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A quellos tres primeros meses en Wilde transcurrieron prácticamente en un estado de euforia que podía desglosarse en unidades de Jacques: sensaciones táctiles, percepciones sensoriales aumentadas…
, ¿quién me iba a decir que las puntas de mis dedos albergaban tanto placer?
Había tantas cosas que sustituían la culpa de no ir a visitar a Sue: la embriaguez del contacto piel con piel, el olor almizclado del sexo, la intensa intimidad de besarse, de darse la mano, los despliegues de carantoñas posesivas, los días dorados de otoño, las noches sudorosas y los orgasmos prolongados que me dejaban el cuerpo vibrando durante todo el día siguiente.
Aunque también estaban las clases, seminarios, ensayos, estrenos, funciones que duraban toda la semana…
, aunque, como cualquier adicto, mi capacidad de atención no iba mucho más allá de aquello que me obsesionaba, lo que también significó que pasé por alto la complexión cada vez más delgada de Linda.
Me dije a mí misma que ella podía contar con Jonathan.
Aunque podía verle los huesos de la cadera sobresalir por debajo de la falda, decidí mirar a otro lado, al igual que el resto de personas de su vida.
Incluso Sue, pese a haberse dado cuenta de que Linda estaba «hambrienta de afecto», solía decir con aprobación que tenía aspecto de g amine («niña») .
Linda y Sue hablaban un par de veces por semana, así que me dije a mí misma que me alegraba de que pudiesen suplir sus carencias la una con la otra sin meterme a mí de por medio.
En una de esas llamadas, Sue insistió , según Linda, en que quedasen en el centro para tomarse una copa de Chardonnay, lo que me despertó una serie de sentimientos contradictorios demasiado enrevesados como para descifrarlos por aquel entonces.
En un fuerte despliegue de «independencia», le dije a Linda que, si quedaba con Sue por obligación, no podía traerla al campus bajo ningún concepto, no le permitiría que contaminase mi nuevo entorno (lo que sirvió para demostrar mis dotes dramáticas).
Linda, como de costumbre, se quedó callada.
La obligué a prometerme que vendría derechita a mi cuarto al volver.
En cuanto se marchó, se me cerró la garganta y se me contrajo el pecho, y me costó dar más de un par de bocanadas superficiales de aire.
—¿Cómo ha ido? ¿Ha preguntado por mí? —Las palabras me salieron por la boca a borbotones, junto con el aliento, cuando Linda entró a mi habitación unas horas más tarde.
Me había pasado esas horas mirándome la cara en el espejo de forma ausente mientras me probaba maquillajes distintos: una sombra de ojos y una máscara de pestañas azul eléctrico que solo percibí como un borrón en el cristal.
Jacques había vuelto a su misterioso apartamento a por una muda, o eso me dijo.
Linda me miró como si estuviera tratando de resolver una ecuación cuya solución nunca sería capaz de hallar.
Fue la primera vez que presencié una especie de indiferencia en su expresión y sentí un miedo pasajero de perderla.
Di unas palmaditas en el hueco que tenía a mi lado sobre la cama para que se sentase y le acaricié el brazo.
No hizo falta nada más; noté cómo apoyaba todo el cuerpo contra el mío.
—Bueno, ¿qué tal estaba?
—Bastante animada. Después de beberse la segunda copa en tiempo récord, comentó que Jonathan era «un bombón, pero un poco soso» delante de él. En voz alta.
Las dos nos reímos, aunque no estaba muy segura de cómo sentirme sobre que Jonathan hubiese ido en mi lugar.
Me imaginé la voz quisquillosa de Sue y me invadió un fuerte anhelo, aunque no tardé en dejar de lado las sensiblerías.
Tenía que centrarme en mi nueva personalidad: novata más cañón, estudiante seria con opiniones serias y un futuro brillante, deslumbrante, y novia del tío más bueno de la uni.
—En realidad —el tono de Linda cambió—, parecía un pelín desquiciada.
—Como si eso fuera novedad —contesté en un intento por sonar despreocupada.
—Te echa mucho de menos, muchísimo. Tenía unas pintas espantosas: llevaba la máscara de pestañas corrida por las mejillas, grumos en las ojeras y le apestaba el aliento.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo? Ella no es mi responsabilidad, no es mi hija.
Linda me dedicó una mirada calculadora que indicaba que me había caído del pedestal en el que me tenía. Algo en la decepción que se reflejaba en sus ojos me animó a decir:
—¿Qué lindezas me dedicó? —Saber que tenía la misma capacidad de ser cruel que mi padre me transmitió un poder extraño.
—No dejaba de repetir lo mucho que te quería, dijo que no entendía por qué te habías alejado de ella, que no sabía qué había hecho mal. Y me pidió que te preguntara…
—Venga, no me jodas.
—Creo que no está bien. —A Linda se le quebró la voz—. Creo que podría hacerse daño.
Había tenido suficiente. Me levanté de la cama, me envolví con una toalla y me disculpé para irme a la ducha.
—Eso no es problema mío —espeté por encima del hombro al salir.
—Se esperaba que cargases con muchas cosas —afirma la doctora Collins con suavidad.
—Aunque en realidad no cargué con ellas.
—Estabas tratando de individualizarte.
—Sí, a golpe de hacha.
—Tenías demasiado que gestionar.
—Fui cruel.
—Puede que tuvieses que serlo.
Fuera llueve. Hay una gota agrandada con forma de babosa pegada a la ventana. Estoy empapada y cabreada.
—Era una cabrona —dije.
—No sé por qué eres tan dura contigo misma, Jessica. ¿Puedes explayarte un poco? —pregunta la doctora Collins después de dar un respingo.
—No hace falta. Mis actos hablan por sí solos.
—Tu camino se basa en ver las cosas con perspectiva, en tener una visión de conjunto. En esa perspectiva hay espacio para la compasión, para el amor propio.
Ahora sí que pongo los ojos en blanco y suspiro.
No tiene ni idea de cómo acaba mi historia en realidad.
—Tu madre es todo un personaje —dijo Jonathan en la cafetería del edificio de arte a la mañana siguiente.
—No es mi madre —espeté.
Jonathan miró a Linda con confusión.
—Al menos es tan buena como… —contestó Linda, a la defensiva—. Es mejor que…
—Y la tuya tampoco —la interrumpí.
Linda se mordió el labio inferior con tanta fuerza que se hizo sangre. Me debatí entre darle un beso en los labios heridos y las ganas de hacerme lo mismo. Di media vuelta. Para «seguir avanzando» tenía que demostrar una gran determinación.