14
J acques y yo estábamos sentados en un reservado del Stag’s Hunt: un bar animado y lleno de humo del centro de Dublín; tenía una fachada victoriana toda de hierro forjado, un guiño al encanto de la antigüedad en un callejón adoquinado que apestaba a pis.
El interior tenía cabezas de animales disecados por doquier, asientos de cuero rojo, espejos descomunales y una luz suave.
Bullía con los gritos de voces jóvenes y obstinadas, alguna que otra risa grave y exclamaciones de coqueteo del tipo: «¡Madre mía, eres de lo que no hay!
». El ambiente olía a sudor que tiraba para atrás, que se disimulaba con el aroma a Eau de Cologne cítrico de los chicos y el olor almizclado a Opium de las chicas.
—A ver, al tío parece que le mola el beis… —dije.
—Lo pillo, no te gusta cómo viste. —Jacques me sonrió de forma indulgente.
—No es solo eso.
—¿No cayó rendido ante tus encantos?
Le di un patadón en las espinillas. Ni siquiera se inmutó, demostró que tenía el autocontrol que a mí me faltaba.
Linda entró en ese momento, tenía el brazo de Mark rodeándole los hombros y la mano del tío suspendida sobre la garganta, como si estuviese apretándole la tráquea.
La última vez no me había fijado en su altura ni en el trozo que le sacaba a Linda, incluso estando agachado.
Sus estilos no pegaban: el de Linda era puritano y acicalado, mientras que el de Mark era libertino y desaliñado de forma deliberada.
Ambos tenían un aspecto angular impactante, con unos pómulos envidiables, pero mientras que las delicadas facciones de Linda tenían un deje golondrinesco, las de Mark parecían las de un halcón.
Llamé a Linda y los saludé para que se acercaran.
—¡Hola! Dejad que os traiga algo de beber —ofreció Jacques al levantarse.
—Gracias —dijo Linda—. Yo quiero una copa de Guinness.
Una expresión de desaprobación atravesó el rostro de Mark.
—Yo una limonada, por favor —contestó. Fue tan raro que casi parecía ofensivo. En aquella época nadie era abstemio en la universidad.
—¿No le das al alcohol? —le pregunté.
No me contestó, aunque estaba segura de que me había oído. Se sentaron en el banco de enfrente, Linda se cruzó de piernas y se puso a menear el pie como de costumbre. Mark le apoyó la mano en la rodilla y paró.
—Bueno —empezó Jacques cuando volvió con las bebidas—. ¡Si es el hombre del momento!
—Sip —respondió Mark—. Soy un tío con suerte, ¿a que sí?
—¡Eso creemos! —Jacques me miró.
La conversación me puso enferma. Una muestra de posesión masculina.
—Tú debes de ser Jessica —afirmó Mark, y se pasó la lengua por el tenso labio superior.
Por desconcertante que fuese, tenía unos labios perfectos de aspirante a estrella de los 40, con un arco de cupido muy marcado.
Se miró en uno de los espejos gigantescos y empañados, y el reflejo de sus gafas pareció devolverle una imagen distorsionada que le gustó.
—¡Eso creo!
—Ya era hora —contestó sin apartar la vista del espejo. Se sostuvo la mirada. Me sorprendió esa elección de palabras: «ya era hora». ¿De verdad era tan invisible para él?
—Jacques —dijo Mark mientras se giraba para mirar a mi novio—. Estás estudiando ruso, ¿cierto?
Jacques asintió; estaba acostumbrado a que todo el mundo supiese cosas de él de antemano, al ser una parte de la pareja más guay y mona de la universidad, según un consenso unánime.
—¿Y tú? —preguntó Jacques.
—Filosofía —respondí por él con un deje de desprecio.
—Filosofía —contestó Mark como si no hubiese dicho nada—. ¿Eres de origen francés? —le preguntó a Jacques.
— ¿De origen? —me burlé. Nadie se pispó.
—Mis padres son franceses, sí —confesó Jacques—, aunque yo crecí aquí. —Me di cuenta de que eso era más de lo que me había contado a mí—. ¿Qué hay de ti?
—Soy de Dublín, nací y crecí aquí. Mi padre regentaba un bar. Un tío normal de clase obrera. Pero era un capullo integral. —Me percaté de que al decirlo su acento pasó de gangueo de mitad del Atlántico a un acento marcado del centro de Dublín—. ¿Y tú qué? —me preguntó Mark—. ¿De dónde eres?
—Del mismo sitio que tu novia. ¡Éramos vecinas!
