El juego de la verdad 5
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C uando conocí a Jacques, el otoño estaba en todo su esplendor dorado y el cielo era azul, o eso creo; da igual, nuestro encuentro me transmitió una sensación de calidez y cordialidad.

Estoy intentando ponerlo todo por escrito y describir mis recuerdos con tanto detalle como puedo, lo cual a veces implica algo de creatividad.

Así que, pongamos que el sol estaba en su punto más alto y brillaba con alegría, al igual que mi humor, cuando Jacques entró despreocupadamente en mi vida y en estas páginas.

Era la tercera semana del primer trimestre y Sue y nuestro hogar de duelo e ilusiones parecían estar muy lejos.

Ni siquiera la había telefoneado, aunque Linda sí.

Por lo visto, me echaba de menos y estaba preocupada por mí.

No quería saber nada de sus preocupaciones, no quería que me cargasen con ninguna responsabilidad o culpa, no quería ningún recordatorio de mi padre ausente, como tampoco de su aplastante necesidad.

Estaba demostrando ser toda una experta en eso de reinventarme.

Acabé participando en las clases, incluso aun cuando tenía que enfrentarme a esos «cabezotas estridentes y seguros de sí mismos» que había escuchado en el estand del club de debate y me habían subestimado al conocerme.

Mi hábil lengua y mis dotes para la oratoria me proporcionaron ventaja en esos espacios competitivos reducidos en los que toda la atención se centraba con fuerza en quien tenía la palabra.

¡Una actriz siempre deslumbraría más que un polemista!

No se me volverían a escapar estupideces como lo de «vente y no seas rancio».

Fui ganando confianza a medida que la de Linda disminuía.

Me contó que tartamudeaba, se quedaba sin palabras y le salían sarpullidos en el cuello y en el pecho cada vez que le tocaba hablar.

—Tú imagínatelos desnudos. A todos les avergüenza alguna parte de su cuerpo —le aseguré—. Así estamos en igualdad de condiciones.

—Tú no eres como yo —contestó ella mientras se abrazaba el cuerpo huesudo de forma protectora.

La doctora Collins, Sophie, interrumpe.

—¿Y Jacques? ¿Qué ocurrió después? —Quiere que retome nuestro primer encuentro—. Escribe tus recuerdos en orden; así puedes verlos y vivirlos con más claridad.

A veces, veo impaciencia en su rostro. Creo que está controlando el rumbo de mi historia de forma demasiado pautada.

Esto es lo que recuerdo sobre cómo nos conocimos: una silueta de una altura impresionante contra una bóveda de un cielo azul extenso, unas manos grandes y reconfortantes, una barba de tres días áspera que me daba ganas de estirar los brazos y acariciarla, unos hombros anchos y fiables.

El viento esparcía las hojas por todas partes, me azotaba el pelo y me desordenaba el flequillo.

Sentí una sacudida en el cuerpo, como una descarga eléctrica; un hormigueo por todas partes.

Empecé a jadear con fuerza, se me nubló la vista y todo salvo él se desenfocó.

Fue como si los bordes de las cosas se desdibujasen.

Jacques ocupó todo el espacio que tenía delante y en mi interior en un abrir y cerrar de ojos.

No recuerdo las primeras palabras que intercambiamos, pero ¿sabes cuando la gente dice que lo sabe?

Bueno, pues nosotros generamos electricidad estática.

Linda dijo que cuando nos vio juntos, le dio un escalofrío , pero en el buen sentido.

Ella también estaba allí, aunque yo no lo recuerdo.

Iba de camino a una clase sobre el absurdo francés cuando un atractivo desconocido de ojos oscuros y suaves como los de un animal, que parecía salido de una obra de Artaud, hizo que descarrilase.

Lo siguiente que recuerdo es que estábamos sentados en La Cave, una vinoteca escondida en el centro de la ciudad, tomándonos un borgoña intenso.

Tenía el aspecto sofisticado de un bar clandestino de París, o eso pensé.

Nuestras rodillas se tocaban en la penumbra.

Estaba temblando. ¿Y mi mejor amiga? No podía ni pensar.

Esto es lo que saqué en limpio de aquella conversación, cuando mi mente se calmó lo suficiente como para dejarme escuchar: era mitad francés, lo que en mi mundo era algo más que perfecto, estaba en segundo, era catorce meses mayor que yo, tenía un atractivo innegable y estaba estudiando ruso.

Me sentí como en mi propio cuadro de Chagall, como si fuese algo incorpóreo y fantástico.

El alcohol y la luz tenue, la tapicería de terciopelo rojo y el panelado de madera oscura, intensificaban el romanticismo exacerbado del momento.

Tuve que rodear la pata de la mesa con la pierna para no salir volando.

