a los otros por la pared, afanados en su vana existencia.

La doctora Collins espera pacientemente, aunque veo cómo se le contrae el pulgar derecho—.

Esos críos de universidad que necesitaban más las distancias y tenían una actitud de «que te den» a lo grande, eran los mismos que tenían el vínculo y la conexión psíquica más fuertes con su familia…

Me estoy convirtiendo en una experta en crear vínculos, o en inventarme cosas.

—¿Así es como te sentías tú?

—Bueno, sí, necesitaba alejarme de Sue, pero no a los niveles que Mark creía que eran necesarios .

— ¿Necesarios?

—«La libertad requiere de una especie de ruptura» —repito como un loro.

—Como hizo tu padre.

—Supongo que no le quedó más remedio. —Me encojo de hombros, es inútil.

—¿Es así como te estás tomando tu divorcio?

—No —contesto—. No me importa lo suficiente como para eso.

—¿De verdad?

—Es más bien lo que siento… o lo que no.

—¿Mark te animó a hacerlo, a romper lazos?

Reflexiono un instante y pienso en los problemas de nuestras respectivas casas.

—¿Cómo lo supo?

—¿El qué?

—¿Por qué se fijó en nosotros?

Entonces, la doctora Collins hace eso de acercarse y quedarse en silencio. Mi mente empieza a moverse a toda velocidad.

Ahora, cuando intento describir a Mark y plasmarlo en papel, lo que más recuerdo es un extraño estado de atención sincrónica que experimentaba al estar con él. Cómo el aire parecía mudar y reorganizarse a su alrededor y lo mucho que me costaba dejar de mirarlo a los ojos.

Carecía de ese tipo de belleza que teníamos Jacques y yo; era de hombros demasiado estrechos, boca demasiado apretada, pelo desvaído, manos y piernas demasiado grandes y piel pálida, como si se hubiese pasado la primera etapa de la niñez en habitaciones oscuras.

Aun así, aquellas lentes azules, azulísimas, con las que veía el mundo, eran portales eléctricos a otros reinos.

Tenía un porte que parecía decir: «Que te follen»; no era carisma en sentido estricto, pero sí algo oscuro y sexi.

Conseguía que nosotros, su círculo más íntimo, estuviésemos cachondos todo el rato, excitados, en sintonía.

Algo irresistible cuando tienes dieciocho y vagas sin rumbo.

Él era capaz de sentir lo que latía bajo esa fachada de «indiferencia».

Podía olerlo, se alimentaba de ello y nos lo regurgitaba hasta que nos atragantábamos con el trasfondo de dolor que no sabíamos que estábamos cargando.

—¿Jessica? —me interrumpe la voz de la doctora Collins.

—No estoy segura de poder fiarme de mis recuerdos —dije, mirándola fijamente.

—Y, aun así, aquí estás, intentando desenmarañar tu pasado.

—Siento como si me estuviese inventando una historia.

La doctora Collins contiene un suspiro y baja la vista hacia sus manos ahora inmóviles, que descansan sobre la falda de tubo que lleva puesta.

Yo observo las mías, temblorosas, con demasiada vida palpitando a través de ellas; me miro las uñas mordidas, las cutículas desiguales, antes delgadas y expresivas y ahora venosas como ramitas.

Aún estoy en la cuarentena. ¿Qué aspecto tendrán cuando pasen una o dos décadas?

¿Cómo las distorsionará y mancillará el tiempo y cómo se me presentarán mis recuerdos entonces?