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S ue iba muy arreglada, se había puesto una sombra de ojos plateada y llevaba una falda corta de lentejuelas y un top con un escote que dejaba ver más hueso que pecho. Apestaba a perfume, olía a algo químico y empalagoso.
—¡Por fin puedo ver tu mundo! Qué guay. —Echó un vistazo de aprobación falso al anexo que estaba claro que no tenía nada de guay.
La abracé sin ganas, sin que nuestro pecho llegara a tocarse, y me aseguré de que mi corazón no se acercase demasiado al suyo. La llevé hasta la sobria cocina, toda hecha de un acero inoxidable funcional, sin ningún tipo de decoración.
—¡Feliz Navidad a todos! —Hizo el paripé de estar contenta de forma exagerada y adoptó una actitud servil—. ¡Gracias por invitarme! —Había traído espumillón, y se lo puso a Jacques por los hombros—. ¿Te quieres mudar a lo alto de mi árbol?
Jacques se desternilló como nunca lo había visto hacer. Yo estaba escandalizada; he aquí mi historia en todo su sangriento tecnicolor. Mi vergüenza, mi culpa y mi amor intenso y contradictorio.
Para protestar contra ese día, habíamos puesto «Good Vibrations», de los Beach Boys, a todo trapo en el radiocasete que había traído Jonathan. Era un completo sinsentido: espumillón en la playa.
—Hola, cariño. —Sue avanzó hacia Linda con los brazos extendidos y la abrazó con fuerza. Se me encogió el pecho. La soltó y nos echó un vistazo a todos. Se le empañó la vista al verme.
—Venga, hora de sentarse —dije en voz alta para reivindicar mi posición como cabeza de esta familia.
—Pero bueno, mírate. ¡Eres una anfitriona ideal! Tu padre estaría orgulloso.
Jonathan le apartó la silla a Sue, y eso hizo que se alegrase y esbozase una sonrisa cursi, como una belleza sureña tras recibir la visita excepcional de un caballero, como un personaje triste y marchito de Tennessee Williams. Nos pasó a Linda y a mí dos cajas envueltas en papel de regalo de la misma forma y tamaño.
—No tenías por qué hacerlo —dije.
Linda abrió el regalo y dijo que le daba mucha vergüenza no haberle comprado nada a Sue, pero que creía que habíamos quedado en que nadie se gastaría el dinero en regalos.
Sue contraargumentó diciendo que cómo iba a haber una fiesta de Navidad sin regalos.
Linda estaba encantada con el cofre de gel de ducha, exfoliante y crema con olor a flor de cerezo de Boots.
Yo estaba decidida a no rebajarme a abrir el mío en público.
—¡Vaya, qué maravilla! —exclamó Sue al mirar el entrante que nos había preparado Jacques: cóctel de gambas con salsa rosa.
Tenía la voz chillona, las mejillas sonrojadas y estaba bebiendo demasiado rápido.
Jonathan no paraba de rellenarle la copa, se lo estaba pasando en grande con sus comentarios inapropiados y sus gestos aún más desenfrenados, ¡menudo personaje!
—. ¿Todavía no te ha empotrado contra la pared?
—preguntó a Linda, que soltó una risita incómoda.
Miró a Jacques y soltó—: Este seguro que sí…
, qué afortunada es mi pequeña Jess. —Nos guiñó el ojo a los dos y Jacques le dedicó una sonrisa deslumbrante, yo, en cambio, fruncí el ceño.
¿Qué narices me pasaba? ¿Por qué me estaba portando de forma tan hostil?
Sue solo estaba siendo graciosa a su manera.
En realidad, no quería que Jacques la conociera; no quería que esa parte de mi vida llegase aquí.
Me dio vergüenza sentirme avergonzada. Había un trasfondo entre ambas, unos tentáculos invisibles que iban de ella hasta mí, que me envolvían y me asfixiaban.
No había conseguido cumplir mi deber como hija leal suplente.
Toda esa culpa. Todo ese amor desesperado, puesto donde no tocaba.
Jacques sirvió un plato de pasta con salmón ahumado à la crème , que Sue declaró que estaba «exquisiiiiito». Parecía estar de acuerdo con el tema antinavideño de ese día. El postre fue espectacular, una pavlova firme en el centro, pero que se desmenuzaba al tocarla, hasta arriba de nata y fresas.