Todo sobre él era sensual: los pantalones de cuero desgastados, la maraña de pelo que tenía en el pecho y los brazos, los músculos perceptibles que le abultaban la ropa, una boca preciosa tan amplia que prácticamente podría abarcarme la cabeza entera.

Y seguro que otras partes de mi cuerpo. Voraz.

Lobuno. Hasta aquí todo era de esperar, pero también era amable y tierno, y poco después de conocerle ya me sentía querida.

Esa noche, me lo llevé a mi cuarto y obligué a Linda a volver a su apestosa habitación.

Nunca me había acostado con nadie. Lo que fuera que pasó con ese chaval en el instituto no se parecía en nada a esto.

Fue impresionante: un canal que conducía a algo completamente distinto de lo que había experimentado hasta entonces.

Puede que fuese donde empezó todo. Estaba más presente que nunca, centrada en ese momento en el que estaba experimentando tantas cosas nuevas.

El roce piel con piel me resultó embriagador.

—Ojalá pudiese meterte en una licuadora y beberte por una pajita —dijo. Absorbí esas palabras, esa especie de obsesión a lo Betty Blue. Sue habría estado orgullosa.

Después, bautizó mi recién descubierta vagina, ese «maravilloso charco», como decía uno de mis poemas favoritos y también de los suyos, de E.

E. Cummings; coincidimos en que era espontáneo, electrizante, disparatado .

¿Podíamos estar más hechos el uno para el otro?

Cuando este tipo de cosas se pronuncian en voz alta por primera vez, resultan ilícitas, emocionantes.

No podía creerme que existiese alguien más que sintiese lo que sentimos, que hiciese lo que hicimos, o que hablase como hablamos nosotros.

Me pregunté si ese mote cariñoso, extraño y un poco espeluznante, desvelaba algo sobre nosotros o no.

No necesito que la doctora Collins me lo pregunte: ¿cómo pude abrirme de esa forma con un completo desconocido?

Al haber crecido en esa casa, tenía un umbral de riesgo muy alto, pero la energía sexual que generábamos Jacques y yo era más fuerte que cualquiera de esas cosas.

Aquella primera noche, en esa cama estrecha y minúscula de mi habitación estrecha y minúscula del campus, supe que por fin había llegado a casa , una casa que seguía teniendo aristas, pero que también era dulce, deliciosa y adictiva.

Jessica, Jessie, Jess. Puedo oírlo acariciar mi nombre igual mientras me acariciaba todo el cuerpo.

Le encantaba mi nombre, ese que compartía con la actriz du jour , la que había ganado un Oscar por retorcerse de forma femenina en la mano de un gorila gigante.

(¿La bestia hizo que se enamorase de él? Puede ser).

A la mañana siguiente, después de nuestra primera noche juntos, Linda irrumpió en mi cuarto cuando amaneció, despeinada y sin haber pegado ojo.

Estaba aterrada por mí, explicó prácticamente en tono de disculpa al ver que nos había despertado y que estábamos a gusto con nuestra desnudez, con el cuerpo tendido y estirado el uno sobre el otro.

Jacques se incorporó y nos tapó con diligencia.

—Tienes suerte de contar con una amiga que se preocupe tanto por ti —me dijo, incluyéndola también en esa conversación.

Linda estaba a punto de echarse a llorar, así que le di unos golpecitos a la colcha, se subió a la cama y se tumbó a mi lado, Jacques estaba al otro. Sentí como si estuviésemos calmando a nuestra hija.

Los tres nos quedamos así un rato hasta que Jacques dijo:

—Más vale que me levante y me dé una ducha.

Linda se bajó de la cama y se levantó, plantó los pies en el suelo y se puso de cara a la pared. No pensaba irse a ninguna parte.

—Haz lo que quieras —dijo.

Jacques se puso de pie sobre el colchón, se envolvió con la sábana y volvió a taparme con el edredón, pero no antes de ponerme boca abajo y darme un beso que me hizo cosquillas en la nalga izquierda. Se bajó de la cama y me preguntó dónde estaba la ducha.

—Segunda puerta a la derecha —indiqué—. Las toallas están en el armario.

—¿Eso era un hombre o un DIOS? —balbuceó Linda en cuanto se marchó.

Apartó el edredón y bajó la vista hacia mi cuerpo como si lo estuviese viendo por primera vez, a pesar de que ya habíamos pasado muchos momentos desnudas durante aquellos baños que Sue nos preparaba con tanto cariño. Me deshice de los pensamientos sobre mi madrastra.

—Estás radiante —espetó Linda. Y era cierto: me brillaba la piel, resplandecía.

—Me estás dando repelús —respondí, pero no era cierto. Para mí, que me admirasen era como una droga—. Ya te llegará, Lindy.

—Creo que Jonathan no me ve de esa forma. —Se mordió la punta del dedo.

—Pero ¿cómo no va a estar loco por ti? Eres mi chica número uno y yo tengo un gusto impecable. —La estreché contra mí.