El juego de la verdad 4
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P rimera semana de universidad: el mundo parecía estar experimentando un mayor nivel de intensidad, todo se filtraba a través de una lente cargada de hormonas.

Me paseé por los terrenos de la universidad como si fuese la estrella de mi propia película, y Wilde —con sus adoquines de cuento de hadas, sus edificios góticos, árboles gigantescos, la localización en pleno centro de la ciudad, la reputación romántica como alma mater de celebridades como Beckett, Bram Stoker y Oscar (el dramaturgo más famoso, cuyo apellido daba nombre a la universidad)— era el escenario perfecto para que se desarrollasen un sinfín de historias.

Un mundo exclusivo y endogámico, cuyos antiguos cuadrantes estaban orientados hacia el interior y contrastaban con fuerza con la ciudad caótica y deprimente situada tras sus muros.

Me imaginé que había una cámara apuntándome mientras hacía el papel de «actriz principal» y Linda el papel secundario de «mejor amiga», y una banda sonora de percusión iba in crescendo a medida que andábamos, ebrias de toda esa belleza conforme meneábamos nuestras colas de plumas.

Me escogieron como la número uno de las «diez novatas más cañón» en una lista que salió la primera semana de universidad.

La revista HUP! , compuesta solo por tíos, valoraba la carne fresca según lo follable que era, y yo estuve a la altura; Linda, por sorprendente que parezca, también entró en la lista, por los pelos, en el puesto número diez, un patrón que se repetía desde la escuela: la número uno y la número diez.

La mejor de la lista: «Descarada pero azotable».

Como parte de la beca que había conseguido, ofrecida por el Departamento de Francés para un estudiante prometedor con pocos medios (gracias, papi desertor); me concedieron una habitación en el campus, algo que, según Linda, era «supermerecido».

Su habitación era oscura y h úmeda, y estaba a treinta minutos andando en la dirección opuesta.

Se mudó conmigo al cuarto funcional que me pagaban en un edificio moderno —un añadido horripilante al esplendor original dieciochesco—, durante unas semanas, hasta que ya no hubo espacio para ella.

Aterrizar en aquel sitio se nos hizo de lo más raro, y descubrir que suscitábamos tanta atención nos puso increíblemente cachondas.

Linda también notaba esa electricidad. Que los chicos de la HUP!

pensasen que las dos merecíamos estar en la lista de las diez novatas más cañón parecía algo excepcional teniendo en cuenta la cantidad de bellezones sofisticados, de piernas largas y melena desgreñada que había por allí.

—¿Lo ves? —le dije la primera noche que pasamos allí, tumbadas en la cama individual de mi minúscula habitación—. Somos especiales .

Casi nos morreamos de lo emocionadas que estábamos. Le acaricié el pelo fino como el de un bebé de mechones castaños rojizos, y luché contra el impulso de darle un tirón.

Nos pasamos la primera semana entera buscando nuevos talentos y oportunidades para conocerlos.

Los machos de aquí eran de una especie distinta a los que había en el instituto.

Linda y yo ya nos teníamos la una a la otra, pero Wilde ofrecía la posibilidad de ampliar nuestro dúo sagrado; aquí había personas que consideraba que «valían la pena», gente excepcional.

La antigua plaza principal era un hervidero de clubes compitiendo por la atención de los novatos.

Montaron unos estands tambaleantes sobre los adoquines, todos torcidos y en ángulos inclinados, lo cual no hacía más que aumentar su aspecto libertino.

Nos quedamos un rato en la mesa del club de remo, a pesar de que no teníamos ninguna intención de unirnos, pero el tío que había detrás era exótico (un término que en esa época se consideraba del todo aceptable) y guapo, una palabra con la que hasta entonces no habríamos relacionado a ningún chico.

A principios de los noventa, Dublín seguía llena de tipos blancos y rosáceos; no obstante, aquí había criaturas celestiales y sofisticadas de otros mundos.