—De verdad te lo digo, es el hombre perfecto —afirmó Sue.
Podía percibir su soledad, ver lo que escondía su farsa estridente, recelosa y risueña.
Qué patético que hubiese accedido a venir.
¿Es que no tenía amigos? Jacques le estaba aguando las copas de vino sin que se diese cuenta, parecía como si estuviese versado en esa maniobra, lo que me dio qué pensar.
A medida que fue avanzando la tarde, Sue fue bajando sus defensas contra mí.
—Me alegro de verte tan feliz —confesó mientras venía hacia mí en busca de un abrazo que yo quería, pero a la vez no.
Cuando me rodeó con los brazos, noté un apretón de tristeza familiar, algo que hacía meses que no sentía, desde que llegué a Wilde.
Acabé enredada en sus brazos y en sus emociones en un abrir y cerrar de ojos.
Sue arrasó en mímica, me ganó hasta a mí.
Todos la aplaudieron y vitorearon cuando representó El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante .
Troceó y se pavoneó de forma coqueta y sensual.
En ese momento, me di cuenta de que puede que me hubiese equivocado y no se le estuviese «pasando el arroz», es posible que en esa época estuviese rondando los cuarenta.
Me quedé de piedra. Era verdad que mi padre le había arrebatado la mejor parte de su vida.
Aunque también era cierto que nadie la había obligado a quedarse.
Me toqué el punto irritado que tenía en el cuello y me lo apreté con fuerza al darme cuenta de que ella jamás me habría abandonado.
Tragué saliva, descorché otra botella de Pinot y tragué saliva con más facilidad.
Noté que Jacques me miraba al apurarme otra copa.
—Oye, echa el freno —me susurró al oído—. ¿Estás bien?
—Estoy de puta madre —siseé.
Él se levantó y se alejó.
Linda se puso como una cuba, aunque ni nos dimos cuenta.
Su complexión diminuta significaba que bastaba con una sola gota de alcohol para que se emborrachase.
La observé bailar de una forma inusualmente sexi al son de la lista de reproducción de Sue de clásicos de Abba y de Motow que mi padre le había hecho en un casete cuando estaban «enamorados».
Sue insistió en que pusiésemos su música y nuestro hogar invadió esa vida nueva que estaba tratando de construir.
Linda le tendió las manos a Jonathan y se meció delante de él, después se acercó, lo abrazó y se pusieron a bailar pegados.
Jonathan se quedó helado cuando Linda acercó los labios a los suyos y después se alejó de ella de golpe.
Parecía destrozada, mi tierna, insensata y desesperada amiga.
Fui hacia ella y le deslicé los brazos por la espalda para rodear su cóncavo estómago en un abrazo, y le canturreé al oído para insinuarle a Jonathan que era algo que nosotras hacíamos constantemente: nos tirábamos los trastos de broma.
Su protuberante tórax se movió contra mis brazos al respirar hondo antes de apartarse e irse con Sue, que la abrazó con fuerza.
Se pusieron a susurrarse al oído y sentí como si estuviesen compartiendo una broma interna a mi costa.
Aquella noche, una especie de paranoia distinta a la que había probado hasta entonces se apoderó de mí.
—Bueno, creo que es hora de dar por terminada la noche —afirmó Sue con una voz sobria que me sorprendió—. Gracias por esta velada tan maravillosa —dijo con elegancia—. Y cinco estrellas para el chef espectacular.
Odié que usase el mote que le había puesto a Jacques en cuanto me di cuenta de que sus costumbres habían influido en las mías.
—Te acompaño hasta el taxi —se ofreció Jacques.
—Menudo caballero… Jessie, no la cagues. Es una joya. —Me lanzó un beso al aire. Se lo devolví por obligación.
—Oye, Sue, no te olvides de la cinta —dijo Jonathan.
—Tranquilo. Disfrutadla un poco más, ya me la devolverá Jess en otro momento.
Se despidió de nosotros y se dio la vuelta para salir.
Cuando se marchó, sentí una ausencia, un vacío que fue tanto un alivio como una pérdida.
Linda se acercó al radiocasete y subió el volumen al máximo. Bailó como loca, meneó el cuerpo de forma lasciva, completamente desinhibida.
Jonathan apartó la mirada. Yo estaba hipnotizada. ¿Quién era esta chica?