El juego de la verdad 8
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E staba demostrando ser todo un exitazo entre los artistas de Wilde: primero me dieron el papel de Lesley, la actriz que aparecía en Her Big Chance , de Alan Bennett, y ahora el de la criada francesa con carácter de Ionesco, en La cantante calva .

Mi actuación como Lesley fue, según algunas críticas, completamente «histérica» e incluso «histórica».

Al parecer, bordaba esa clase de actuaciones, ese tipo de teatro performativo en el que se rompe la cuarta pared.

Tenía un don para hablar directamente con el público, para atraerlos hacia mi órbita.

Drew, el director du moment , declaró que era «cautivadora».

—Has estado deslumbrante ahí arriba —dijo Linda en cuanto me bajé del escenario la noche del estreno de La cantante calva .

Estábamos en el vestíbulo del New Theatre, construido para emular al Globe de Londres, aunque más bien parecía un cobertizo de jardín torcido con una disposición circular —era uno de los sitios nuevos que solían frecuentar los artistas de Wilde (por lo general, cuartos oscuros y lóbregos)—, tomándonos unas Guinness; jarras para los tíos y copas para las chicas.

—Tampoco te creas —contesté—. Hago de criada francesa descarada.

Los dedos de Jacques llegaron hasta mi culo y me dio un pellizco placentero.

—Tiene razón —afirmó Jonathan—. Estabas hipnótica.

Me percaté de que sí que se había quedado hipnotizado al verle las mejillas arreboladas y la pasión ardiendo en su mirada.

Dijo que, para él, el teatro había sido una revelación y habló entusiasmado del «poder de transformarse» a medida que iba gesticulando con las manos, como si estuviese dirigiendo una orquesta que solo él podía ver.

Después de haber asistido y presenciado una obra por primera vez, su forma de hablar, su aura, incluso su propio ser, habían cambiado. Fue, per se , un acto teatral.

—Deberías presentarte a una audición. Te pega —sugerí tras observar su habilidad para cambiar de forma. No estaba cómodo con la piel que habitaba.

—Jesús, no. No pondría la mano en el fuego porque no me diese un ataque de pánico con tanta gente mirándome.

Linda le lanzó una mirada protectora, con un amor casi maternal. Su capacidad para cuidar de los demás era asombrosa, sobre todo teniendo en cuenta que era incapaz de aplicársela a sí misma.

—Ahora en serio, creo que Jess tiene razón —comentó Jacques mientras lo observaba—. Lo harías genial.

Eso me despertó un arrebato irracional de celos; quería ser la única que lo hiciese «genial» a ojos de Jacques.

Aunque solo se habían visto un par de veces de manera informal, conectaron al instante, a pesar del aspecto tan distinto que tenían.

Empezó a fluir lenguaje tácito entre ambos, vibraban en una frecuencia que los cuatro compartíamos.

—Paso, no es para mí —respondió Jonathan con un tono que delataba anhelo.

Me miró como si fuese una proyección de algo elegante y huidizo de lo que lo habían privado, algo que podría haberle ofrecido una manera de conectar con una parte de sí mismo que se veía obligado a rechazar.

Me imaginé que, si le hubiesen dejado, sus paredes habrían estado decoradas con fotos de Rita Hayworth o de Audrey Hepburn (o, si hubiese podido, de Rock Hudson) cuando era pequeño.

Me lo imaginé bailando por su habitación en un tutú con ese cuerpo fornido de atleta.

—Tienes que presentarte, de verdad —espetó Linda—. Puedes poner en práctica todos esos trucos que me has enseñado: lo de centrarse, respirar hondo, estar presente y esas cosas.

—O también puedes meterte un tequila por el gaznate para envalentonarte —se mofó Jacques.

—¡Es una idea cojonuda! ¡Cuatro tequilas, marchando! —Se fue a la barra y volvió unos instantes después, alicaído—. Aquí no sirven alcohol fuerte.

—Tengo un poco en mi cuarto —dije—. ¿Quién se apunta?

—¿Estás segura de que nos queda suficiente? —preguntó Jacques, aludiendo al hecho de que los dos le habíamos estado dando a la botella últimamente para aumentar la intensidad de nuestros polvos sagrados .

—La última vez que lo comprobé quedaba por lo menos un cuarto de la botella. —Le di la mano a Linda—. Venga, en marcha…

—¿No se te olvida algo? —preguntó Jacques.

—¿Eh?

—El traje.

Linda se sonrojó cuando le solté la mano.

—Vuelvo en un segundo. ¡Quedaos ahí! —Me gustó este nuevo giro.

—Somos tus esclavos —declaró Jonathan mientras hacía una profunda reverencia.

En la zona de bastidores me topé con Drew, que se deshizo en halagos:

—De verdad te lo digo, Jessica, eres una estrella del futuro… Brillas con una luz tan excepcional, eres un diamante valioso. Tenemos que procurar mantenerlo brillante y bien pulido… Si quieres, puedo darte clases en privado…

—Te lo agradezco, Drew. Le daré una vuelta a esa oferta tan generosa. Pero ahora, tengo que buscar el traje de criada francesa. Órdenes de mi novio. —Le lancé un beso al aire y disfruté de ser provocativa, estaba colocada de la atención.

Balbuceó que no creía que llevarme mi personaje a casa fuese una buena idea y que a los de vestuario no les iba a hacer gracia.

—Al contrario —respondí—. Yo soy partidaria de meterme de lleno en el personaje. ¿Y por lo que respecta al traje? Bueeeeno, cuanto más sucio esté, mejor…

Se puso de un rojo superintenso y dijo que me vería mañana por la tarde y que esperaba que para entonces no hubiese empañado mi «luz». Me reí y le aseguré que lo único que haría sería entender mejor a mi personaje.

—Actuación de método —afirmé, y salí corriendo. Noté cómo su mirada me quemaba la espalda.

Jonathan y Linda se dejaron las manos aplaudiendo y Jacques soltó un silbido cuando volví con el traje de criada puesto.

—¿Y el plumero sugerente? —preguntó.

—Creo que Drew lo ha escondido. No estaba muy contento.

—Eso es porque se va a quedar con ganas de mirar —dijo Jacques de forma posesiva. Me encantaba esta faceta de él, la entendía a la perfección. Adoraba la sensación de poder que me transmitía.

—¿Por qué no lo retas a un duelo? —preguntó Jonathan.

—Porque machacaría a ese memo en un nanosegundo —aseguró Jacques.

Nos reímos, volvimos a mi cuarto dados del brazo y nos bebimos el resto del tequila mientras jugábamos a hacer mímica; es cierto que Jonathan lo hizo genial, sobre todo cuando representó Tootsie .

Observé a Linda, que hizo mímica con vergüenza, pero pareció brillar al ver a sus amigos ocupar espacio.

Su generosidad era preciosa. En ese momento la quería tantísimo que sentí como si se me fuese a salir el corazón del pecho.

A mi lado, había logrado encontrar un sentido de pertenencia, primero con Sue y luego con nuestra familia recién encontrada de amigos.

Siempre había estado, y seguía estando, justo en el centro de su mundo.

Pero subestimé a mi mejor amiga y esa necesidad inconmensurable. La necesidad de que la tocasen, de que la quisiesen, de ser la persona especial de alguien.