El juego de la verdad 12
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E ra una tarde espantosa de enero, de las que te calaban hasta los huesos, y Linda y yo habíamos ido por tercera vez aquel día a los baños mal iluminados y fluorescentes del edificio de artes para arreglarnos el pelo empapado y encrespado y ponernos máscara de pestañas azul oscuro casi negro que no era resistente al agua.

Las dos decidimos que era lo bastante llamativa sin parecer «cutre».

Entonces entró un tío, pareció no haberse dado cuenta de que estaba en el baño de chicas, nos echó una ojeada, balbuceó algo incoherente y se piró.

Cuando salimos, estaba ahí, acechando. Iba vestido con varios tonos de beis: unos pantalones de pana marrón claro, una parka larga de color caramelo y unas botas de vaquero de ante de color canela.

Llevaba el pelo rubio revuelto, veteado de unas canas prematuras y tenía una complexión pálida, culta bajo la barba entrecana de tres días.

Tenía unas gafas redondas de montura fina al estilo John Lennon, algo que en ese momento nadie llevaba.

Su mirada era, o bien muy estudiada para que pareciese que todo se la traía floja, o de verdad todo le daba igual.

Ese batiburrillo de estilos era estrafalario e indicaba seguridad.

Vino derechito hacia nosotras sin el menor atisbo de sonrisa o de timidez.

Lo primero que pensé fue: «Ya te gustaría, rarito».

Estaba acostumbrada a ese tipo de insinuaciones.

No obstante, tenía la vista clavada en mi, por lo general, invisible amiga.

Se detuvo justo delante de ella y le cortó el paso.

—Vamos, Lindy, hemos quedado con Jacques en cinco minutos —dije mientras le agarraba la manga.

—Mark Whitman —soltó el tío, ignorándome, y le tendió la mano a Linda. Tenía una profunda voz de barítono que no casaba con su complexión delgada.

Mark Whitman , incluso entonces era una ficción de sí mismo.

Linda se quedó quieta. Parecía hipnotizada. Él se subió las gafas a la cabeza y le lanzó una mirada penetrante por debajo de unas pestañas rubias prácticamente inexistentes, como si ya le perteneciese. Linda parecía un tanto sumisa, como si no hubiese tenido muchas ganas de resistirse.

—Linda —respondió, y le dio la mano.

En cuanto se tocaron, él le apretó la mano con demasiada fuerza y durante mucho rato, el uno trabado en el otro.

Estoy bastante segura de que, en aquel momento, Linda estaba deseando que se convirtiese en su momento «Jacques».

Yo no dije nada, pero me reí en alto y no obtuve respuesta de ninguno.

Decidí darle una lección a Linda y la dejé ahí plantada.

No estaba acostumbrada a estar en ningún sitio sin mí.

El tío la retuvo en sus garras a medida que me fui alejando y me quedé sin aliento.

La preocupación que sentí por ella se tradujo en una sensación de dolor. Linda solía causar ese efecto, por lo que a ella respectaba, todo se reducía a los demás.

Jacques me estaba esperando en mi cuarto, sentado en el escritorio mientras leía un ejemplar de El extranjero , de Camus. Levantó la vista con el ceño fruncido y leyó en voz alta:

—«Pero todo el mundo sabe que la vida no vale la pena vivirla».

—«En el fondo, no ignoraba que poco importa morir a los treinta años o a los setenta…» —interrumpí.

—Impresionante —afirmó Jacques—. ¿Cómo sigue?

—No lo recuerdo del todo… ¿Dice algo sobre que el mundo seguirá girando igual que siempre…?

—Bastante deprimente.

—Pues yo creo que es al revés.

—Qué raro —dijo.

—Es que soy rara.

—¿Estás bien, Jess?

—De puta madre —contesté.

—No me gusta cómo lo dices.

—Perdona —repliqué de forma poco convincente.

—Desde Navidad estás distinta…

La pequeña ventana que había sobre la cama dejaba pasar un resquicio acuoso de luz gris que le iluminó el cuello. Fui hacia él y le di un beso ahí, me gustó cómo se movía la luz para escapar de mi boca.

Él me sentó en su regazo y me cubrió de besos.

—Hoy sabes agridulce, como una tartaleta de limón. —Me sujetó la cinturilla de la falda y me metió la otra mano en las bragas.

—Cómeme —le dije, y eso hizo.

Un par de horas más tarde, alguien llamó a la puerta.

—Pasa —indicó Jacques.

Linda entró, parecía aturdida.

—¿Dónde demonios estabas? —pregunté.

Hizo una especie de gesto en dirección a la cama, sobre la que en ese momento estábamos tirados. Tenía los ojos vidriosos y las mejillas sonrojadas.

—¿En serio? ¿Joder, ya habéis…?

—Vale, vale, espera, ¿con quién? —interpuso Jacques, que se incorporó y colocó las almohadas en nuestras espaldas.

—Jesús, pero si ni siquiera ibas pedo ni puesta ni nada —solté mientras fingía una especie de postura moral superior, consciente de que estaba siendo una hipócrita.

—Bueno, ¿y cuándo dices que vamos a conocerle? —preguntó Jacques.

—Yo ya lo he hecho.

—Anda. —Jacques se giró hacia mí—. No me puedo creer que no me lo hayas contado.

—Es que no había nada que contar. ¿Verdad, Linda?

Linda se sentó en el extremo de la cama y me ignoró, estaba en su propio mundo.

—Ha sido sideral. Nunca había hecho nada así. El tío ni siquiera me gustaba.

—Pero apuesto a que ahora sí —comentó Jacques—. Ese chaval te tiene hipnotizada. —Me miró mientras lo decía y sus manos se deslizaron entre mis piernas bajo las sábanas.

—No es verdad. Solo ha sido un rollo de una noche. ¿Verdad, Lindy? —Le aparté la mano a Jacques.

—Os caería genial, chicos, lo sé. Es… deslumbrante —afirmó Linda embobada, como si el mismísimo Puck la hubiese rociado con jugo del amor. Era una embriaguez ciega, una locura.

—¿Y cómo se llama don Deslumbrante ? —preguntó Jacques.

—Mark —respondió ella, y yo solté una risa.

—No tiene un nombre muy deslumbrante que digamos.

Linda miró por la ventana, se llevó los dedos a la boca e inspiró.

Se giró hacia mí, se puso muy recta y me soltó:

—Me pregunto por qué nunca puedes alegrarte por mí.

Ese tío se las había apañado para conseguir lo que nadie había logrado.