—Ah, cierto, puede que lo mencionase… ¡A las tías de los suburbios les piiiiiirra Wilde! —exclamó, arrastrando las palabras—. Más vale andarse con ojo con ellas. —Linda y Jacques se rieron, pero a mí me ardieron las mejillas—. Linda me comentó que estudiabas francés, ¿no? —continuó Mark.
—Supongo que sí.
—Entonces has elegido bien —respondió, refiriéndose a Jacques.
—Sí, es el único motivo por el que estoy con él. ¡Para practicar francés! —exclamé, e intenté que pareciese sarcástico, pero sonó como si fuese cierto.
—Te dieron una ayuda para estudiar, ¿no?
—Una beca —le corregí.
—No lo creo —contestó él—. Aunque, en fin, es cuestión de semántica. En resumen: vas a todo pagado.
Por lo general, cuando decía que era una alumna becada, sentía un arranque de orgullo, pero esta vez tan solo me sentí como una gorrona.
—Mi padre nos dejó sin un duro —espeté.
—En ese caso, te lo mereces —contestó, y no supe si se refería a que mi padre hubiese tenido cojones para marcharse o a la beca—. Y además actúas, ¿verdad? —Siguió con el interrogatorio.
—Madre mía, Linda, ¿hay algo que no le hayas contado? —Intenté bromear con mi amiga.
—Supongo que se te dará bien —respondió, y su tono hizo que pareciese tanto un insulto como un halago.
—Mark es director —soltó Linda.
—Vaya, pensaba que habías dicho que era escritor.
—Ambos —afirmó a la vez que se quitaba las gafas y se las ponía en la cabeza. Por un segundo, me deslumbró. Sus ojos eran unos estanques azul eléctrico que generaban su propia electricidad estática a la luz tenue del bar, como si un foco los estuviese apuntando por detrás, desde dentro.
—¿En qué curso estás? —pregunté cuando recobré la compostura.
—En cuarto.
—¿Y estás saliendo con una de primero? —Le apretó la rodilla a Linda como respuesta—. ¿Nunca habías tenido novia? —presioné.
—¿Quién pregunta? —contestó mientras miraba directamente a Linda, que sonrió—. ¿Qué tipo de actuaciones haces? —preguntó.
—¡Es la monda! —exclamó Linda—. Ha representado obras de Alan Bennett, de Ionesco…
—¿Algo con más sustancia?
—Acabo de hacer una audición para la hijastra de Seis personajes en busca de autor .
—Por supuesto. —No tenía ni idea de a qué se refería.
Por ahora, lo único que sabía del personaje es que era «guapa e insolente»—.
A mí me fascina el trabajo de Pirandello —afirmó—.
Esa ironía deliberada. —Bien podía haber estado hablando de sí mismo.
Don Artífice del Despiste Consciente —. ¿Me habías dicho que tu amiga tenía una madrastra?
—le preguntó a Linda sin dejar de mirarme—.
Qué reparto tan interesante… El arte imita a la vida…
Me di cuenta de que tenía que empollarme la obra. También me percaté de que estaba tan centrado en mí que fue como estar debajo de un foco en un escenario, y no había ningún otro sitio donde quisiera estar.
—Estoy trabajando en una obra. Es más bien una adaptación de una clásica. Y creo que serías perfecta… —Rompió el trance conmigo y se volvió hacia Jacques—. Eso si te parece bien prestarme a tu novia, claro.
¿En serio?
—Es un alma libre. —Jacques se rio. Yo lo miré desconcertada—. Me refiero a en lo laboral, mi amor —afirmó, y me plantó un beso en la punta de la nariz.
—¿De qué va la obra? —pregunté.
—No me gusta hablar de un proyecto hasta haberlo terminado —dijo, y luego hizo el paripé de ponerle un mechón suelto a Linda detrás de la oreja. Nos miró a Jacques y a mí—. Hacéis muy buena pareja.
—¿A que sí? —contestó Linda sin aliento—. ¡Te lo dije!
¿Qué más le había contado? Me daba la sensación de que se había apegado a Mark con tanto ahínco como antes a mí.
—¿Lindy…? ¿Me acompañas al baño? —Me levanté, estaba decidida a recuperarla.
—Vaya. —Miró en mi dirección y después bajó la vista hacia la mano de Mark, que seguía apoyada sobre su rodilla—. No me hace falta.
—¿Podemos ir más tarde, entonces? —pregunté con un tono que me pareció infantil.
—¿«Acompañarse al baño» es un código que significa otra cosa además de ir al baño? —inquirió Mark. Me lo imaginé anotándolo en su libreta de escritor: apuntes sobre «el género femenino» y su «etiqueta en el baño».