Nos habíamos adentrado en otra dimensión.

Ese tío se llamaba Rico, ¿te lo puedes creer?

Me imaginé a las chicas de nuestro instituto muriéndose .

Rico nos invitó a la primera quedada del club de remo en dos días.

«Haremos honor a la frase de “vente y no seas rancio”», me escuché decir de una forma tan provinciana que me ardieron las mejillas, algo que no solía pasarme.

Noté que Linda me observaba con interés.

—Que te den —le susurré. Ella me respondió con una sonrisa, como si estuviésemos en el sueño más agradable del mundo.

Pasamos junto a la mesa del club de debate, donde los estudiantes exponían sus opiniones con voz estridente y formal.

—Malditos amantes de la pana, farsantes, presumidos y condescendientes —le dije a Linda cuando nos alejamos; me sentía extrañamente irritada. Ella se partió de risa. Creo que me sentía insegura por la confianza y seguridad que tenían.

Había un vertiginoso abanico de opciones: el club de ciencia ficción, el club de jazz, la sociedad histórica, caza, buceo, esgrima, natación, teología, danza expresionista, judo, aikido, música, mímica, canto a cappella , bel canto, baile contemporáneo y otras menos explicativas que incluían el club de «trenes de juguete», al que le dije a Linda que tenía que apuntarse.

Había una falta perceptible de cualquier cosa relacionada con la sexualidad y el género, ni siquiera una mínima alusión al feminismo, y mucho menos a que alguien se identificase como persona no binaria, de género fluido o trans, o como cualquier cosa que no fuese hetero.

Aunque por aquel entonces ser un número en una lista y que te clasificasen en función de las partes de tu cuerpo era emocionante.

Por supuesto, había un trasfondo que en esa época éramos incapaces de describir, se experimentaba en privado, por supuesto, salvo que fuese una heterada de la que se pudiese fardar: dos tías con un tío.

Sin duda, fue esta cultura imperante de machirulo la que favoreció que surgiese un tipo como Mark, que, a primera vista, distaba mucho de la peña de HUP!

, un «hombre de mente abierta» que se había basado en ellos para convertirse en alguien totalmente opuesto, al igual que en el «cabrón» (sic) misógino de su padre.

—¿Puede que por eso te sintieses tan atraída hacia él? ¿Por lo furiosa que estabas con tu padre? —La doctora Collins parece animada, su voz suena más alegre de lo normal.

—Pues claro, a todos nos influyeron los traumas paternales.

—¿Tu padre intentó mantener el contacto?

—Sue no se lo permitió.

—¿Y no estás resentida con ella?

—El hombre me mandaba tarjetas de cumpleaños y de Navidad. Nunca nos mandó dinero, y eso que nos hacía falta. —Me quedo un instante en silencio—. El dinero siempre ha sido un problema.

—¿Y lo sigue siendo?

Le doy una vuelta. El divorcio me dejará en una buena situación; escogí bien a mi marido. Me había prometido no acabar tan pelada como Sue después de que papá la dejase tirada.

La siguiente mesa tenía un cartel: «Los artistas de Wilde»; actores y actrices de mala fama, que fumaban hierba, tenían un aspecto misterioso y eran glamurosos en un sentido bohemio.

Ahí era donde tenía unas ganas desesperadas de estar.

Había tres chicas de ojos ahumados y cuatro chicos muy atentos charlando animadamente, todos ellos delgados, de distintos tonos de piel, fumando y vestidos con un estilo desaliñado pero elegante, con parches en los codos y las puntas de los cigarrillos arqueadas hacia el cielo.

Me sentí un poco intimidada, pero entonces miré a Linda con su chaqueta de punto nueva, las Converse y su único vestido de verano bueno que se había comprado en la tienda de una calle comercial.

Su falta de estilo contrastaba con mi estilo inimitable de tienda de segunda mano vintage : llevaba una minifalda de ante y un abrigo de pelo beis con unas Doctor Martens.

