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J acques cocinaba de maravilla: su especialidad era el pescado, los moluscos y el bistec, lo que, para la cocina compartida de estudiantes cuyas únicas ofertas eran los fideos precocinados y las sopas instantáneas, era de lo más glamuroso.
Nunca íbamos a su apartamento, por más que lo intentase y me quejase al respecto, pero en el fondo lo disfrutaba.
¡Qué misterio! Decía que el piso que compartía con otros cuatro chicos era repugnante. Decidí creerle. Al menos al principio.
Dormíamos juntos cuatro o cinco noches a la semana, bueno, en realidad nos acostábamos y dormíamos de vez en cuando con las extremidades enredadas, sudorosos y saciados.
Ahora me pregunto si en algún momento llegué a estar del todo satisfecha.
Él conseguía pegar ojo, yo a duras penas, estaba cargada de una especie de nervios que afloraban a raudales cuando estaba con él.
¿Y si se acababa? ¿Y si él perdía el interés?
Solo de pensarlo se me abría un agujero tan grande por dentro que creía que se me tragaría entera y me asfixiaría, hasta que Jacques se despertaba, me pillaba mirándolo fijamente y sonreía de esa forma tan lobuna y voraz. Soy un socavón.
—¿Crees que era un apego seguro, Jessica?
Hoy hay un resquicio de luz solar en la esquina de la habitación. Las motas de polvo bailan.
Me estoy acostumbrando a escuchar bastante eso del «apego».
— ¿Seguro? Éramos unos críos.
—¿Te sentías segura cuando estabas con él?
—Supongo que sí. Nada de lo que pasó fue culpa suya.
—Como bien dices, erais unos críos.
—Sabía lo que me hacía.
La doctora Collins se inclina hacia mí e interpreto que quiere decir: «¿De verdad?». Su silencio me suscita esa pregunta, pero supongo que ese era el objetivo.
Jacques solía afirmar que cualquier cosa que a mí me hiciese feliz, a él también.
Dijo que, desde que conoció a Linda, supo lo importante que era para mí y que siempre sería parte de nuestra relación.
Una de las cosas que más me gustaban de él era su amabilidad, además de sus otras virtudes evidentes.
Yo solía bromear que Linda debería acostarse con nosotros, aunque no me fuesen los tríos.
—¿Y ahora, eres mío? —le pregunté a Jacques mientras estaba desnuda encima de él una mañana un par de semanas después de habernos conocido.
—¡Repítelo! —exclamó, riéndose.
—ERES MÍO —contesté, y le recorrí toda la cara a besos.
—SOY TUYO —respondió él a la vez que me sujetaba la cara con las manos.
Nos besamos con pasión hasta que empezó a hacerme cosquillas.
—¿Y tú , eres mía?
—Por siempre jamás —dije, y en ese momento iba en serio.
—Jessie, je t’aime —confesó.
—Jacques, je t’adore —respondí.
—JJJesssieee, Jessssss, Jessssiiiccca —canturreó con un acento francés muy marcado.
Ese era mi nombre, que acariciaba como si tanto él como yo le perteneciéramos.
Supuse que a Linda le habría encantado que la adorasen así, aunque su nombre no invitase precisamente a que lo acariciasen.
Además, tenía nombre de actriz secundaria que siempre representaba el papel de segundona cuando yo llevaba la voz cantante.
Aunque no parecía importarle. «Tu belleza de infarto y tu chachibrilli son contagiosas», solía decir, o similares.
Es una pena que no se diese cuenta de que todo sobre mí era contagioso.