—Pues claro, ¡son mujeres! —contestó Jacques con una carcajada.
Linda y yo cruzamos las miradas y ella me sacó la lengua con la punta como una flecha.
—Vaya, me pregunto qué pensaría nuestra presidenta de ese comentario —solté para referirme al hecho de que habíamos tenido a la primera presidenta en la historia de Irlanda, Mary Robinson.
—Esa es una feminista liberal a la que le va la marcha—afirmó Mark.
— ¿La marcha? —repetí, y Linda y yo nos echamos a reír espantadas.
—¿Qué opinas de nuestro nuevo Taoiseach? —preguntó, dirigiéndose a Jacques.
—Me gusta su nombre, Albert Reynolds. Suena a estrella de cine antiguo —contesté.
—Aunque no tiene pinta de estrella de cine antiguo. Tiene una cara superirlandesa con esos labios tan finos —añadió Linda.
—¿Y qué me dices de ese acento de granjero de Roscommon?
—¿Qué tal si hablamos de sus políticas, chicas ? —interpuso Mark, se lo estaba pasando en grande—. ¿Entonces eres del Fianna Fáil, Jessica?
No podía admitir que no tenía ni la más remota idea sobre la política de mi país, salvo que había dos partidos opuestos, el Fianna Fáil y el Fine Gael.
Uno era de corte más «liberal progresista» y el otro más nacionalista, pero no estaba del todo segura sobre cuál era cuál.
En esa época, mi mundo era bastante corto de miras: yo, yo, yo.
Para ser sincera, lo sigue siendo. Puede que sea mi marca de narcisismo personal, derivada de una herida causada por el abandono.
(No me apetece patologizarme, así que paso de compartir esa «revelación» con la doctora Collins).
—¿Te sientes muy irlandesa? —me preguntó Mark. No.— ¿Hablas gaélico?
—Tanto como el que más —respondí. El irlandés seguía formando parte del plan de estudios obligatorio. Me gustaba porque se me daban bien los idiomas, además, sonaba muy romántico con todas esas frases hechas.
— Ar nós na gaoithe! —exclamé, que podría traducirse a «rauda como el viento».
— Nach breá an lá é? —preguntó Linda. «¿No hace un día maravilloso?».
— Is breá, buíochas le Dia —contesté yo. «Sí, gracias a Dios».
— Dia duit —deseó Jacques. «Que Dios sea contigo».
—¿Tuviste que aprenderlo, siendo francés? —preguntó Mark a Jacques.
—Nací aquí, ¡así que sí! —exclamó Jacques.
— Dia is Muire duit! —le devolví. «Que Dios y la Virgen sean contigo».
—Aborrezco esa inclinación que tiene nuestro legado por lo religioso —confesó Mark—. Aunque la lengua es preciosa, tiene muchas capas y esas treinta y dos palabras que tiene para «campo» hacen de ella algo excepcional. No me extraña que esos saqueadores cabrones intentasen borrarla del mapa.
—¿Quiénes, cielo? ¿Los ingleses? —preguntó Linda, que quedó como una imbécil de categoría.
—Tenían que aplastar esa furia, controlarnos… —prosiguió tras fingir que no la había oído.
— Póg mo thóin! —espeté. «¡Que les den por culo!».
—Entonces, ¿te gusta? —me preguntó Mark.
—¿Quién?
—Pogue Mahone. —Estaba perdida—. Ya sabes, el vocalista de los Pogues.
Jacques se puso a cantar «Dirty Old Town» y Lina se unió a él.
—Me encantan —dijo como si estuviese en un sueño—. Esa actitud tan punk celta.
—Salvo que él es inglés —rebatió Mark.
—¿En serio? —preguntó Linda—. Pero si parece más irlandés que muchos.
—¿Y eso por qué, amorcito? ¿Porque bebe y dice palabrotas?
Amorcito .
—Es más que eso; es por su actitud rebelde y el numerito que lleva.
No sabía que escuchase música distinta a la que le había enseñado Sue.
—Sinéad O’Connor es auténtica —afirmó Jacques.
—No pienso rebatírtelo —respondió Mark. Como si todo tuviese que ser una discusión.
—¡Es una diosa! —añadí—. Con esa belleza desnuda, literal y figuradamente.
—Me encantaría trabajar con ella algún día. Esa combinación de rabia y vulnerabilidad es tan pura…
—Bueno, pues sigue soñando… —contesté. Nadie se rio. En aquel momento, parecía posible.
—Me encantaría escribir un papel para ella —prosiguió Mark.
Me quedé callada. Me sorprendió tener tantas ganas de escucharle decir lo mismo sobre mí.