Tenía muy buen ojo, Linda siempre decía que podía ponerme un saco de patatas y seguiría estando guapa.

Sue decía lo mismo, aunque con otro tono.

Un tono que me indicaba que era cierto. Hugo, o Hughie —no conseguía descifrarlo por culpa de ese acento demasiado marcado, muy de actor, cieloh — decidió que le molaban mis «pintas» y me apuntó a la reunión de bienvenida.

Linda se quedó sabiamente alejada. Por un segundo, me pregunté si iba a encajar.

Puede que aquí también pudiese cumplir con sus tareas como directora de escena.

Dos noches más tarde, nos plantamos en la primera quedada del club de remo en una habitación limpia y muy iluminada del ala nueva, la moderna; de vez en cuando, pasaban una lata, lo que contrastó con la reunión de fumados que organizaron los artistas de Wilde a la noche siguiente en un sótano sucio y lleno de humo de una parte vieja del campus.

Los integrantes del equipo de remo eran tíos serios y en forma, conformistas a los que les gustaba formar parte de un equipo, que respondían bien a la disciplina, al entrenamiento, a un objetivo, al menos, eso me pareció.

Me sorprendió ver a Linda cobrar vida en esta sala, sobre todo después de echarle el ojo a un tío bien acicalado, musculoso, de buen comer y buena familia del sur del condado de Dublín.

Supe desde el momento en el que abrió la boca de dónde venía: no tenía nada de especial, nada con lo que pincharle, nunca había tenido ningún problema, siempre había tenido todo en bandeja, «Don Casoplón».

—Jonathan —dijo mientras le tendía la mano de uñas pulcras y brillantes a Linda. Asintió hacia mí sin prestar atención.

—Linda —contestó con voz estridente y femenina.

Si hubiese estado mascando chicle, habría hecho una pompa gigante y habría dejado que explotase como una maleducada.

Me conformé con pasarme la punta de la lengua por los labios a modo de artimaña muy poco sutil para captar la atención de los tíos que tenía a mi alrededor, todos con pinta de muermo: demasiado sanos, buenos y previsibles con esa mandíbula cuadrada y cuerpo triangular.

Jonathan tenía el pelo y la piel morenos y unos ojos de color avellana, que, si los observabas de cerca, parecían un poco tristes, lo que le daba, vale, sí, una especie de atractivo.

Linda pareció relajarse con él en un abrir y cerrar de ojos, como si lo conociese desde hacía tiempo.

Yo me moría de ganas por que me hiciesen caso, por experimentar algo de emoción o un tono más provocativo de glamur.

Más tarde, en mi cuarto, Linda me contó que Jonathan la había invitado a comer al día siguiente y me di cuenta de que la estaba pellizcando, lo que me sorprendió más a mí que a ella. Era culpa suya. Me había provocado más allá de todo pensamiento racional y maduro.

—Te mereces mucho más que ese musculitos —afirmé, como si ese fuese el peor insulto que se le podía dedicar a alguien—. Imagínate si supiera de qué clase de familia vienes… ¿crees que entonces seguirías gustándole?

Podía ver el impacto físico que le habían causado mis palabras: había vuelto a esa espantosa casa; se le tensó y contrajo el cuerpo, y durante un traumático instante, creí ver a su madre reflejada en ella, como si la hubiese invocado.

Estaba completamente avergonzada. Quería estrecharla entre mis brazos y pegarle. No la dejaría convertirse en esa mujer.

Le puse un mechón suelto detrás de la oreja y le susurré (pobrecita, estaba tan hambrienta de cariño):

—Ningún bobo se interpondrá nunca entre nosotras…

nuestro vínculo es mucho más fuerte que si fuésemos hermanas…

nos hemos elegido, la vida nos ha escogido para estar la una con la otra…

estamos destinadas a estar juntas —dije con demasiada teatralidad para que causase impacto.

Me miró con tanta inocencia y gratitud que sentí miedo por ella.