El juego de la verdad 6
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Después de saltarme el seminario de gramática francesa y análisis sintáctico que tenía por la tarde (no conseguía concentrarme en nada salvo en sensaciones ), divisé a Linda y a Jonathan tumbados en la hierba fuera del bloque de artes, estaban bastante pegados.

Me senté a su lado y los tres nos quedamos ahí un rato; Linda estaba en medio, con la vista levantada hacia el cielo inusualmente despejado de septiembre, veteado por tan solo un par de nubes ralas.

—Hace un día precioso —gorjeé.

—¿Te lo pasaste bien anoche? —preguntó Jonathan, que quizá se hubiese tomado demasiadas confianzas, pero yo estaba en una nube.

—Le conté lo de tu aventura —confesó Linda encantada.

¿Estos dos cuándo se habían vuelto tan amigos sin que me diese cuenta? Debería haberme puesto celosa, pero solo me sentí cordial y magnánima.

Me tumbé boca abajo, arranqué una brizna de hierba y me la metí entre los dientes.

—Ah, ¿sí? Cuéntame, ¿qué sabes tú sobre esa «aventura»? —Me estaba haciendo la traviesa y teatral a posta.

—¡Esta mañana estabas colocada de amor!

—Y… —dije para animarla a seguir.

—Y eso solo puede significar una cosa…

Se sonrojó y miró a Jonathan con anhelo. Él pareció no darse cuenta.

—Fue una pasada —contesté.

—Escúpelo… necesito detalles, porfi —suplicó Linda.

—No sé si me apetece —respondí, para mi sorpresa.

La expresión de Linda estaba a medio camino entre el dolor y la confusión. Nunca le había ocultado nada. Era un extraño giro de los acontecimientos.

—Es lógico, imagino que ahora mismo lo ves como algo muy personal.

Asentí mientras chupaba la brizna de hierba. Era absolutamente incapaz de describir lo sucedido. Y, sentí que, si cotilleaba sobre el tema, eso lo volvería menos sagrado. Esa era la palabra: sagrado . Habíamos echado un polvo sagrado.

—A veces es mejor no hablar de ciertas cosas —reflexionó Jonathan.

Me percaté de que no había dicho lo típico: «A veces es mejor dejar ciertas cosas a la imaginación». ¿Había un motivo por el que hubiese escogido esas palabras? A veces es mejor no hablar de ciertas cosas.

Me apoyé en el codo y lo observé. Estaba claro que él no encajaba con la imagen que me había hecho al pensar en aumentar nuestra pandilla con gente excepcional (Jacques se amoldaba a esa categoría a la perfección).

Aunque también era cierto que Jonathan era inclasificable.

Aquellos ojos color avellana, que parecían casi amarillos en esta luz (como los de un zorro), parecían insinuar un mundo oculto, un recelo y una violencia reprimidos.

El «deportista guaperas» del exterior no casaba con el resto de la imagen.

Puede que fuese lo normal, teniendo en cuenta que le atraía mi mejor amiga.

Los miré durante un segundo ahí tumbados, estaban muy pegados, y decidí que Linda tenía razón: él no la veía de esa forma. Su lenguaje corporal era demasiado relajado, estaba demasiado cómodo. Ahí no había ningún tipo de química explosiva. Y ahora sabía qué pinta tenía eso .

—Linda me estaba hablando de sus ataques de pánico —comentó Jonathan con amabilidad y sin ningún atisbo de desdén.

¿Se refería a cuando le faltaba el aire y se sonrojaba en clase?

Le veía hacer lo mismo en el colegio y cada vez que estaba en un apuro.

Recuerdo mis intentos por banalizar esas reacciones: «A nadie le importa lo que digas y lo que hagas.

Tampoco eres tan importante. La gente va muy a lo suyo»; era lo mismo que le había escuchado a mi padre decirle a Sue de vez en cuando.

—Yo no diría que es para tanto —contesté con una risa mientras trataba desesperadamente que siguiera siendo el día perfecto—. Lindy a veces es un pelín consciente de sí misma.

—Es algo más serio —afirmó Jonathan, y se incorporó—. Lo sé bien, a mí también solían darme.

—Ya le dije que lo único que tenía que hacer era imaginarse al resto de sus compañeros desnudos.

—Linda y él intercambiaron una mirada que tenía un «esta no tiene ni idea» implícito—.

A lo mejor es un pelín simplista —proseguí.

Intenté reírme otra vez. Ninguno de los dos me siguió el rollo—.

¿Qué hiciste al respecto? —le pregunté a Jonathan.

Mi burbuja de amor egocéntrico se pinchó por un segundo.

—Mi madre me mandó a un orientador cuando estaba en el colegio.

En la Irlanda de los 80 era una medida drástica. No éramos precisamente famosos por hablar sobre nosotros mismos con desconocidos, salvo para confesar nuestros pecados en el confesionario.

—Guau. Entonces tuvo que ser fuerte —digo, incorporándome—. ¿Qué aprendiste?

—Técnicas para calmarme, ejercicios de respiración, a estar presente… —Inclinó el cuerpo hacia ella—. Si quieres, te puedo enseñar, Linda.

Su cara fue como una flor que se abrió hacia el sol.

Había alguien más responsable de hacer feliz a Lindy, y no sentí el impulso habitual de «mandarlo a la mierda». No veía a Jonathan como una amenaza, sino que era agradable en un sentido fraternal. A Linda y a mí nos podría venir bien un hermano.

—Eso sería estupendo —dije en vez de dejarla contestar—. ¡Cualquier ayuda es buena!

—Me alegro mucho por ti, Jess —afirmó, y se le iluminó la cara. Me miró con los ojos llorosos—. Creo que el tío de anoche puede ser el indicado.

Pensé en cómo me había mofado y acabado con su primer amor. De todos modos, el memo de Stu no se la merecía.

—Por cierto, ¿cómo se llama? —preguntó con una risita—. ¿O no fuisteis tan lejos?

—Se llama Jjjjacqqqques —contesté, poniendo demasiado énfasis en la pronunciación francesa.

—Buen nombre —respondió Jonathan—. ¿Es francés?

—Es medio francés —dije.

—Un cruce exquisito —soltó Linda, y los tres nos caímos por los suelos muertos de risa.