El juego de la verdad 10
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P ara mediados de diciembre, el tiempo había cambiado, el tempestuoso cielo se había convertido en una fría amenaza y se avecinaba la nube negra de las Navidades, o la «psicosis colectiva», como la bautizamos Linda y yo.

El mundo exterior se coló incluso aquí, en mi nueva vida, con villancicos y anuncios engañosos en la tele y la imagen de pinos talados en sitios donde no deberían estar, así como el olor a bosques moribundos en e l interior.

Retrocedí de golpe a esas vacaciones muy poco cordiales que celebrábamos en nuestro hogar, antes y después de que papá se largase.

El alcohol desmesurado, el tiempo espantoso que nos obligaba a quedarnos en casa, los atracones de comida y de televisión, los lloriqueos, la decepción, la falsa alegría de estar «atrapados en familia».

Fue como si aquel día, Sue airease cada resquemor que se había ido guardando contra mi padre, el hombre que le había destrozado, apagado y arrebatado su vida.

Antes de que papá se marchase, Sue se emborrachaba para lidiar con su presencia. Cuando se marchó, lo hacía para lidiar con su ausencia.

El hombre del traje rojo nunca acertaba conmigo. En vez de una muñeca Tiny Tears, recibí una de marca blanca barata que en ese momento estaba de oferta: una muñeca de plástico con pintalabios chillón que se había quedado atascada y no paraba de llorar.

—Es el destino de ser madre —afirmó Sue, arrastrando las palabras mientras se tapaba las orejas con las manos.

—Tú no eres mi madre —mascullé.

A partir de los doce, Linda y yo empezamos a quedar en el parque el día después de Navidad para tomarnos unos mejunjes extraños y calientes, de las bebidas que tuviésemos a mano en nuestras respectivas casas, en unas tazas.

Emborracharse con alguien que entendía el alivio de que se hubiese acabado y las emociones reprimidas que necesitaban acallarse sentaba bien.

—¿Y si este año te encargas tú de la cena de Navidad, Jacques?

—Estábamos sentados en mi cama con la ropa puesta, algo poco habitual.

Ni siquiera la embriaguez que me transmitía el cuerpo perfecto de Jacques podía aislarme de la sensación de catástrofe inminente.

Se hizo el loco. Le solté un codazo—. ¡Porfa!

No puedo volver a casa y enfrentarme a las payasadas de mi madrastra.

Se levantó, estiró y se agachó para tocarse los dedos de los pies.

—Eres una mala influencia. Llevo una eternidad sin ir al gimnasio.

—¿Me has oído?

Siguió estirando y agachándose, luego se volvió a erguir, levantó los brazos por encima de la cabeza y estuvo a punto de tocar el techo con las puntas de los dedos.

—No me va eso de la Navidad —contestó.

—¿Y qué hay de tu familia?

—¿Qué pasa con ellos? —replicó. Era la primera vez que me trataba con agresividad.

—¿No tienes que estar con ellos?

Se agachó y se apoyó sobre las manos y las rodillas; luego, se puso en posición de plancha y estiró el cuerpo.

—Atenta a esto: ¡flexiones de cuerpo entero!

—Qué pasada —respondí, y no pude evitar ponerme cachonda. Empujamos los libros a un lado.

Cuando terminamos y estuvimos acurrucados en brazos del otro, Jacques cedió y dijo que haría salmón ahumado, pinzas de cangrejo y pavlova . Cualquier cosa salvo pavo con guarnición.

—Vamos a invitar a Linda y a Jonathan —sugerí—. Te parece bien, ¿chef espectacular?

—Lo que desee la dama… ¡Repíteme lo maravilloso que soy! —exclamó antes de que su cabeza desapareciese bajo el edredón, se me calmase la mente y lo divino y yo (y su hábil lengua) nos convirtiésemos en un solo ser.

Más tarde, después del último seminario, los cuatro quedamos en mi habitación; se estaba convirtiendo en costumbre, nos apiñábamos todos en la cama individual y Jacques me inmovilizaba con la pierna en un despliegue posesivo casual.

—Jacques y yo queremos invitaros a cenar con nosotros por Navidad —anuncié; me sentía superadulta.

Linda aplaudió emocionada.

—Ni de coña —contestó Jonathan—. No sabes lo mucho que tuve que pelear para que me dejasen vivir fuera de casa.

Mi madre vive aterrada de que me suicide…

Es humillante —confesó mientras se tiraba del suéter de cachemir, al que le estaban saliendo bolitas e hilillos en las mangas.

Pensé que era una palabra muy interesante viniendo de él: «humillante»—.

Además, a mi madre le partiría el corazón.

La cena de Navidad con ella y mi padre sería algo desolador sin su precioso niñito y los secretos que compartimos —prosiguió Jonathan.

—Te está manipulando —afirmé, mi nuevo concepto favorito para justificar el egoísmo.

Me observó durante un segundo y después miró a Linda.

—¡Tengo una idea! Linda, ¿quieres venirte conmigo el día después de Navidad? Mi madre se pondría loca de contenta solo con pensar que por fin me he echado novia. Puedo decirle que voy a pasar el día de Navidad contigo y con tu familia.

—¡Y es cierto! —exclamó ella.

—¡Eres la mejor! —Jonathan le dio un abrazo gigantesco. No tenía ni la más remota idea del tipo de desesperación y del deseo compulsivo que ese contacto despertaría en Linda. Me di cuenta por la forma en la que se acercó a él y contuvo la respiración.

—Como chef, voy a establecer un par de reglas —espetó Jacques—. Nada de villancicos, crackers ni regalos, ¿entendido?

—Sí, entendido —respondimos todos prácticamente al unísono.

—¿Se lo has contado ya a Sue? —preguntó Linda.

—¡Pues claro que no! —exclamé, y me reí de forma teatral.

—No irás a dejarla sola, ¿verdad?

Sentí tres pares de ojos clavarse en mí durante el silencio posterior.

No podían echarme la culpa, a ninguno les preocupaba abandonar a su familia. Y, aun así, se me empezó a cerrar la garganta. Me sentí igual de atrapada que cuando celebrábamos aquellas Navidades ebrias y tristes en esa casa.

—¿Sabes? No tenía por qué quedarse. Ella también podría haberse pirado —soltó Linda, y sus palabras me dejaron de piedra.

—Seguro que estará encantada de no tener que asar un puto pavo —admití sin quererlo.

—Bueno, pues está decidido —afirmó Jacques—. ¡Yo tampoco pienso asar ningún puto pavo!