13
L inda desapareció durante días. Algo inaudito.
Dolió. Así que, me las ingenié para que nos cruzásemos «por casualidad» en el edificio de artes y me planté a la salida de su seminario a mitad de semana.
Mientras esperaba, me pregunté si habría conseguido hablar sin ponerse como un tomate.
Cuando salió, parecía distinta: como si estuviese muy cómoda dentro de su propia piel, en lugar de desesperada por salir de ella.
Siempre había sentido que Linda fluía hacia fuera, en mi dirección, pero esta vez, cuando me vio, se le contrajo el cuerpo y me saludó con alegría, como si fuese una mera conocida.
«Que te den, Lindy, ¿dónde estarías si no fuese por mí? ».
Fui al puesto de café y le compré un café con leche, a pesar de que me había dicho que había dejado de tomar lácteos. Salimos al aire oscuro y húmedo y nos sentamos en un banco de madera al anochecer.
Linda se levantó y después se sentó encima de su mochila para no mojarse el abrigo. La Linda que conocía ni siquiera se habría molestado en cubrirse con un paraguas, ni aunque estuviese jarreando, como si no mereciese protegerse de los elementos.
—En fin, ¿cómo te va? —pregunté mientras la observaba.
—Hace un frío que pela, ¿qué hacemos aquí fuera?
—Quería hablar a solas contigo. ¿Estás bien?
—¿Por qué no iba a estarlo?
—Hace tiempo que no te veo.
—¡Solo han pasado tres días, Jess! ¿ Tú estás bien?
—Un pelín preocupada por ti.
—No seas condescendiente.
—No estoy … ¿Qué tal te va con el tío? —Me miró de soslayo como para comprobar si iba en serio o si estaba tramando algo—. ¿Te gusta salir con él? —proseguí al mismo tiempo que modulaba la voz para parecer razonable e invitarla a que confiase en mí.
—Es fascinante, ya lo verás… —contestó, y se le relajó el cuerpo.
Sentí una oleada de alivio al ver que todavía buscaba mi aprobación.
Levantó una hoja que amarilleaba y la miró con detenimiento.
—Qué hoja tan chula —dije—. ¿La vas a poner en tu libro de recortes? —pregunté con una voz ligera como una pluma, pensada para acariciar y hacer cosquillas.
Asintió con los ojos bien abiertos y brillantes, y se la metió en el bolsillo del abrigo.
—Está en cuarto —confesó como si fuese lo más romántico que se podía decir de alguien.
—¿Entonces es un asaltacunas? —pregunté.
—Estudia Filosofía —respondió sin inmutarse, protegida por su obsesión recién descubierta.
—Eso es para catetos a los que no les da la nota para estudiar otra cosa —espeté.
—Quiere ser escritor.
—Venga ya…
—Se nota que tiene talento… Es profundo.
—¿Tiene algo publicado?
—Jamás he conocido a nadie como él.
—¡Es evidente que una persona que combina botas de vaquero con una parka es alguien único! —exclamé—. ¿Y sobre qué escribe?
—La condición humana —dijo superseria.
—¿Escribe sobre lo perversos que somos todos…? —Me reí—. ¿Tiene algo publicado? —No pensaba ceder.
—Él no se ajusta a ningún patrón.
—¿Eso es lo que te ha dicho? Se parece un poco a Joyce, ¿verdad?
—Sí, eso creo… Además, escribe obras de teatro.
Eché un vistazo a mi mejor amiga y me quedé a cuadros de lo ingenua que era.
¿Cómo era posible que, objetivamente, viniésemos del mismo sitio?
Me respondí yo misma al imaginarme a su madre en aquella casa fría y marrón, esa nariz enorme, esa amargura frágil.
El olor a desinfectante me invadió las fosas nasales.
—¿Has leído algo suyo?
—Es precioso.
—Ya veo…
—Y brutal, pero precioso.
Me mordí el interior del carrillo para no decir nada más, notaba lo pillada que estaba y era serio.
Se me vino a la mente cuando Sue afirmó que estaba «hambrienta» y me la imaginé atiborrándose de comida sustanciosa mientras se paseaba por un supermercado e iba llenando el carrito de la compra de más comida, incluso a pesar de estar vomitando discretamente en un pañuelo.
—¿Qué tal está Jonathan? —pregunté para cambiar de rumbo—. Apenas lo hemos visto desde Navidad.
—Bien. —Se quitó una pelusa del abrigo con impaciencia.
—No me has contado nada del día después de Navidad. ¿Cómo eran sus padres?
—Su padre se había ido a jugar al golf —contestó. Empezó a tirar de una astilla podrida de madera mojada del banco.
—¿Cómo era su casa?
—Gigantesca. Tenía pinta de hotel, por dentro todo era gris y lila.
—¡Suena terrible! ¿Y su madre?
—Desesperada —respondió, y se calló.
Esperé a que dijese algo más.
Soltó un respingo y se llevó el dedo a la boca, se había clavado la astilla. Se lo chupó.
—Tenía que pasar —afirmé al mismo tiempo que le hacía gestos para que me dejase verle la mano. Se negó y siguió chupándoselo.
—No quiero ser cruel, pero es como si la madre de Jonathan estuviese enamorada de él. Era muy efusiva —confesó.
—¿Es guapa?
—Supongo que sí, se arregla mucho…
—¿Pasó algo, L?
—No, nada. Fue todo muy respetuoso. Pero no era real.
—Creo que deberías presentarle a Jonathan a ese tal Mark, si planeas seguir viéndote con él.
—Me da que no es buena idea.
—¿Por qué? Si Jonathan y tú sois buenos amigos.
—Con el sexo opuesto no existe eso de ser «solo amigos».
—¿Qué tonterías te ha estado metiendo en la cabeza ese rarito aspirante a escritor/filósofo?
—Para de hacer eso. —Me miró.
—Solo digo que ese tío tiene algo raro y que vayas con cuidado. —Levanté la mano en el aire.
—Claro, y has estado con él… ¿cuánto, un minuto?
—No me dio buena espina.
—Él dijo lo mismo de ti. —Esbozó una sonrisa de complicidad maliciosa para aislarme.
Una ráfaga de viento repentina tiró un par de hojas secas de las ramas. Una aterrizó en mi nariz.
—Qué mona —dijo Linda, y me la quitó—. Hace que me sienta bien conmigo misma. ¿Eso para ti no vale nada?
—¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Una semana? —pregunté.
—Bueno, tú con Jacques lo supiste al momento.
No indiqué que Jacques era sexo con patas y que él jamás diría nada malo sobre mi mejor amiga.
—Dijo que le gustaría conocer a mis amigos…
—Buen plan. ¿Vamos al Stag’s a por unas jarras?
—Prefiero que Jonathan no esté —contestó ella—. Si fuésemos solo tú, yo, Jacques y Mark la dinámica sería mejor, ¿no crees?
—¿Una cita doble?
Vi la intensidad de su anhelo reflejada en su mirada, en ese gris acuoso a la luz de creciente oscuridad, pese a intentar luchar contra el deseo de mi aprobación.
De repente, se levantó.
—Tengo que irme.
—¿Adónde?
—Pues…
—¿No te vas a tomar el café? —Señalé la bebida sin tocar que tenía al lado en el banco.
—No bebo leche.
—¿Desde cuándo?
—Ya te lo había dicho, pero has preferido no hacerme ni caso. —Se dio la vuelta y soltó por encima del hombro—: ¡Bébetelo tú!
—No te olvides de la astilla —le grité a su espalda—. Si no, se te puede infectar.